El único templo en La Baixa de Lisboa que se mantuvo en pie frente a la virulencia del mar y resistió al fuego de los incendios que siguieron al día de Todos los Santos de aquel año de Dios de 1755 fue La Sé, la catedral en Santa María la Maior. Aquella furia duró entre siete u ocho minutos, no más, entre las tres sacudidas: la primera, sacó a la gente asustada de sus casas; la segunda, con dos minutos tan intensos que los muros se caían como naipes; y a la tercera, la más larga, le acompañó una ráfaga de zarandeos hacia arriba, de dos o tres minutos, como cuando un coche se bambolea sobre un empedrado rugoso. Eso fue lo que condujo a la ruina a iglesias y edificios públicos. En la parroquia de San Roque tuvieron que alojar la Santa Casa de la Misericordia, la beneficencia lusa. La Sé sufrió daños serios, el colapso de la capilla mayor y de su retablo principal, así como la caída de la cúpula y la torre, lo que obligó a vender los candelabros, vasos y las cruces de oro para financiar la reconstrucción a partir de sus columnas que se mantuvieron. Con los años, me he acostumbrado a merendar el pastel de Tentúgal con cerveza en la Cantina da Sé, más arriba de la Magdalena, antes de llegar a la Iglesia que hoy acoge la Catedral y que aguantó, junto al Castillo de São Jorge, las embestidas del maremoto sobre la curva que sube hacia Alfama por la colina del Largo das Cruces. Está decorada con fotografías del rey Carlos I de Bragança y su familia: la reina Amalia de Orleans, la hija del Duque de París, amante secreta de Josefa (Pepita) Sandoval i Pacheco, condesa de Figueiró, que hoy han reconvertido en mujer samaritana. En aquellas aparece como abnegada esposa, con el heredero asesinado con su padre, Luis Felipe, en el coche descubierto, con María Ana y don Manuel, el último rey luso, con traje infantil…
Despacha por piezas ese pastel que elaboran monjas de la Natividade en Coimbra como la azulejería antigua de las casas que derriban, saquean y remodelan por la ciudad; y bolos de coco, pastéis de nata, salame de chocolate, ovos-moles de Aveiro, brisa do liz, tocinillos de cielo, y torta de Azeitão. Si regreso para la plaza de Comercio, me apresuro a pedirles unos travesseiros de Sintra porque ese crujido de las filhoas de hojaldre en la boca me evoca por la noche el de una viga de madera quebrándose. El sabor amargo de la cerveza fría se funde con el regusto a cabello de ángel y canela bajo el paladar. Con semejantes temblores, en la sede catedralicia crujieron las traviesas del techo, perdió la altiva torre del campanario y el patriarca ordenó rezos durante los cuatro meses de catarsis por las cincuenta mil almas que se tragó el fuego de tardanza tras el caos que aquella serpiente marina provocaría entre las costas de Orán, Lisboa y el sur español. La Capilla Real se hundió; tuvo que trasladarse a Alcántara. El rey José I entró en pánico. Huyó del temor y del insomnio a la montaña de Ajuda. Ordenó que ahí le construyeran un palacio alejado del océano y, consternado porque sólo sabía engendrar hembras, se dejó contagiar por artes y la ópera para ignorar así a la más profunda crisis ultramarina que vivió su dinastía, delegando todo su poder en el marqués de Pombal. La ciudad perdió las gaviotas; la techumbre de la nave central destrozó todas las cubiertas con ventanales para volver a recordarle al mortal hombre su limitado poder frente a la divina naturaleza, igual que la massa-filhõa de Sintra se desmenuza entre unos labios dentados, igual que en el pecho de cualquier madre estallan las vidrieras de Dios el primer día que le llora y solloza lágrimas de cristal agudas por el cuidado del hijo enfermo, a quien aquella fuerza descomunal del agua marina le partió en tres trozos la columna vertebral como quien tronza un palillo de madera entre las falanges de los dedos.
Portugal, habituada a que cada cierto tiempo el ciclo político salte por los aires. En plena crisis financiera por el encarecimiento de la prima de riesgo, la intervención de la hacienda lusa y recortes salariales, el entonces primer ministro, José Sócrates obtuvo de la fiscalía acusaciones por treinta y un cargos, de los que será juzgado finalmente por veintidós: tres por corrupción, trece por lavado de dinero y seis por fraude fiscal en el transcurso de la operación “Marqués”. Desde 2005 a 2011 que estuvo presidiendo el Consejo de ministros, el Tribunal Criminal de Lisboa juzga la acusación pública de que se embolsó 34 millones de euros, entre comisiones y sobornos de diferentes empresas y bancos, a cambio de contratos públicos. Están acusadas 28 personas, entre ellas el exministro y antiguo administrador de la Caixa General de Depósitos, Armando Vara; el empresario Carlos Santos Silva, su supuesto testaferro; su mujer, Sofía Fava; los ex administradores de Portugal Telecom. Henrique Granadeiro y Zeinal Bava; y otros dos empresarios, Joaquim Barroca y el angoleño, Hélder Bataglia, fundador de Escom.
La llegada del primer gobierno de Antonio Costa, La Reviravolta al XX Gobierno que presidían Passos Coelho y Paulo Portas, que sólo duró 27 días porque triunfó una moción de rechazo presentada por las fuerzas políticas de izquierda (Geringonça) les descubrió una serie de concesiones para perforar el subsuelo en Batalha y Pombal, y extraer el gas de xisto, -peligroso gas shale del fracking o fractura hidraúlica-, con riesgo de contaminar los acuíferos. Las firmaron cuatro días antes de aquellas elecciones con un enorme secretismo a favor de la Australis Oil & Gas. Perforarían a sólo cincuenta metros del área residencial en la freguesía de Bajouca, y con 2’8 kilómetros de profundidad, que afectaría el consumo de agua de Coimbra, Leiria, Pombal, Souré, Porto de Mos, Batalha, Alcobaça, Nazaré, Marinha Grande, Santarém, Caldas da Rainha, Rio Maior y Ourém; es decir, introducir ácidos, biocidas, benceno, etanol, y espumas en la reserva hídrica del macizo alcáreo Estremenho, del río Tajo y de sus afluentes, Lis, Alviela y Almonde. La APA (Agência Portuguesa do Ambiente) suspendió en 2015 las dos licencias, como España prohibió tres años más tarde por ley
Ocho años después, la Polícia Judiciâria incluía al propio Costa, su jefe de Gabinete, al ministro de Fomento y antiguo secretario de Energía, João Galamba, en el marco de la operación “Influencer” por las concesiones a favor de Luso Recursos Portugal Lithium, firmada por el ministro João Pedro Matos Fernándes, y esa vez con informe positivo de la APA para que explotara a cielo abierto dos minas en el norte (Montalegre y Romano) y refinar treinta toneladas de litio, junto a una planta para la producción de hidrógeno verde y un centro de datos 4.0 en Sines. Esto llevó a su alcalde, Nuno Mascarenhas; al abogado Diogo Lacerda y al exsecretario de Estado, João Tiago Silveira, al banquillo del tribunal por supuesto tráfico de influencias. Aunque el 25 de marzo la Comisión Europea las consideró proyecto estratégico, como la de Cañaveral (Cáceres) para el suministro de litio en baterías, provocó la caída del gobierno socialista y el declive en las legislativas.
Y ahí sigue la Sé, inmóvil. Con su Cristo en la cruz, su tesoro de casullas raídas en la sacristía; su rosetón malva con doce pétalos, como doce apóstoles, que se enciende con el sol de mediodía; un cáliz desdentado, con una solitaria esmeralda porque el resto las malvendieron para sostener el templo... Ahí sigue: Oyendo en confesión durante siglos las penitencias, ahora que cualquiera -con o sin permiso judicial- desea el mismo poder, igual que atrae su Cantina a quienes disfrutamos de las traviesas de hojaldre que llegan de Sintra, con mordiscos inocuos a la masa de levadura que jamás van a derribar el edificio de la democracia, y bebiendo cerveza fría en una lata, no en barriles, como se comercia el petróleo a cambio de porcentajes insultantes casi desde que se fijaron los pilares del inmueble, tan mordidos como el ropaje del cura confesor.
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