Un partido como el PSOE extremeño no está acostumbrado a las crisis. Desde la creación de la autonomía vivió una etapa dorada con Juan Carlos Rodríguez Ibarra, que se prolongó durante 24 años, y realizó después una transición modélica con Guillermo Fernández Vara, hasta el punto de que el porrazo nacional con Zapatero (que los mandó a la oposicion) lo salvó en una sola legislatura. Sin embargo, las cosas han cambiado. No solo porque venían de la oposición y han sufrido un fracaso electoral estrepitoso, pasando de 28 a 18 escaños, sino porque se han quedado huérfanos de liderazgo. El partido está dividido entre antigallardistas y gallardistas arrepentidos, y la coyuntura política nacional describe una tendencia al alza de la derecha y a la consolidación de una alternativa que también se ha asentado en Extremadura. Todo ello supone un cambio ideológico profundo en una región que llegó a ser bastión por excelencia de los socialistas.
Y ahora, una gestora. Ferraz toma el control del partido, nombra a un presidente de la plena confianza de Pedro Sánchez y plantea, de facto, una travesía del desierto. Un tiempo en el que el PSOE tendrá que recomponer sus costuras internas, integrar a todos los frentes y buscar a la persona capaz de liderarlo. Un caballo blanco que sepa concitar voluntades: coger de una mano a los leales —sin tener muy claro quiénes son— y de la otra a los díscolos —otro tanto de lo mismo— para hacerlos caminar en una misma dirección.
Analizado con perspectiva, resulta sencillo constatar que la estrategia desarrollada por el PSOE en esta campaña electoral ha sido mala o muy mala. ¿A quién se le ocurre presentar a un candidato imputado? Visto lo visto, Miguel Ángel Gallardo debería haber aprobado los presupuestos de María Guardiola en octubre y dejarse de experimentos electorales. Pero aquello no era un órdago del PP; era una estrategia de derribo. Es cierto que no ha salido exactamente como esperaban los populares, no midieron —o no supieron medir— el ascenso de Vox, pero el resultado ha sido un torpedo en la línea de flotación del PSOE y el aniquilamiento político de su líder. Todo el proceso de encumbramiento de Gallardo parece ahora una operación diseñada para cargárselo: como si unos desde fuera y otros desde dentro lo hubieran empujado hasta el borde del precipicio con el único propósito de hacerlo caer.
Difícil lo tiene José Luis Quintana, un hombre equilibrado y conciliador por una parte, pero señalado desde algunos sectores por su amistad con Pedro Sánchez, lo que lo convierte, a ojos de muchos, en un delegado de Ferraz. Su misión es más que complicada: no solo viene a administrar un estado de depresión severa, sino que debe dirigir con autoridad un partido sin haberse ganado a la militancia, y gestionar una organización acostumbrada a disponer de recursos que ahora se verán mermados por la pérdida de poder institucional, el descenso de los ingresos y los inevitables ajustes de personal.
La gestora, en este contexto, no es una solución sino un paréntesis. Un tiempo de espera en el que el PSOE extremeño tendrá que decidir si quiere limitarse a sobrevivir o aprovechar la crisis para reinventarse. Porque las gestoras no ilusionan, no ganan elecciones y no construyen relatos; apenas sostienen estructuras mientras pasa la tormenta.
El problema es que la tormenta no parece pasajera. La Extremadura de hoy no es la de Ibarra ni siquiera la de Vara. El votante socialista ya no es cautivo como pudiera parecer en otro tiempo, el discurso histórico se ha desgastado y la competencia política ha llegado para quedarse. Si el PSOE no entiende que el ciclo ha cambiado, corre el riesgo de confundir la travesía del desierto con un simple descanso antes de volver al poder, cuando en realidad puede estar ante una larga caminata sin mapas ni oasis claros.
Quizá por eso el mayor reto no sea encontrar un líder, que también, sino asumir que nada volverá a ser como antes. Que el partido tendrá que mirarse al espejo, reconocer errores y aceptar que el tiempo de las mayorías automáticas quedó atrás. Solo entonces, cuando se abandone la nostalgia y se abrace la realidad, el PSOE extremeño podrá aspirar a salir del desierto sin convertirse en un recuerdo más de su propio pasado.
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