A mediados de la década de los noventa, Badajoz fue escenario de una de las transformaciones urbanas y sociales más decisivas de su historia contemporánea. El Casco Antiguo, hoy integrado en la vida cultural, universitaria y turística de la ciudad, se encontraba entonces al borde del colapso. La degradación del parque de viviendas, el empobrecimiento progresivo de sus residentes y la ausencia prolongada de políticas públicas eficaces habían convertido el corazón histórico de la ciudad en un espacio marcado por la exclusión, la marginalidad y el abandono institucional.

Fue en 1995, hace ya tres décadas, cuando la Unión Europea puso el foco en Badajoz a través de un instrumento hasta entonces poco conocido para la mayoría de los municipios españoles: el Plan Urban. Aquella intervención supuso no solo una inyección económica sin precedentes, sino también un cambio profundo en la forma de entender la regeneración urbana, al combinar actuaciones físicas con programas sociales de largo alcance.
Un centro histórico en retroceso
A comienzos de los años noventa, el Casco Antiguo de Badajoz presentaba algunos de los indicadores socioeconómicos más negativos de toda Extremadura. Mientras la ciudad crecía hacia nuevos barrios del norte y del este, siguiendo la expansión natural en torno al Guadiana, la zona intramuros perdía población de manera constante. La falta de servicios básicos, el envejecimiento del tejido residencial y la ausencia de oportunidades laborales empujaron a numerosas familias a abandonar el barrio en busca de mejores condiciones de vida.

El resultado fue un proceso de vaciamiento progresivo de la zona histórica. Edificios de alto valor patrimonial quedaron sin mantenimiento, proliferaron solares abandonados y muchas calles perdieron su actividad cotidiana. El pequeño comercio desapareció, la vida vecinal se debilitó y se acentuó la brecha entre el Casco Antiguo y el resto de la ciudad, que comenzó a percibir este espacio como ajeno y problemático.
A esta decadencia material se sumaron graves problemas sociales. El consumo y tráfico de drogas, la prostitución callejera y la presencia de infraviviendas eran realidades visibles en enclaves como la Plaza Alta o el entorno de San Juan. Muchas viviendas carecían de condiciones mínimas de habitabilidad, algunas incluso sin suministro regular de agua o electricidad. La pobreza estructural golpeaba con especial dureza a la población infantil, con elevados índices de absentismo escolar, especialmente entre familias de etnia gitana que vivían en contextos de extrema vulnerabilidad.

Europa llama a la puerta y cambia la filosofía de intervención
El Plan Urban había sido inicialmente solicitado por el anterior gobierno municipal socialista como un programa centrado fundamentalmente en la regeneración social. Según explicó años después Cristina Herrera, concejala de Urbanismo en aquella etapa, se trataba de “un plan de ayudas orientado a mejorar las condiciones sociolaborales de los habitantes del barrio”.

Sin embargo, la llegada al gobierno municipal de Miguel Celdrán en 1995 abrió la puerta a una reinterpretación más ambiciosa del proyecto. Herrera, junto al entonces concejal de Infraestructuras Alejandro Ramírez del Molino, defendió ante Europa la necesidad de incorporar de forma decidida la regeneración urbanística del Casco Antiguo. Como subrayó la propia Herrera, “sin intervenir en el entramado urbano y sin cambiar la imagen del barrio, era imposible superar la degradación social”.
Badajoz fue seleccionada junto a otras ciudades europeas y se aprobó una inversión inédita: 2.300 millones de pesetas procedentes de fondos europeos, a los que el Ayuntamiento sumó otros 760 millones. En total, alrededor de 19 millones de euros destinados a un plan integral que marcaría un punto de inflexión en la historia reciente de la ciudad.

Una transformación planificada y a largo plazo
La ejecución del Plan Urban se desarrolló mediante una planificación exhaustiva. Se adquirieron viviendas en ruinas y solares abandonados —localizando a herederos repartidos por toda España—, se construyó un aparcamiento subterráneo para paliar el déficit de estacionamiento y se rehabilitaron inmuebles emblemáticos como las Casas Coloradas, destinadas al alquiler.

La estrategia era clara: actuar primero sobre las arterias principales del barrio para generar un efecto arrastre que incentivara la rehabilitación privada en las calles adyacentes. A ello se sumaron decisiones clave como la ubicación de la Facultad de Ciencias de la Documentación y la Comunicación en la Alcazaba o la implantación de microbuses que conectaran el barrio con el resto de la ciudad.
Un plan que iba mucho más allá del ladrillo
Aunque las actuaciones urbanísticas fueron las más visibles —rehabilitación de viviendas, recuperación de la Plaza Alta, parking de Santa María, mejora del espacio público y puesta en valor del patrimonio—, el verdadero valor del Plan Urban residió en su dimensión social.
Por primera vez, una intervención urbana en Badajoz incorporaba programas específicos para colectivos en riesgo de exclusión: atención a mujeres en situación de prostitución, prevención y tratamiento de drogodependencias y acciones destinadas a fomentar la escolarización y la mediación social con familias gitanas.

El planteamiento era claro y ambicioso: la regeneración urbana solo sería sostenible si iba acompañada de una mejora real de las condiciones de vida de la población residente. La dignidad de las personas se situó en el centro del proyecto.
El Casco Antiguo vuelve a ser ciudad
El Plan Urban no eliminó todos los problemas del Casco Antiguo, y algunas situaciones de vulnerabilidad persisten en la actualidad. Sin embargo, sí logró revertir una tendencia histórica de abandono. El barrio dejó de ser percibido exclusivamente como un espacio marginal y comenzó a recuperar funciones esenciales: residencia, cultura, turismo, actividad económica y vida universitaria.
Treinta años después, el Plan Urban sigue siendo un referente en la historia reciente de Badajoz y un ejemplo de cómo la combinación de financiación europea, voluntad política y visión integral puede transformar de manera duradera un territorio y reconciliar a la ciudad con su pasado.


Patrocinado por el Ayuntamiento de Badajoz.
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