La tiranía del entusiasmo

Cartografía de dos tierras

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(Geógrafo)

13 de septiembre de 2026 a las 11:00h

Durante muchos años, algunas máquinas de escribir no tenían una tecla para el signo de exclamación. No era imprescindible.

Para escribirlo bastaba con pulsar un apóstrofo, retroceder el carro y colocar un punto debajo. Tres movimientos para conseguir algo que hoy hacemos casi sin pensar.

La razón era bastante práctica: los teclados tenían un espacio limitado y cada carácter implicaba una pieza mecánica. Algunos fabricantes consideraban que determinados signos podían componerse a partir de otros y se ahorraban la tecla. También ocurrió durante años con el número 1, que podía sustituirse por una ele minúscula.

La exclamación fue apareciendo progresivamente en los teclados, pero todavía hubo máquinas que prescindieron de ella hasta la década de 1970. IBM, por ejemplo, había presentado en 1961 su famosa Selectric, con su esfera intercambiable de caracteres, y distintas configuraciones fueron incorporando la combinación 1/!. La Selectric II llegó en 1971. Remington, Smith-Corona, Olivetti o IBM fueron adaptando sus teclados a una escritura cada vez más estandarizada.

Keith Houston cuenta en Shady Characters que la historia de la puntuación está muy ligada a las máquinas que utilizamos para escribir. Parece menor, pero no lo es. La tecnología no solo facilita la escritura. También la condiciona.

Hoy ocurre exactamente lo contrario.

La exclamación ya no cuesta nada.

Y se nota.

«Gracias».

No parece lo mismo que:

«¡Gracias!»

El primero puede sonar seco. El segundo parece amable.

Ahora tiene otra tarea bastante más ingrata: demostrar que seguimos siendo buenas personas.

Eso tiene poco que ver con la función clásica del signo. La exclamación servía para expresar sorpresa, admiración, intensidad o una orden. Ahora tiene otra tarea bastante más ingrata: demostrar que seguimos siendo buenas personas.

Gretchen McCulloch explica en Because Internet cómo la comunicación digital ha desarrollado sus propias reglas. Como no vemos la cara del otro ni escuchamos su voz, tratamos de reconstruir ambas cosas con signos, emojis, mayúsculas, repeticiones y silencios; la puntuación ha terminado haciendo también de lenguaje corporal.

Hay incluso evidencia experimental. Un estudio dirigido por la psicóloga Celia Klin comprobó que determinadas respuestas breves terminadas con un punto podían percibirse como menos sinceras que las mismas respuestas sin él. El efecto aparecía en los mensajes de texto, pero no de la misma manera cuando estaban escritos a mano.

Un «Vale» puede parecer molesto.

Un «Vale!» parece cordial.

Y un «Vale!!!» ya parece una persona que necesita demostrar demasiado.

En los correos profesionales ocurre a diario.

¡Perfecto!

¡Genial!

¡Muchas gracias!

¡Hablamos!

¡Qué bien!

Leyendo algunas cadenas de correo, uno podría pensar que la oficina moderna está llena de gente exultante.

No.

La mayoría simplemente está trabajando con cara de lunes, pero hemos desarrollado una curiosa obligación de parecer encantados mientras lo hacemos.

La exclamación suaviza el mensaje, evita malentendidos y sirve como marcador de cortesía. Hasta ahí, nada especialmente grave. El problema empieza cuando todo necesita entusiasmo añadido. Si cada tarea es fantástica, cada reunión estupenda y cada correo termina con un signo de exclamación, llega un momento en que uno empieza a echar de menos a alguien que conteste simplemente:

«De acuerdo».

David Crystal explica en Making a Point que la puntuación nunca ha sido completamente estable, cambia con el tiempo, con los soportes y con nuestros hábitos, y estamos viendo uno de esos cambios.

Hace unas décadas había que hacer tres movimientos para escribir una exclamación.

Ahora basta con una tecla.

Y quizá por eso hemos acabado utilizándola para confirmar una reunión a las nueve de la mañana de un martes como si aquello importara de verdad.

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Felipe Grande

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