Se me ha muerto el librero

Al Paso

valbuena ok bn
29 de junio de 2026 a las 08:29h
Actualizado: 29 de junio de 2026 a las 08:29h

Se me ha muerto el librero… Quien todo lo escribe lo ha matado, nos lo ha matado. El escritor omnipotente, en un giro argumental inesperado, nos ha dejado con el libro entre las manos y los ojos cerrados. Ya mi librero por siempre entre libros, en los libros, en el recuerdo de los que le tuvimos en la cabecera de nuestros sueños de papel. Con los ojos cerrados, vuelvo otra vez, a Universitas, su librería, esperando de él una palabra y una sonrisa. El pelo alborotado y las ideas en orden.

Tenía algo de loco… de caballero andante de las letras ajenas. De loco fundador… Librerías, editoriales… barquitos de papel. Tenía planta de quijote, alto, delgado… la mirada encendida. Nada de eso le ha valido, su autor no ha querido hacerlo ajeno a la muerte. Ni siquiera sé si, como el Quijote, habrá muerto lúcido. No creo que haya renegado de los libros de caballerías. Ni de Salamanca, ni de Badajoz.

Nos conocimos en Badajoz. Le compraba mis libros de Derecho. De todo aquello hace ya varias vidas. Derecho y lo que se fuera terciando. Mis libritos llevan en su primera página pegatinas doradas con letras negras que dicen Universitas. Y dicen Badajoz. Y dicen buena gente. Y dicen felicidad.

Hará unos días, en este mismo diario, La Portada, publicó Santiago Méndez, amigo, un sentido obituario en el que pedía para José María Casado el título de hijo adoptivo de Badajoz. El que no tuvo en vida. El que tanto se merecía. Pocos, viniendo de fuera, han hecho más y mejor que Casado por Badajoz. Fue un faro cultural a orillas del Guadiana. Su librería, un poco, la casa de todos. Yo vivía en el mismo edificio, en el cuarto, y siempre al volver a casa me dejaba los ojos -los ojos que ahora cierro- en sus escaparates, calibraba la clientela y hasta si esa tarde algún autor presentaba obra…

Ahora, como entonces, huelo a libros. Como huelo a libros al pasar por la muy salmantina librería Cervantes aunque ahora sea una cafetería. Y cierro los ojos. Ahora, pasados los años, allí, en Salamanca, la suya y la mía, nos cruzábamos de vez en cuando y, como dos desterrados, volvíamos los ojos, polvo enamorado, a Badajoz. Los tres, que con él también Esther, su mujer. Ellos, ambos dos, en el mismo barquito de papel. El pelo alborotado, el viento de cara, sin otra ruta que la mar océana, infinita como sus letras. Vivir y leer. Al pie de la Torre del Aire, frente a los patos de la Alamedilla… ¡Qué alegre el minuto de saludarle, del hola y adiós, del qué tal Salamanca, del qué tal Badajoz! Tan afable, tan afables los dos. Una gorra de beisbol por yelmo de Mambrino. Así le vi la última vez. Fue en la Gran Vía de Salamanca. Fue un charro bueno y sabio que entregó su vida y su obra a Badajoz. Un salmantino lígrimo, que dicen por allí. Un pacense excepcional. Señor, Tú que todo lo escribes, ¿por qué escribes derecho con renglones tan torcidos? Ha muerto mi librero y los libros que él me vendió han quedado mudos por un instante, el instante cierto en que ascendía a Tu reino de papel.

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Fernando Valbuena
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