El sábado le vimos las orejas al lobo. Fue en la Nueva Plaza de Toros de Badajoz (que, por cierto, de nueva tiene poco). Echamos un buen rato. Así, en general. Mejor entrada de la que yo barruntaba; parece ser que las corridas nocturnas han caído con buen pie en Badajoz. Los toros de Romao Tenorio no dieron mal juego aunque, castigados de más y gordos también de más, acabaron paraditos, algo que afea mucho el último tercio de su lidia. Un festejo, como casi todos los de rejones, con el viento del público a favor… y su capacito de orejas. Que no digo yo que estuvieran mal dadas, al contrario, la presidencia supo atender las peticiones sin faltar al respeto que merece una plaza de la categoría de Badajoz.
Venía todo esto a ponerles en suerte lo de Diego Ventura. Ventura estuvo tan bien como siempre; oficio a raudales, cuadra de ensueño. Ventura es el mandamás del rejoneo. Veinte puertas grandes en Las Ventas lo certifican. Veinte Puertas Grandes y el único rabo cortado por un rejoneador en la primera plaza de España. ¿He dicho rabo? Nos vamos acercando…
Yo a las plazas de toros voy con la pretensión de aprender. No de rejones de castigo, ni de cabriolas… sino de torería. La torería es la asignatura más difícil de la carrera del vivir… y hasta de la del morir (extraña reválida de la que nos examinarán a todos antes o después). Así que no me gusta que los maestros me enseñen trapacerías y malos modos que me conduzcan a los infiernos. Me entran ganas de cambiarme de academia. Algo de eso pasó el sábado. Lo contaré sin adornos. A la muerte de su segundo el público pidió con fuerza los máximos trofeos para el rejoneador portugués. No entraré en si los merecía o no, ni en si la petición fue de esas que llaman bullangueras o no lo fue. Se pidieron. Un subalterno agitaba el rabo del toro muerto con el fin evidente de excitar la petición. Mal. Las mulillas, como suele suceder en estos casos, se demoraron quizá de más. Mal. El torero miraba incesantemente al palco y no con buenos ojos. Mal. Dos pañuelos blancos, dos orejas, no le calmaron. Tampoco al subalterno que intentaba liar al alguacilillo para que, confundido, cortase el rabo de la res. Mal al cuadrado. Finalmente el cadáver fue arrastrado con el rabo en su sitio, es decir, sin que el alguacilillo -perro viejo- fuera engañado. Ventura redobló sus malos gestos para con el palco. Mal al cubo.
Torería es, entre otros muchos deberes, conocer el reglamento que deja a criterio del presidente del festejo la decisión de conceder o no el rabo. Torería es, también, respetar las del palco se compartan o no, y encajarlas con buen talante. Resumiendo mucho, en las calles suelen llamarlo educación y en las plazas lo llamamos torería.
Supongo que la cosa quedó en solo eso, en malos modos, que nadie fue propuesto para sanción y que de lo ocurrido no quedará memoria. Pero yo, cuando salía de la plaza, salía levemente mustio, porque he nacido para admirar a los toreros y, en ocasiones, me tuercen el destino. Procuro llevarlo con torería.
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