La tres en raya (Navidad en Lisboa I)

O Cais das Colunas

José Luis Lucas.

(Politólogo y periodista)

26 de noviembre de 2025 a las 15:17h
Actualizado: 05 de diciembre de 2025 a las 10:06h

El Largo de Camões en Lisboa está diseñado como un juego de las tres en raya, estático y que nadie podrá completar jamás. Las estatuas de los poetas que se apostan en sentido vertical sobre ella ejercen de piezas inmóviles en este juego paralizado: la de Fernando Pessoa, sentado en la puerta del café A Brasileira como un cliente más, con la pierna izquierda encima de la rodilla diestra. Es la más joven. Arriba, el conjunto escultórico de Luis de Camões con los ocho lusíadas que le acompañan en el homenaje a la épica lusa que cualquier Estado necesita para que arraigue identidad y sentimiento de pertenencia. En la parte alta de la plaza, ese padre de las letras lusas aparece como un héroe de la patria: Espada en la mano derecha y la capa abrigando a la izquierda. Es la segunda más antigua de la ciudad, después de la erigida al rey José I de Bragança en la plaza de Comercio. Por último, la del monje franciscano Antonio Ribeiro, Chiado, que da nombre al barrio; célibe y sarcástico humorista que llegó a Lisboa imitando voces como un loco predicado. Está igualmente sentado en la parte baja de la plaza, a la izquierda de la de Pessoa, arrogándose para sí la parte más populosa y bulliciosa, acogiendo bajo su túnica a los músicos callejeros. A su espalda, el tranvía 28 se desliza como una serpiente de leche por los dos raíles que desgajan la calzadinha decorada en varias islas.  

La corrí este pasado sábado pisando los charcos por la calle Garret para refugiarme bajo la cornisa pegada al escaparate de la librería Bertrand, en la acera de la izquierda, con estantes tan colocaditos que ni cargan ni sacian la vista. Al otro lado, la conservadora -y de anárquicas estancias- librería Sá da Costa se opone en la acera de enfrente con una ventana que presidía un crucificado, nacimientos navideños comprimidos en urnas: dos a la diestra, dos a la siniestra de un San José con cinco huevos de mármol alrededor, un dragón celeste y varios jarrones chinos conviviendo con esculturas africanas de vírgenes, apóstoles, como el tesoro colonial expuesto a visitante junto al Livro do Desassosego de Pessõa entre el rebosante mar de litografías y tratados acerca del pasado imperial.  

Así estará pronto la política por aquí, jugando otra vez a las Tres en Raya para aprobar un Presupuesto; o, si no, convocar de nuevo Elecciones

Tomé el callejón lateral. Los puestos de libros de segunda mano que se esparcen por la calle Anchieta recogían aprisa el género. La taberna Carolina, atestada con la gente que huyó de los veladores de madera en el exterior, estaba imposible. Volví sobre mis pasos. Doblé la esquina para buscar cobijo en la parroquia de Los Mártires, la capilla que fundaron como ermita los cruzados ingleses en el primer auxilio al rey Afonso Henriques. A esa Virgen que trajeron desde Londres se encomendaron para arrebatarle la ciudad a los musulmanes en 1147 y allí la veneraron hasta que el terremoto de 1755 derribó la parroquia como una ola en las playas de Setúbal a mi hermano le segó la movilidad en sus piernas y brazos, de un hostigo. Estaba cerrada. Llegué al Cais de Sodré y al mercado de Ribera por la rúa do Alecrim, pingando de agua y risas adolescentes. Subí, de nuevo, disfrutando de la lluvia fina de litoral hasta topar con la iglesia de la Magdalena, que sí me resguardó de tal lluvia tenaz. Aproveché y oí misa de precepto. Pasé esa noche despierto, oyendo la lluvia caer y el tráfico de los coches sobre la calzada mojada en la habitación del hotel. Y así fueron siempre mis noches del sábado en la Lisboa decadente desde hace veinte años, como una liturgia de agua y santa espera, hasta que inyectaron el capital externo con el que está alcanzando su rehabilitación, con aquella lluvia siempre sospechosamente incluida en cada visita, invitándome a visitar de manera casi obligada una parroquia que me cobijara u oyendo llover hasta el amanecer mientras maldecía las playas de agua fría de la costa vicentina por todo lo sufrido.  

En esa espera eterna hasta que alguien desplace la estatua de Pessõa finalmente a su izquierda y complete por el centro la alineación vertical con las de Chiado y Camões para ganar en ese juego infantil de cruces y ceros, la Iglesia lusa ha dispuesto, en los accesos laterales a la plaza, otras tres tantas parroquias para que esa jugada jamás llegue a producirse: Los Mártires y Encarnação, a ambos lados del teatro de São Luiz, por la acera izquierda de la rúa Garret Almeida; y enfrente suya, la Igreja de la Virgen de Loreto, conocida como de los Italianos, hace esquina con la rúa Misericordia. Todas se engalanan con nacimientos y lucen rompimientos de cielo al llegar la Navidad. En Mártires, muestran un presépio (pesebre) nutrido de figuras sobre una lámina diagonal de corcho, encerradas en una urna cúbica de cristal. Los italianos iluminan el techo rosáceo que preside una Inmaculada Concepción gracias a una lámpara elíptica con cincuenta puntos de luz. En la 

Encarnación, la pintura granate y verde, que adorna a la Virgen madre con el niño a su izquierda, resaltan dos columnas de mármol. Custodian la talla en el sagrario, con tres candelabros a la izquierda y tres a la derecha, como las columnas en la fachada del Teatro de María II, como en el blasón heráldico de los Almeida labrado sobre la fuente pétrea de la Praça do Imperio en Belém, tres a la izquierda y tres círculos a la diestra... Son templos fríos en las fachadas, desprovistos de cualquier ornato barroco porque el neoclásico racionalista con el que diseñaron la reconstrucción de Lisboa después del desastre no consentía lujos platerescos, ni dispuso del oro y los reales para financiar semejante ostentación superflua.  

En el Largo del padre de la lusofonía convergen la sede del ministerio de Economía con la embajada brasileña, un hilo verde invisible que les ata en el origen, la lengua e historia, con la esperanza de que algún día ese Imperio vuelva a renacer, si no físico, comercial. Portugal llama al pasatiempo Três em Linha, también O Jogo do Galo. Algunas leyendas urbanas cuentan que el juego nació en Almada a mediados del sexto siglo y no, como sostienen los sesudos arqueólogos, en Egipto. Allí operaron tres veces a mi hermano después del accidente en las playa de Comporta.  De la misma sede del Patriarcado de Lisboa, la vieja circunscripción metropolitana, cuelgan tres basílicas menores que se esparcen por la ciudad con la misma empresa que las iglesias que rodean a los poetas para la vigilancia del espíritu colonial.  

En época de los descubrimientos, Pedro Álvares Cabral, que tiene su estatua frente a la basílica da Estrela o del Sagrado Corazón, donde mis bisabuelos se casaron el siglo pasado, adoraba jugar a eso durante sus largos viajes a Brasil. Decidió que sería lo primero que enseñaría a los indígenas del Amazonas, antes incluso que el propio Evangelio. Allí, le llaman O Jogo da Velha, el Juego de la Vieja, como en Venezuela; cerito cruz, en Cuba; michi en Perú; trique, en Colombia; cuadritos o juego del gato, en Chile, Costa Rica y México; tatetí, en Argentina, Paraguay y Uruguay; totito, en Guatemala o triqui en Honduras... El juego simple de colocar tres fichas seguidas en líneas verticales, horizontales o diagonales, al aguardo de que falle el contrincante, se extendió por ese río que recoge la quinta parte de la lluvia en el planeta.

Así estuvieron en la Asamblea del país el año 2024, intentando alinear al PSD, el PS y los radicales Chega para aprobar los Presupuestos del Estado  -algo que se extendió a Extremadura y al resto de España- y han terminado en Portugal como el juego inconcluso de la plaza Camões, convocando elecciones legislativas, que les devolvió a la casilla de salida. Quizá, porque las estatuas están limitadas a alinearse en vertical, tanto a derecha como a izquierda con tanta Iglesia alrededor. Y así estará pronto la política por aquí, jugando otra vez a las Tres en Raya para aprobar un Presupuesto; o, si no, convocar de nuevo Elecciones.  

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