Decía Umberto Eco que “las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel”. Me parece algo excesiva esa crítica, porque entonces sólo podrían expresarse los muy inteligentes como él.
A mi entender, incluso personas no especialistas, a veces, pueden aportar perspectivas valiosas: experiencias de vida y sentido común que al hacer preguntas detectan fallas en algunos modelos teóricos desviados o incompletos, lo que obliga a un replanteamiento por parte de los expertos para afinar el proceso.
Ahora bien, poniendo un ejemplo más generalizable como es el deporte, podemos concretar que casi todos hemos jugado al fútbol, con más o menos capacidades, inclusive mucha gente madura sigue jugando al fútbol como entretenimiento sin necesidad de competición. Ciertamente que a la hora apreciar la belleza y la calidad del fútbol a todos nos gusta ver al Real Madrid, Barça, Bayern o Manchester, porque entendemos que ahí están los mejores deportistas del balón, entrenadores, etc. Igual debería pasar con los científicos, los compositores, los juristas, los ingenieros o cirujanos, etc. que la gente debería leer o escuchar, pero sabiendo el lugar que ocupa en la jerarquía del conocimiento.
No obstante, en el ecosistema de la democracia moderna, se ha instalado una peligrosa confusión conceptual, como es la creencia de que la igualdad de derechos políticos implica una igualdad de validez intelectual. Afirma el filósofo José Antonio Marina “que es importante distinguir entre el derecho a opinar y la validez o respeto que merecen esas opiniones”, ya que para él "no todas las opiniones son iguales ni todas deben ser respetadas por igual."
En suma, si bien es sagrado el derecho de todo ciudadano a emitir su voz, es un error de graves consecuencias sociales pretender que una opinión basada en el sentimiento, la tradición o la intuición tenga el mismo peso que un juicio cimentado en datos, evidencia empírica y profesionalidad.
La raíz de esta equiparación forzada reside en una horizontalidad tóxica alimentada por la era digital. En una pantalla, el argumento de un especialista, que suele ser complejo y a veces incómodo, ocupa el mismo espacio que la ocurrencia de un aficionado o diletante. Sin embargo, así como nadie aceptaría que un chamán sustituyera a un cirujano en un quirófano basándose en una "opinión distinta", la sociedad no debería aceptar que la gestión de su futuro (la economía, la demografía o la sanidad) se debata bajo la premisa de que cualquier ocurrencia es válida, como vemos con harta frecuencia, incluso en aquellos que detentan (por ineptitud) cargos de responsabilidad.
La diferencia fundamental reside en la responsabilidad del juicio. El experto no emite una preferencia (doxa); traslada un conocimiento (episteme). Una opinión basada en evidencias es un juicio experto que asume una responsabilidad técnica: si un ecólogo (no confundir con ecologista) advierte sobre cambios o impactos en un ecosistema o un geógrafo sobre los desequilibrios territoriales y las disparidades sociales, lo hacen apoyados en un método que permite contrastar la realidad.
El “todólogo” (opinador sin sustento), en cambio, ofrece certezas absolutas y consuelo emocional para quienes están alineados/alienados con esa exégesis dictada desde el sesgo o desconocimiento, aunque carece de red de seguridad cuando sus predicciones fallan.
Equiparar ambas figuras es una forma de pereza intelectual colectiva y un síntoma del efecto Dunning-Kruger: donde muchos de los pasajeros de un avión pretenden dar su opinión al mismo nivel que el de la tripulación. Y si encima son mayoría...Ello es cada día más frecuente dado el uso de las tecnologías donde sólo por consultar información se creen con derecho a emitir una opinión, de tal forma que en el océano de las redes, la desinformación y los bulos navegan con viento en popa, mientras la verdad y el rigor reman contra corriente.
En conclusión, si bien la democracia es el gobierno de la mayoría, su éxito depende de que esa mayoría sepa reconocer los faros del conocimiento. Ignorar la jerarquía que otorgan la formación y la evidencia empírica no es ser más democrático; es, simplemente, caminar con los ojos cerrados hacia el naufragio. Las opiniones tienen el mismo derecho a ser expresadas, pero sólo los juicios fundamentados tienen el deber de ser tomados en cuenta para construir el futuro de una sociedad.
Añadir La Portada de Extremadura como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.