Vivimos en constante falsedad. A Pedro Sánchez no le vale partirnos con un rayo, quiere más, desgastarnos, desmemoriarnos, lanzarnos como si fuéramos fardos de algodón para opacar su desidia y corrupción. Su última ocurrencia consiste en adentrarse en el futuro pero hacia atrás, de manera tal que el pasado le ayude a prever y reparar el futuro. Su hambre de votantes en cambio, ha provocado un desgarrón espiritual a causa de la polémica ley de nietos. Y no es que el PSOE acuda a la memoria, no, es que está removiendo la cenizas de ciertos mayores peligrosamente y no precisamente con objeto de reparación sino con dudosas intenciones o... quizá no tanto.
Recurre el PSOE al viejo recurso de un camposanto como terreno abonado para perpetuarse en el gobierno. Le importa muy poco al presidente la verdad científica de la historia ya que vive obsesionado con el rescate de un reino interrumpido y huele a desalojo. Será por eso que anda removiendo los cimientos queriendo reescribir la historia para que no sea como fue “sino como debía haber sido”. Lo que ignora Sánchez es que todo aquel que no amare las cenizas de sus antepasados o abuelos, está muerto para siempre.
De ahí que hayan surgido amenazantes nublados en el horizonte electoral. Una proliferación de ribetes proféticos que inquietan y perturban de confirmarse: que voten hasta los muertos, tu tía la de México DF o tu abuelo el accionista de la azucarera “Belle époque”.
Alguien en algún lugar del continente hermano anda buscando huesos roídos por el óxido del tiempo para usarlos como papeleta electoral en el bancal de las rosas ulceradas.
El PSOE tiene habilidad en esto de buscar nuevas zonas de cultivo frentista y atraer si es necesario hasta el voto de mambises, de raíces africanas bantúes. El caso es hacer la guerra después de las guerras, escacharrar la memoria con tal de que quepa por la ranura de la urna.
Parece que hay un uso deliberado de lo ficticio y lo mítico en el relato de la ley de nietos; todo indica que subyace un sueño de triunfo edificado sobre falsificaciones destinadas a un público ávido de milagros y epopeyas. Suena más o menos a esto: “el futuro de aquel pasado”. Su estrategia narrativa es transformar el presente en un futuro pasado; esa noción genealógica en el sentido nietzscheano de la posibilidad de cambiar el futuro a través del pasado. Como la nación soñada, que a fuerza de soñarla, un buen día ocurrió.
Lo peligroso es que su masa de peones le sigue ciegamente en esta obsesión por enfrentarnos, desmemoriándonos, sumiéndonos en la embriaguez de sus ensoñaciones y paraísos artificiales.
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