“La primera vez que pasé por la Puerta del Capitel y comencé a subir hacia la Alcazaba solo había basura por todas partes y, a cada paso que daba, tenía que esquivar jeringuillas y preservativos. Ese era el camino para subir al Museo Arqueológico, el objetivo de mi visita a principios del año 95 junto con un grupo de alumnos de entre 15 y 17 años que no habían acabado su escolarización. Aquellos chicos eran de la zona y durante toda la visita no hicieron más que ponerse a mi alrededor, queriendo protegerme. Yo era una profesora joven y estaba embarazada en aquellos momentos. Ellos me recomendaron esconderme la cadena que llevaba al cuello y mi alianza, y así lo hice. Al terminar la visita, y a pesar de la suciedad y el estado de abandono de la zona, me gustó y les dije que tenía intención de volver en otra ocasión. Ellos me recomendaron que, si volvía, les avisara antes para evitar problemas. Esa fue mi primera experiencia en el Casco Antiguo de la ciudad de Badajoz”.
Así explica Toñi Martínez su primer contacto con esta zona de la ciudad. Llegó de Córdoba a Badajoz en el año 93, por lo que ya son más de 30 años viviendo en la ciudad y recorriendo el casco antiguo y la Plaza Alta. Ella ha visto bien cómo cambió toda la zona a finales del siglo pasado y sigue observando su evolución desde una oficina de una asesoría situada en el casco antiguo.
El punto de inflexión en la zona llegó en 1995, cuando comenzaron a recibirse fondos del Plan Urban y se pusieron en marcha las primeras actuaciones, tanto sociales como urbanísticas. No había pasado tanto tiempo desde que la Plaza Alta dejara de ser el centro neurálgico de una ciudad que se iba estirando hacia Santa Marina y Los Ordenandos.
“En 1972, aquí por la mañana no había quien andase… era una marea de gente la que se veía por las calles del centro. Venían a tomar café, a comprar churros, más tarde subían a tomar la cerveza o una copa. No se podía ni andar desde el Ayuntamiento hasta la Plaza Alta”. Así lo relata José Marmesat, que vivió en la calle Bravo Murillo cuando llegó a Badajoz para jugar al fútbol en el equipo de la ciudad, antes de aprobar unas oposiciones. Él mismo recuerda cómo, poco a poco, la zona se fue deteriorando, sobre todo por las noches, cuando cerraban las tiendas. Era la época en la que llegó la heroína a la ciudad.

A principios de los años 90, de las 40.000 personas que vivían en el centro de Badajoz se pasó a apenas 10.000. “El barrio caía en la desconfianza y el abandono”, explica otro vecino del casco antiguo, Antonio García Salas. La población era cada vez más envejecida y marginal. Se abandonó la Plaza Alta y todo su entorno más conflictivo se adueñó de la zona: se vendía y consumía droga y se ejercía la prostitución. En aquel entonces, los niños que vivían en el centro sabían bien por qué calles podían transitar tranquilamente y en cuáles tenían que tener más cuidado, como explica Carmelo Pérez, abogado que siempre ha vivido en las proximidades de la Plaza Alta. “Era habitual ver fogatas en invierno en la misma plaza. Era la época en la que los niños de la zona teníamos como principal forma de entretenimiento jugar al fútbol en ‘El Campillo’”.
Obreros y maquinaria
Las obras iniciadas con el dinero del Plan Urban empezaron a cambiarlo todo. Comenzaron en la Plaza Alta y de la Plaza de Santa María, donde se construyó un aparcamiento. Fueron actuaciones que duraron bastante tiempo y que también sirvieron para dar más vida al barrio con la llegada de obreros y maquinaria, como recuerdan los propios vecinos.
“Hubo un momento en el que la gente no subía más allá de la plaza del Ayuntamiento porque tenía miedo de lo que pudiera encontrarse más arriba”, explica Antonio García Salas. “Como mucho se caminaba hasta el inicio de la calle San Juan y, hacia abajo, hasta la plaza de la Soledad, donde estaba la ONCE. Subir, no subía nadie, solo los que vivíamos allí”, recuerda Carmelo Pérez, que ha vivido siempre en la calle Luis de Morales.
El Plan Urban fue un proyecto para conseguir fondos europeos que presentó el Ayuntamiento de Badajoz, entonces en manos del PSOE, aunque el dinero llegó cuando ya gobernaba el Partido Popular, en la primera legislatura de Miguel Celdrán.

“Se hizo una operación valiente: rehabilitar el antiguo hospital militar para albergar la Facultad de Biblioteconomía y, después, la Biblioteca Regional, aunque eso supuso que mucha gente dijera que se utilizaba a los jóvenes estudiantes como dinamizadores del barrio”, recuerda Antonio García. “Pero cuando comenzaron a subir los jóvenes, era mayor la percepción de inseguridad que la inseguridad real”.
La llegada de la Facultad y del Plan Urban cambió el Casco Antiguo. Se iniciaron derribos y a muchas familias les cambió la vida la construcción de cuartos de baño en sus casas y otras mejoras. “Antes muchas viviendas eran corralas, con un patio donde estaba el baño”, apunta Carmelo Pérez.
A finales del siglo XX aún existían familias sin un baño completo en su vivienda, con solo un pequeño aseo y un baño compartido entre varias familias. Todo eso cambió con la llegada de los fondos europeos.
También se desarrollaron programas de apoyo social para las familias que vivían en la zona. Aunque ya no queda nadie en la directiva de la Asociación de Vecinos que pueda hablar de ello, Antonio García recuerda su participación en un programa llevado de forma muy discreta, destinado a ayudar a mujeres que ejercían la prostitución en la conocida como “calle del Burro”.
“Muchas salieron de ese mundo, otras no lo consiguieron, pero toda esa zona del barrio cambió. Es una de las cosas de las que uno se siente más orgulloso: ayudar a esas mujeres que venían de situaciones extremas, con graves problemas de drogas”.
Empresarios del Casco Antiguo
También se impulsaron programas para la mejora del comercio. Nació entonces la Asociación de Empresarios del Casco Antiguo, que sustituía a otra ya prácticamente desaparecida, y se trabajó con vendedores ambulantes que vivían en la zona. “Algunos montaron sus negocios en locales del centro, se abrieron unas 20 tiendas nuevas; otros optaron por emprender en otras zonas de la ciudad, pero fue un programa que funcionó muy bien”, recuerda Antonio García.
La Asociación de Empresarios del Casco Antiguo comenzó a organizar actividades para dinamizar la zona. Desde la hostelería surgió la Feria de la Tapa, celebrada en un mes complicado para el sector como es noviembre, y desde la iniciativa privada se creó la Feria de Día.
“Aún entonces había gente que no subía al casco antiguo si no sabía que habría mucha gente en la calle, y la Feria de Día era perfecta para eso”.
Desde la asociación Amigos de Badajoz se organizó también un rastro mensual que comenzaba en la Plaza Alta y descendía hasta la calle San Juan. Más tarde, la misma asociación impulsó visitas guiadas que llegaron a reunir a cientos de personas interesadas en conocer, en muchos casos, el centro de su propia ciudad.

El comercio fue decisivo
El comercio fue un revulsivo importante y alrededor de la Plaza de Santa María se realizaron grandes actuaciones: se creó el Museo Luis de Morales, se rehabilitó el antiguo convento de Santa Catalina y se construyó la residencia universitaria Julio Cienfuegos. En la Plaza Alta se rehabilitó también el edificio que hoy alberga la UNED, que en un principio fue una escuela de hostelería.
Después se acabaron los fondos, no se dio continuidad a la rehabilitación de edificios y llegó la crisis económica. Así lo recuerdan empresarios de la zona, como Paco Medrano, propietario de la tienda El Globo, durante muchos años situada en la calle San Juan y actualmente en la calle Menacho.
“El barrio ha cambiado mucho”, apunta Carmelo Pérez. “He vivido toda la vida en el centro y, con las obras de finales de los noventa y principios de este siglo, la gente volvió a subir aquí arriba”.
“Había jóvenes en Badajoz, amigos míos, que nunca habían subido a la Plaza Alta. Yo vivía al final de la calle San Juan y no venían a verme; tenía que ir a buscarlos a la puerta del Ayuntamiento”, recuerda Sergio Pereira. “Todo eso ha cambiado. Ahora, quien quiere visitar a alguien en el centro, llega hasta la puerta de su casa y toca el timbre”.
Toñi Martínez ya no esquiva preservativos ni jeringuillas para subir al Museo Arqueológico. Puede pasear por la zona sin que sus alumnos tengan que escoltarla, pero es consciente de que "aunque se ha hecho mucho, queda mucho camino por recorrer, y ese camino solo se hace andando”.

Patrocinado por el Ayuntamiento de Badajoz.
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