Ahora que en Extremadura estamos en periodo de negociación, una se atreve a pensar que el verdadero intríngulis de las conversaciones que mantienen unos y otros no es, ni de lejos, el objeto real del posible acuerdo. Porque si en nuestra región lo que está en juego es la gobernabilidad y, con ella, el bienestar de los extremeños y las extremeñas, resulta curioso comprobar que, cuando los de un lado y los del mismo, aunque un poco más escorado, se sientan, de eso se habla más bien poco.
Se habla, eso sí, de cuántos sillones habrá para mí en el Consejo de Gobierno o, dicho en román paladín, del “qué hay de lo mío”. De equilibrios internos, de cuotas, de líneas rojas que se mueven con la misma facilidad que los principios cuando se vislumbra un despacho con vistas al Guadiana.
Y así nos va…
Mientras tanto, la ciudadanía asiste como espectadora a una función que ya conoce de memoria, donde el argumento se repite y los protagonistas cambian lo justo para que parezca una obra nueva. La política convertida en un mercadeo de corto alcance, más pendiente del reparto que del propósito, más obsesionada con el poder que con aquello que debería justificarlo.
Algo parecido sucede con el decreto ómnibus que el Gobierno de España pretende aprobar y que ya ha tropezado más de una vez, tanto en la negociación como en la votación en el Congreso. No parece que el debate gire en torno a la loable tarea de dar un poco de tranquilidad a los más vulnerables, a quienes cuentan los euros antes de encender la calefacción, a quienes miran la factura de la luz con un nudo en el estómago o a quienes viven instalados en la incertidumbre permanente.
De lo que real, y penosamente, se trata no es del bolsillo del contribuyente en un invierno especialmente duro, no solo en lo climatológico, sino de financiaciones de dudosa justicia territorial o de lo que pueda o no decidirse en Waterloo, que al parecer también tiene que ver con la factura de la luz… Y, sí, así nos va…
Waterloo cae muy lejos de Extremadura o, al menos, a mí me lo parece. Tan lejos como para que resulte difícil entender que decisiones que afectan a la vida diaria de tanta gente puedan depender de coordenadas que no salen en nuestros mapas mentales.
Aunque hay mañanas, como la de este miércoles lluvioso, que me levanto bailonga y me sorprendo a mí misma moviendo mi cincuentón esqueleto al ritmo de la mítica canción de Abba: Wa-Wa-Wa-Wa-Waterloo…
Entonces recuerdo que siempre sostuve que hay una canción para todo, para cualquier momento, para cualquier situación, para cualquier estado de ánimo.
Y mientras tarareo el estribillo discotequero y pegadizo y la lluvia persiste hasta casi la extenuación, siento que hay bailes que se repiten, aunque la música sea siempre la misma. Afuera, el frío. Adentro, una acaba entendiendo que no es solo que haya una canción para todo, sino que, demasiadas veces, estamos atrapados en el mismo estribillo.
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