La política deja de ser una conversación cuando se convierte en una identidad. En ese punto, ya no discutimos ideas: defendemos pertenencias. Y con ellas llegan emociones que van mucho más allá del desacuerdo razonable: antipatía, desconfianza, incluso odio y desprecio hacia el otro.
La forma más preocupante de polarización hoy no es ideológica, sino afectiva. No consiste en pensar distinto, sino en sentir que quien piensa distinto es inmoral, peligroso o ilegítimo. El adversario deja de ser alguien con quien discrepar para convertirse en alguien a quien temer o rechazar.
Este proceso no ocurre en el vacío. Se alimenta de malestar. Es más fácil convencer a alguien de que su vecino es su enemigo cuando está cansado, frustrado y percibe el futuro como una amenaza. Las sociedades con mayor bienestar percibido, en cambio, desarrollan algo parecido a una membrana protectora: amortiguan la tentación de dividirse en bandos irreconciliables.
La polarización puede empezar como un plan perfectamente diseñado y acaba siendo útil para quien sabe aprovecharla (tanto de un bando como de otro). Sus señales son reconocibles: lenguaje binario, moralización constante, castigo del matiz, cierre identitario, desprecio al adversario y desaparición de espacios comunes. Hay un punto de inflexión claro: cuando dejamos de preguntarnos “qué problema tenemos” y empezamos a preguntarnos “quién tiene la culpa”.
En las fases más avanzadas aparece una paradoja: el enemigo principal de los extremos ya no es el otro extremo, sino el centro. La moderación se vuelve sospechosa. El mensaje es tan simple como eficaz: “o estás conmigo o estás contra mí”. Y el foco se desplaza hacia quienes incomodan ese marco —personas moderadas, perfiles técnicos, científicos e intelectuales—, que pasan a ser cuestionados desde ambos flancos por introducir matices, complejidad o datos que rompen el relato blanco/negro.
¿Cómo funciona este mecanismo? Primero, convierte la política en identidad. Ya no se trata de ideas, sino de pertenencia: “los míos” tienen razón; “los otros” no solo se equivocan, sino que representan una amenaza. Después, selecciona temas que tocan fibras emocionales profundas —religión, nación, valores, justicia— y elimina cualquier matiz. Todo se reduce a blanco o negro; el gris se percibe como debilidad o traición.
Para sostener este clima, el control del flujo de información es clave. Se refuerzan entornos donde cada uno solo escucha lo que ya cree (programas de televisión y redes sociales con personajes cada vez más extremos) Las noticias que perjudican al “enemigo” se aceptan sin comprobar, y las que incomodan al propio grupo se descartan o se ignoran. El lenguaje hace el resto: simplifica, exagera y señala. Mantener a la ciudadanía en alerta constante —indignada o temerosa— desplaza el análisis racional en favor de la reacción emocional.
Las tácticas se repiten: construir identidades excluyentes (“los verdaderos ciudadanos” frente a “los enemigos”), simplificar problemas complejos, apelar sistemáticamente al miedo o la ira, reforzar cámaras de eco, difundir información dudosa, deshumanizar al otro. También se premian los mensajes más extremos —porque generan más atención— y se invisibilizan las voces moderadas. El resultado es un espacio público donde el conflicto se amplifica y la complejidad desaparece.
Y, sin embargo, hay un dato incómodo para este relato: los más polarizados no son mayoría. Diversos estudios sociológicos dibujan una sociedad dividida en dos grandes bloques. Por un lado, la “mayoría exhausta” —alrededor del 65% al 75%—: personas con opiniones flexibles, cansadas de la confrontación y poco interesadas en convertir la política en identidad. Por otro, los “extremos dinámicos” —entre un 25% y un 35%—: minorías muy activas, con posiciones más rígidas y gran presencia en redes.
El grupo más polarizado hace mucho más ruido del que le correspondería por tamaño
Entonces, ¿por qué parece que todo está roto? Porque ese grupo más polarizado hace mucho más ruido del que le correspondería por tamaño. Genera la mayor parte del contenido, marca el tono de la conversación y alimenta una percepción distorsionada: tendemos a creer que el otro bando es mucho más extremo de lo que realmente es. Mientras tanto, la mayoría moderada se retira del debate para evitar conflictos. Es la conocida espiral del silencio: quien podría equilibrar la conversación decide no participar.
La paradoja es evidente. Una minoría ruidosa logra imponer su marco mientras la mayoría observa en silencio. No porque esté de acuerdo, sino porque está cansada.
La polarización se ha usado a lo largo de la historia. La novedad no es la polarización, sino su velocidad. Las redes, los algoritmos y ciertos medios han convertido una vieja herramienta en una maquinaria de amplificación permanente.
La clave está en darnos cuenta de cuándo, cómo y por quién estamos siendo polarizados. Ahí aparece, al menos, una posibilidad: decidir si queremos seguir jugando a ese juego o cambiar las reglas.
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