Ayer hablábamos -ustedes y yo- de Canarias. Mi amigo Paco Cañamero -magnífico escritor salmantino- me hizo saber que sirvió en Gran Canaria. Recordó con sentido afecto su paso por el Ejército del Aire y también por el diario La Provincia. Supongo que la nostalgia de la juventud algo tendrá que ver… Me habló de aquello y de que acabó siendo tan canario como el ron Arehucas. Y, en eso, mentó un nombre que, dulcemente, me devolvió a mi niñez, Tonono.
Supongo que ustedes, como yo, en ese yacimiento arqueológico que es el cerebro de cada cual, de vez en cuando, desentierran tesoros olvidados. Tesoros condenados a no volver a ver la luz y que se salvan por una chiripa. Tonono, por ejemplo. De Arucas, como el ron. “Tonono” debe venir de Antonio, que los canarios cargan de dulzura las letras… y el ron. “Hipocorístico” siempre me ha parecido un palabro más bien feo, gigantón y desastrado a la vez. En cambio, líbero, se me antoja bellísimo. Yo, en cuestiones futbolísticas, me quedé en líberos y nueves. Nueves ciertos y secos, más al acecho que al rececho del balón. Tan atrás me quedé que los extremos a pierna cambiada me parecen un fraude. De muy niño a un jilguero que tuve le puse de nombre Lalo, futbolista baracaldés y del Baracaldo. Lalo era un extremo izquierdo -zurdo, por supuesto- pequeño y rápido como un cohete. Un 11 como Dios mandaba, que en esto del fútbol Dios ha cambiado mucho del Concilio para acá. Si hubiera tenido un canario en vez de un jilguero quizá le habría llamado Tonono. Iríbar no, que siempre vestía de negro. Tonono en la selección jugaba de líbero por delante de Iríbar. Tonono, junto a Guedes, fue el santo y seña de aquella Unión Deportiva Las Palmas que casi gana un par de Ligas. Fue cuando el Insular se nos metió en la mollera y se nos hizo simpático el amarillo canario de su camiseta.
De Arucas recuerdo las vidrieras de su iglesia, un prodigio de luces. Dice mi amigo Paco que están inspiradas en las de León, la pulcra leonina añado yo. Qué maravilla… Arucas, un jardín florido que estando preso en sus cuatro paredes intuye los acantilados y la mar infinita. Un jardín florido y un mercado cerrado a cal y canto... qué pena. Y a su pie la chimenea inmensa de la fábrica de ron Arehucas. Arucas, cruzada de guanche y de inglés. Plátanos y ron. Estuve, pero cuando estuve no llegué a desenterrar el recuerdo perdido de Tonono.
Tonono, Iríbar, Lalo… y Carlos, aquel delantero de Bilbao que fue pichichi en el 75, precisamente el año en que murió Tonono. Dos años antes había muerto Nino Bravo, un año después moriría Cecilia. Tonono no murió en la carretera, murió de una infección vírica a los treintaiún años como si un rayo, de repente, derribara un árbol joven, fuerte y sano, quizá un drago. Recuerdo aquellas tres muertes como recuerdo que por entonces tuve yo un balón de cuero. Era yo mal jugador, pero tenía balón; un balón de cuero cosido y con válvula, de los “reglamentarios”. Y tuve balón y tuve amigos. ¡Qué balón el mío! Me lo compraron en Comercial Basconia, allá en Baracaldo, y costó la friolera de casi mil pesetas. Lo perdí el día que cayó de una mala patada en huerta ajena. He perdido, me he perdido, muchas veces en esta vida, casi todas por mi mala cabeza…, sin embargo, nunca -gracias a Dios y a San Fernando- me ha caído un rayo.
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