#TalDíaComoHoy hace 108 años (21/4/1918), el Barón Rojo no volvió del trabajo.
Manfred von Richthofen. 25 años. 80 aviones derribados. El piloto más letal de la Primera Guerra Mundial.
Esa mañana se levantó en el aeródromo de Cappy, miró el cielo, vio que la niebla se iba y seguramente pensó: hoy a por el 81. Una cifra que nunca llegó. La historia empieza antes, claro. Este chico prusiano de familia noble empezó la guerra a caballo. Literalmente. Era oficial de caballería. Pero las trincheras enterraron a la caballería y él buscaba acción, así que pidió el traslado a la aviación.
El 17 de septiembre de 1916, su primera victoria confirmada: un biplano biplaza británico FE 2b sobre el Somme. Tomó nota. Fecha, aparato, nombre del piloto caído. Lo haría con cada uno de los siguientes.
Ochenta veces
En 1917 tomó el mando del ala de cazas Jagdgeschwader 1, rebautizada por los aliados como ‘El Circo Volador’, por los vivos colores de sus aviones y porque la unidad se desplazaba continuamente de un frente a otro montando campamentos en aeródromos improvisados.
Su avión: rojo íntegro. No solo para intimidar al enemigo, sino para inspirar a sus compañeros. El efecto sobre los pilotos aliados era demoledor. Ver ese triplano escarlata emergiendo entre las nubes significaba una sola cosa: te había elegido.
En abril de 1917 derribó 21 aviones en treinta días. Con un pilotaje extremadamente agresivo, sus propios compañeros empezaban a insinuar que tenía comportamiento suicida.

Tenían razón
En julio de ese mismo año, una bala le rozó el cráneo y dejó de ser el muchacho jovial y entusiasta. Se convirtió en un hombre taciturno, distante, aunque temerario e implacable. La cabeza no le había quedado bien del todo. Y él lo sabía.
Siguió volando
La noche del 20 de abril celebró con su escuadrilla el derribo número 80. Champán, brindis, héroes. Se acostó tarde.
A la mañana siguiente, la niebla. El cielo despejándose. El aeródromo de Cappy.
Estaba tan empeñado en lograr su derribo 81 que quizá no fue consciente de que ya sobrevolaba territorio enemigo. En tierra, los artilleros australianos lo seguían con las ametralladoras. En el aire, el capitán canadiense Arthur Roy Brown maniobró para situarse a sus espaldas.
Sonaron las ráfagas y supo que había sido alcanzado.
Richthofen tuvo tiempo de apagar el motor para evitar incendio, se aferró con ambas manos a la palanca y trató de aterrizar como pudo. Se estrelló en un campo de remolachas.
Una bala le había atravesado el corazón. Se supone que murió en el aire.
¿Quién lo mató? Lleva 108 años sin resolverse.
Las investigaciones más recientes apuntan al soldado australiano William John "Snowy" Evans, que disparó desde tierra. La trayectoria de la bala era ascendente. Pero el crédito oficial fue para el canadiense Roy Brown.
Snowy Evans nunca recibió reconocimiento oficial. Murió convencido de que él había sido.

Quizá lo fue
Sus enemigos, al menos, supieron estar a la altura. El 23 de abril, aviones de la RAF arrojaron sobre las líneas alemanas sobres con fotos del cadáver y un mensaje: "Rittmeister Barón Manfred von Richthofen murió en combate aéreo el 21 de abril de 1918. Fue enterrado con todos los honores militares."
Ahora bien. ¿Fue el mejor piloto de combate de la historia? No exactamente.
Era el mejor de su guerra. Que no es poco.
El ranking histórico de victorias aéreas confirmadas lo deja en perspectiva:

(Los sistemas de contabilización variaban entre naciones
y conflictos, lo que complica la comparación directa)
Conviene añadir que Alemania solo acreditaba victorias sobre aviones destruidos o capturados, sin los criterios más ‘generosos’ que usaban británicos o franceses. Sus 80 eran 80 de verdad. Hartmann, el número uno, acumuló sus 352 en más de 1.400 misiones durante toda la Segunda Guerra Mundial. Richthofen llegó a 80 con 25 años, en dos años de guerra, y con la cabeza literalmente dañada por una bala.
Hoy, sobre aquel campo de remolachas junto al Somme, no queda nada.
Sus restos también sufrieron un periplo
Tras su derribo fue enterrado por sus adversarios en el cementerio de la aldea de Bertangles, cerca de Amiens, el 22 de abril de 1918, con todos los honores militares. Sus enemigos cubrieron el ataúd de flores, presentaron armas y dispararon tres salvas. En la lápida escribieron: "Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor."
Tras la Gran Guerra, muchos pequeños cementerios dispersos fueron concentrados en otros mayores, como el alemán de Fricourt, en el Somme, donde trasladado el cuerpo de Richthofen en 1920.

En 1925, su hermano Bolko trasladó el ataúd a Alemania. La intención familiar era sepultarlo en Schweidnitz junto a su padre y su hermano Lothar, pero a petición del gobierno alemán fue inhumado en el Invalidenfriedhof de Berlín, donde fueron enterrados muchos héroes militares y recibió un funeral de Estado. El régimen nazi erigió después una lápida monumental con una sola palabra grabada: Richthofen. La tumba quedó dañada por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y, tras la división de Berlín, el Invalidenfriedhof quedó situado detrás del Muro de Berlín y ya no fue accesible al público.
Su último entierro tuvo lugar en 1975 y los restos mortales del Barón Rojo descansan desde entonces junto a los de su hermano Karl-Bolko y su hermana Elisabeth en la tumba familiar en el Südfriedhof de Wiesbaden.
Aquí yace finalmente el Barón Rojo. En el cementerio municipal, en la parcela familiar Von Richthofen, sin pompa ni ceremonia de Estado. Después de cuatro entierros en 57 años, el piloto más famoso de la Primera Guerra Mundial descansa en un cementerio civil de una ciudad tranquila del centro-oeste alemán. Sin muro, sin régimen, sin gloria oficial. Solo la lápida familiar.
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