En el color del agua de la hierba se intuye ya la primavera pero presiento que la felicidad no será completa. La política ha entrado demasiado en el cuerpo, tanto que casi llega al alma.
Vivimos un momento entre trágico y esperpéntico en el que los políticos, no es que devoren a otros sino que, se devoran a sí mismos. Toman sus corazones, una masa oscura que flota como las fresas en el agua, y se lo zampan con sus principios dentro.
Este parece ser el rasgo esencial en el panorama político que se parece a una tarrina de fresas pochas y babosas.
Ni pensar quiero en cómo habrá dormido María Guardiola estos días de ruptura romántica con sus amores ideológicos. O el por qué de esos bandazos terrenales que adelgazan sus principios.
Abascal es como ese efluvio antiguo que emana sin saber por qué entre las telas liberty, un Diderico que aparece, amenaza, cabalga y se fuma un puro.
Guardiola ya no sonríe como en aquellos días en que su verbo prometía y prometía. El marasmo ha llegado a tal punto que la cuerda con Génova se ha roto, un clic que ha sonado a lo largo y ancho de la A-5 rompiendo los ramitos de los almendros.
Pedro Sánchez sabe que quedarse cuidando las nubes desde Moncloa le renta, es su mejor baza para continuar en la brecha, como dice Manolo García: “barras de bar, vertederos de amor”.
Todo es basura, ahora mismo todo es un inmenso bar lleno de palillos por el suelo y servilletas manchadas de fritanga y marcas de pintalabios en los vasos.
La política no tiene madre que la guíe. Ni por mucho desclasifiquen el pasado.
El sol. Sí, el sol ha salido y ha secado el suelo, la gente se pone cara al sol en la terrazas con su cerveza y unas gildas, otra cosa es lo de cantar. Yo eso no lo veo por mucho que lo diga la ministra.
Más bien parece que el sol nos ha traído fresas, rojas y voluptuosas. Un paisaje de fresas, almendros y cerezos echando las raíces, los frutos, la atroz belleza que nada ni nadie nos da.
Errejón, el DAO, Puente, López o Abascal...Yolanda, Irene, Mari Pili e Isabel. Qué pegajosidad.
Ninguno de estos ha leído el testamento de Tolstoy, ni a Bergson o Blondel. Autores que forman el alma y ponen en la boca fresas exquisitas.
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