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O Cais das Colunas

José Luis Lucas.

(Politólogo y periodista)

17 de abril de 2026 a las 08:24h
Actualizado: 17 de abril de 2026 a las 08:24h

El cuarenta por ciento de los enfermos crónicos portugueses presentan varias inconsistencias a la hora de cumplir con la medicación. El 94% de este porcentaje, se olvidan de tomarla de manera regular porque disfrutan de una falsa sensación de bienestar; el 53% de ellos conviven con un elevado colesterol y un 69% con hipertensión. En ambos grupos coexisten quienes han decidido no tomarla por miedo a que se agrave la dolencia, lo que aumenta el riesgo de mortalidad. Ésta es la principal conclusión que refleja el estudio “Adhesión Terapéutica de una Enfermedad Crónica: La visión del enfermo” realizado por la empresa Spirituc, entre el 18 de febrero y el 9 de marzo, con seiscientos mayores de 35 años residentes en Portugal, diagnosticados con una dolencia crónica. Y entre ellos, el 87’8% gozan de estar vigilados por un médico que les obliga a tomar regularmente la medicación. Sólo el 12’2% de estos atendidos por un profesional, optan por abandonarla. 

La ausencia de la prescripción médica continúa como la primera causa del desistimiento (38’4%) a la que sigue quienes la consideran innecesaria (32’9%) y quienes carecen de acompañamiento médico (20’5%). Tanto la Sociedad Portuguesa de Arterioesclerosis como la Asociación Nacional de Farmacias consideran que la relación entre el médico y el paciente -por un lado- y el trabajo del farmacéutico como terapeuta de confianza influyen para una mayor o menor adhesión a la terapia. Y estamos hablando de dolencias que suelen evolucionar hacia enfermedades más graves en personas con dificultades para interpretar y comprender la información incluida en los prospectos y recetas, como reconoció a Expresso la Presidente de la Sociedade de Literacia em Saúde, Cristina Vaz de Almeida.  

Cerca de un millón de portugueses viven solos; la mitad de ellos, ancianos o jubilados según los datos presentados por la Fundación Francisco Manuel dos Santos con motivo de la celebración del Día de la Población. Al contrario de los países nórdicos, el 87´3% de esos mayores lusos y el 83´8% de los españoles viven con sus hijos, casi veinte puntos por encima que los suecos, pero el año pasado la Policía portuguesa (PSP) informó que 757 ancianos fueron encontrados muertos en su casa, solos y después de varios días sin que nadie les echara de menos. La Epidemia de la Soledad alcanzó en la ratio de los Servicios Públicos de Salud europeos el cariz de “nueva enfermedad de la sociedad post-industrial”, porque uno de cada cuatro ancianos que se siente solo desarrolla síntomas depresivos que le acercan aún más al fin de sus días. Y el proceso de envejecimiento de la sociedad portuguesa, como la española, se está acelerando cada década: Si en 2003 existían 79 municipios donde vivían más jóvenes que mayores de 65 años, este número se redujo a 36 en 2013; y solamente a dos ciudades, diez años después, en 2023.  

 

De hecho, la Guardia Nacional Republicana (GNR) -que es como la Guardia Civil en el país hermano- desarrolla desde 2011 la operación “Censos Senior” con el que señalan a los ancianos en situación de vulnerabilidad, que en 2025 se elevaron a 43.074 personas, con la intención de trasladarles una mayor sensación de seguridad y reducir el riesgo de crímenes que se ceba contra ellos: estafas, robos y violencia doméstica. Dos de cada tres mayores de 84 años en Portugal son mujeres, quienes conforman también la cohorte y el género que más viven de manera solitaria, entre 35 a 39 años. Sorprende, además, que el mayor número de ancianos vulnerables se reparte entre los distritos de Guarda, Vila-Real y Bragança, por encima de Lisboa y Oporto, que pese a la concentración humana en las metrópolis, disfrutan de servicios de asistencia social y salud domiciliaria, bien a costa del Estado, bien municipales, por encima de estos distritos del sur y del interior, plagados de aldeas y villas que se desperdigan en el territorio. 

En España, que recete la enfermería  

En España, la conocida como Ley del Medicamento y de los Productos Sanitarios entrará para dictamen del Consejo de Estado en breve, un año después de aprobarse en primera vuelta por el Consejo de Ministros. Luego al Congreso de los Diputados, para su definitiva aprobación a los dos meses por el Gobierno. La escasez de especialistas en la atención primaria, enfermeras en la salud familiar y comunitaria, ha demandado tal reforma con la intención de que desde ese cuerpo auxiliar puedan implantar una prescripción efectiva del medicamento. Aunque Javier Padilla, Secretario de Sanidad en España, teme qué va a pasar al día siguiente que entre en vigor tanto esta norma como la Ley de Ordenación de Profesiones Sanitarias: “Es bueno para las enfermeras -aseguró a Europa Press- pero sobre todo para la ciudadanía” después de reconocer una cierta negligencia ejecutiva que ha dejado a miles de pacientes sin cuidados durante años.  

Nadie en España esconde choques de competencias históricas que está provocando este cambio. Tampoco, el conflicto entre el Gobierno del Estado y algunas CC.AA. que se resisten a depositar en profesionales de la Atención Primaria aquello que hasta la fecha no formaba parte de sus tareas. Sin embargo, la realidad acelera las mudanzas: “La población está cada vez más envejecida y en una situación de cronicidad que acucia” -manifestó Carina Escobar, presidenta de la Plataforma de Organizaciones de Pacientes (POP). Además, los representantes del Consejo General de Enfermería que denuncian “salen de España cada año un quince por ciento de los estudiantes egresados al extranjero”, han descubierto en las reformas legislativas una oportunidad para que estos profesionales “formados hacia un enfoque del autocuidado” se incorporen al sistema de la salud pública española. Ya algunos sindicatos sólo demandan “clarificar funciones y esas competencias”, la formación sanitaria especializada capaz que actualice la clasificación de la enfermería y la seguridad del paciente, hasta la excelencia en la atención sanitaria para los técnicos superiores (TCAES), medios (TFP) y de emergencias (TES). 

Durante las pasadas borrascas que azotaron el litoral y el Ribatejo luso, las primeras imágenes que llegaban de Alcaçer do Sal nos mostraban a los servicios de emergencia repartiendo víveres desde grúas y escalerillas de bomberos a las decenas de ancianos que habían quedado aislados en sus viviendas. Poco después, se tuvieron que incluir los medicamentos. Una educación hacia la salud propia, con profesionales que se responsabilicen del seguimiento y vigilancia de los pacientes, aún se percibe normal en sociedades intermedias, como las de Badajoz, en Mérida o Cáceres. Sin embargo, ante desgracias sobrevenidas como los temporales de este invierno -o la ausencia de la ratio médica de atención primaria que abarque tanto atención en el dispensario como en el domicilio-  obliga a aceptar la transferencia de algunas competencias hacia un escalón inferior. Ya lo hicieron en Madrid para otras cosas, con la creación de los Agentes de Movilidad respecto a la Guardia Urbana. En Lisboa operan aún más grave: una empresa privada se encarga de inmovilizarte tu vehículo, con cepos y cinta aislante, negra y gualda, si una mañana te olvidaste que estaba estacionado en zona azul… Luego viene el policía local y firma; pero la receta te la prescribe un auxiliar, que se sabe el reglamento de sanciones, como una enfermera el vademécum vigente, tan al dedillo como un abogado penalista… O quizás mejor. Lo aseguro.  

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