Seguramente, recuerden siendo niños acudir a las tiendas y los bares para devolver “los cascos”, envases de cerveza, refresco o gaseosas que te descontaban del precio si regresabas a casa con el nuevo y lleno. O, en el mejor de los casos, tu madre te enviaba para que así recaudaras una paga extra de fin de semana. Mas de treinta años después, desde hoy entra en vigor de nuevo en Portugal un nuevo sistema de depósito y reembolso (SDR) para que quien compre una botella de plástico de agua o una lata de refresco reciba los diez céntimos que ha pagado de más. Esta vez, el cristal ya no se retorna ni se cobra. Sólo alguna de las 1’6 millones de de garrafas PET o las 450 millones de latas que al año consumen los portugueses.
Desde 2023, la sociedad lusa ha reducido el porcentaje de residuos urbanos soterrados en un 22%, utilizando el compromiso ciudadano de la recogida selectiva de los envases, según les confirmaba la ministra de Ambiente y Energía, Mª Gracia Carvalho al semanario Expresso la pasada semana. Aparte del respeto al medio ambiente, más de veinte productores y distribuidores de los materiales recuperados -asociados al 90% de las industrias cerveceras, de aguas y bebidas y al 80% de las cadenas alimentarias- se han comprometido a que esa basura va a empezar a valer dinero. Desde el 10 de abril puedes recuperar en el momento de devolución en una nuevas máquinas azules Volta instaladas en los supermercados, siempre que estén vacías e intactas, con código de barras y tapón, los diez céntimos. Eso sí, al dejarlas en la basura orgánica, o al lado de los contenedores con distintos colores: Papelão, Vidrão, Embalão, Oleão… Perderías cualquier reembolso.
Desde hace unos años, varias grandes empresas se han conciliado en la iniciativa Sociedade Ponto Verde (SFV). Intentan recortar el atraso en materia de reciclaje con respecto al resto de Europa, que ya había iniciado desde 1996 en Finlandia con el primer programa de reutilización de residuos. Portugal paga cerca de 200 millones de euros anuales a la Comisión Europea por los envases nunca reciclados. Intenta transformar el ciclo de programas municipales para que sean las empresas y personas que contaminan quienes paguen las sanciones, aumentando la eficacia de los sistemas integrados de gestión de residuos (SIGRE): Con estos residuos, se fabrican tubos industriales, piezas de automóviles, rodilleras y cascos de motos, se reduce la tala de árboles y se reutilizan materiales para cumplir con las directrices europeas en materia de huella ecológica que obliga a los Estados miembros a reciclar el 65% de la basura. La producción anual en Portugal (España está 4’5 veces más poblada) se aproxima a las 4’7 toneladas y sólo el 17% de los residuos urbanos terminan en los Ecopuntos.
Hasta la fecha, estas políticas públicas se enmarcaban en un proceso de transición y de puesta en marcha de una economía circular. Permite acuñar campañas de concienciación como “Cidade amiga do Ambiente” que lleva aparejada la sustitución -muchas veces- de la fuente de energía del transporte individual, el coche o el patinete eléctrico, hasta en vez de la bicicleta, y con el juego de intereses que ello provoca. Sin embargo, y pese al error histórico en las democracias occidentales de que en la sociedad del bienestar no haya asumido y traslade entre generaciones el esfuerzo que supuso -y aún exige- mantener esta gran etapa de abundancia desde las posguerras, las recientes crisis económicas están obligando a que el respeto al medio ambiente se vaya convirtiendo más en variable de cálculo para el coste económico, sea el color político que sea, y agravado por la reciente guerra de Oriente Próximo y el cierre (o encarecimiento del peaje) para atravesar el estrecho de Ormuz: Utilizar el transporte público, apagar aparatos que no están en uso, no abusar de juguetes o tecnología que usen pilas o baterías, comprar menos alimentos procesados o envasados, no dejar grifos abiertos o luces encendidas, reciclar, evitar bolsas de plástico, comprar ropa de segunda mano, el agua residual o de lluvia para regar las calles… Todo un abanico de compromisos cívicos en el cuidado del planeta para presentarte como un Environmentally-Friendly por un Healthy Planet (más saludable)
En 2009, Michelle Obama se dejó filmar saliendo del restaurante Table 52 del famoso chef Art Smith en Chicago con los restos de su almuerzo en una Doggy Bag (una bolsa de los restos y huesos para el perro) como un gesto político contra el desperdicio de alimentos. En estos meses, cada vez más gente demanda en los restaurantes que les faciliten una bandeja de aluminio cubierta, o una caja para llevarse las sobras a casa: “Han perdido la vergüenza -aseguró a la revista Visão el dueño de la marisquería Faustino en Oeiras. Ya sea arroz malandrínho, o cozido à portuguesa, los restos de las raciones que en otros tiempos se destinaban a mascotas y los animales de compañía, se asumen ya como la comida recalentada siguiente”. En ese restaurante, ya han comenzado a cobrar cada envase de aluminio entre 18 y 35 céntimos de euro porque el gasto comenzó a variar el balance mensual de la empresa.
La otra cara de la moneda desde Oeiras a Cascáis, es que redujo las sobras que ya escasean para la misma Santa Casa da Misericórdia de Lisboa, acostumbrada a que se distribuyan diariamente para pobres y sin techo, que acuden allí o a las colas que jóvenes voluntarios ordenan por las noches en la plaza de Manuel Saldanha, junto al quiosco: “Algunas veces hago comida de más -confesó el dueño del restaurante alentejano Zé Varunca- ya que los comensales no se inhiben de pedir los restos, y hasta del postre se los quieren llevar”. El elevado precio del turismo en una ciudad de moda como Lisboa ha acelerado este cambio de actitud social ante los demás, que no escapa ni al restaurante Gambrinus, uno de mayor lujo en la ciudad. Una tendencia normalizada con la profusión de la comida para llevar o “take away”.
Para contrarrestar este nuevo fenómeno de aprovechar todo lo que se paga, hace dos años y medio, el piloto António Costa Pereira lanzó la iniciativa Zero Desperdício que ha abierto el debate en la opinión pública lusa. Desde la sociedad civil, surgió el movimiento DariAcordar que, aunque no tiene el objetivo de acabar con el hambre, sí con despilfarrar los alimentos. La jurista Paula Policarpo, al frente de la asociación, ya ha distribuido cerca de ochenta mil raciones a familias con carencias entre Lisboa, Cascáis, Loures y Sintra. El empuje ciudadano ha conseguido la creación de una Red Alimenticia entre 80 entidades coordinadas por la Cámara Municipal de Lisboa bajo el objetivo “Nem Desperdició, Nem Fome” (Ni desperdicio, ni hambre) que pretende cubrir las necesidades de toda la ciudad con un cuerpo de voluntarios que ya llega al 80% de los barrios y feligresías.
La necesidad aprieta. Los analistas pronostican que, de alargarse la crisis por la guerra en el estrecho de Ormuz, los precios de los fertilizantes subirán un 200% que se trasladarán al precio de los alimentos, que sólo estas cuatro semanas se han elevado un 2’4% en Europa, a lo que habrá que sumarles el aumento del coste en transportes: “Yo he llegado a ver a los hombres de mi pueblo con una hogaza de pan para mojarla en el aceite de las sardinas -me comentaba un viejo amigo, amante de Lisboa, esta semana. Veremos a ver si esto de que le hayamos consentido al niño tirar el bocadillo o no acabarse el plato, ahora no se tenga que convertir en obligación -me dijo. Aunque a eso también le podemos bautizar como Trending Topic, en las redes sociales, con algún Influencer en primer plano. Así, todo el mundo lo repetiría, como las piezas de un motor, sin que tengan conciencia que llegó la necesidad hasta de reconocer que jamás hemos apreciado la etapa de la abundancia, que nadie considere que algún día pueda no tomarse una cerveza al salir de trabajar”… Así que, yo me terminé la mía; y me puse a escribir esto que leen.
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