Vota bien y no mires a quién

ExtremaMente Social

José González Corrales.
18 de diciembre de 2025 a las 07:00h

No hay intelecto que aguante la situación actual de hartazgo y desafección política; sin embargo, cualquier zopenco o fanático aguantará de buen seguro algunos años más. La reflexión pierde puntos diariamente frente a la pasión, y lo peor de todo es que ya hay quien se está percatando de esa peligrosa inclinación e intenta aprovecharla en su beneficio.

Cuando desaparecen la coherencia, la razón, la sensatez y la honestidad, el vacío suele llenarse con fanatismo y pasión. El fanatismo ofrece una fórmula cómoda para el pensamiento perezoso: simplifica la realidad, elimina la complejidad y propone soluciones aparentemente fáciles que casi nunca afectan negativamente a quien las defiende, sino siempre a otros. En ese sentido, el fanatismo podría entenderse como una versión “beta” del razonamiento en la evolución de la inteligencia humana. A diferencia de la inteligencia artificial —donde los modelos obsoletos se sustituyen—, en la inteligencia natural esos esquemas primarios no solo persisten, sino que, a pesar de la evolución humana, pueden ser activados por un simple eslogan.

Abstencionistas por hartazgo, clases medias agotadas, autónomos cansados de soportar la cruz del santísimo emprendimiento, jóvenes precarios en busca de alquileres dignos, votantes “huérfanos”. Este caladero de apasionados va creciendo exponencialmente a medida que decrece el buen hacer de la clase política.

Las campañas apelan al miedo, a la esperanza, a la indignación o al orgullo porque las emociones reducen la complejidad y aceleran decisiones. Se construyen relatos con héroes, villanos y salvadores para simplificar el conflicto. Todo es más fácil de solucionar (o al menos así se ve desde el burladero).

Se apela a valores como la justicia, la dignidad, la seguridad o la igualdad; la patria, la familia, la muerte, la vida. Las emociones básicas (miedo, ira, tristeza, alegría, sorpresa, asco) influyen de forma clara en un electorado harto y desconectado.

Malos tiempos para el intelectual, para quien intenta comprender problemas complejos formulando hipótesis. Malos tiempos para la larga sombra de Aristóteles. El razonamiento científico es un motor fundamental del avance social porque impulsa la innovación y mejora la calidad de vida de las personas. Realmente, todos estamos de acuerdo en eso y, por ello, tenemos esperanza cuando entramos en un quirófano con tecnología de última generación. Sin embargo, para afrontar otros problemas resulta más cómodo y rápido recurrir a la pseudociencia, al negacionismo o a la improvisación. Hay que admitirlo: es más simple y eficaz a corto plazo.

¿Desempleo? ¿Violencia de género? ¿Precios bajos? ¿Cambio climático? ¿Salarios insuficientes? ¿Problemas de acceso a la vivienda? ¿Inseguridad ciudadana? La solución es muy fácil: hay que buscar culpables, activar las pasiones y las emociones básicas (miedo, ira, asco, tristeza…). Todo parece resolverse con soluciones inmediatas y simplistas. Todo se soluciona creando uno o varios villanos. Es muy fácil: cualquier malintencionado puede arrastrar a miles de zopencos con un puñado de consignas simples. Tiene razón Pérez-Reverte cuando dice que “con un malo y mil tontos, tienes mil y un malos”.

Cuando las emociones dominan, la gente decide más por impulsos que por análisis. En política, eso implica tres riesgos claros: la simplificación, la polarización y la manipulación.

El pensamiento crítico requiere tiempo y contraste; las emociones, en cambio, reaccionan al instante. Cuando la balanza se inclina demasiado hacia estas últimas, la calidad democrática se resiente.

Saben cómo manipular nuestras emociones. Estamos desprotegidos; siempre lo hemos estado, pero ahora es mucho más fácil entrar en nuestros hogares y en nuestras vidas. Las puertas son pequeñas pantallas de 6 o 7 pulgadas y están abiertas las 24 horas. Se anuncian catástrofes si vence el adversario; todos los males caerán sobre la sociedad si gana el otro. Según quién lo cuente, las plagas cambian. Reconocer los aciertos del rival político sigue siendo ciencia ficción.

Tal vez tuviera razón el recientemente fallecido Robe Iniesta cuando decía que la mayoría de la gente es idiota y que la cantidad, por sí sola, no otorga valor ni verdad. En democracia, sin embargo, el voto de la ignorancia o la irreflexión pesa exactamente lo mismo que el voto del conocimiento o la sensatez. La tensión entre la calidad del voto y la universalidad del mismo es un debate tan viejo como complejo. Hay que celebrar —con razón— la universalidad del sufragio, aunque quizá con menos entusiasmo por sus consecuencias cognitivas: delegamos decisiones complejas y decisivas para la sociedad en un acto que apenas exige nada, salvo desplazarse hasta la mesa electoral con el DNI en una mano y meter la papeleta en la urna con la otra, por lo que no debería sorprendernos —ni escandalizarnos— que el resultado sea a veces irracional, absurdo o contrario al beneficio social.

Las personas que votan movidas por la pasión, el entusiasmo o incluso el miedo o la ira suelen tener una tasa de participación más alta, mientras que aquellas más reflexivas suelen ser menos leales a las siglas y más evaluativas con las evidencias y las acciones, por lo que conlleva más esfuerzo movilizarlas. A tenor de los resultados en Chile, tras imponer el voto obligatorio, está en duda que se haya conseguido el efecto moderador (que, en teoría, diluye los extremismos).

En el fondo, la campaña electoral podría llamarse perfectamente “campaña emocional” y se centra en intentar manipular las emociones del ciudadano con la intención de captar su voto. No interesa mucho activar el razonamiento, y mucho menos a quienes tienen la extraña costumbre de pensar o, mejor aún, de reflexionar. Pensar es un proceso cognitivo general de usar la mente, mientras que reflexionar es una forma más profunda y proactiva de pensar con la intención de lograr una comprensión más profunda, encontrar soluciones o aprender de las experiencias.

Se piensa para entender, pero se reflexiona para crecer y actuar con sabiduría.

Resumiendo: cuando somos guiados puramente por las pasiones (miedo, esperanza, ira), estamos en un estado de servidumbre humana; somos pasivos. Los eslóganes actúan sobre nosotros y nosotros simplemente reaccionamos. El sabio es activo: al usar la razón para entender sus emociones, deja de ser un esclavo de ellas. ¡Vota bien y no mires a quién!

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