Stat crux dum volvitur orbis

Al Paso

valbuena ok bn
06 de mayo de 2026 a las 17:27h
Actualizado: 25 de mayo de 2026 a las 13:08h

Cuando llegué se me echó encima como un bandolero. O como un faro… Ya no recuerdo. Ya no recuerdo Cáceres sin ella. Tampoco. Está ahí, exactamente ahí… partiendo los caminos. Crucero: cruz de piedra que se coloca donde se cruzan los caminos. También encrucijada. La que hoy nos sale al paso: retirar la cruz o no retirarla. ¿Qué pensará, si es que piensa, la cruz de este guirigay?

Camino de Salamanca. De vuelta a Badajoz. Doblar la cruz era algo así como doblar el Cabo de Hornos. ¿Acaso una bendición? Qué diré yo que no ofenda a los que aguardan bandadas de ofensas a las que disparar. Alguna bendición al caminante había en ella. Hay. Hay aún en estos tiempos de otras gentes y de otras métricas. Nada es lo que era. De cuando la levantaron a hoy el mundo ha girado miles de veces sobre sí mismo: stat crux dum volvitur orbis. Eso proclamaban los cartujos en su silencio tenso de irás y no volverás; entre que sí y que no, a veces inmutable verdad, a veces incierto deseo. Aquí se han derribado cruces a manta. Y se han vuelto a levantar. Algunas. Aquí más de uno cuadra sus entendederas al ansia de derribarlas. Que si los unos, que si los otros… que si Franco. Que la guerra no acabó y que cuando quemamos al Cristo de Mena aún no había empezado. ¿Seguimos en guerra? Tal vez. Tal vez sí. Sí, seguimos. No nos gustan las cruces, ni las que levantó media España para honrar a sus muertos ni, en general, ninguna. Ya les metimos el dedo en el ojo con aquello de retirar todo símbolo que identificara aquella cruz con una derrota. La nuestra. La suya. El rencor del perdedor. La fiebre de reescribir la historia, de prohibir que alguien piense lo que tenga por conveniente cuando no concuerda con lo que nosotros pensamos. El franquismo no pudo sumar a sus muchos triunfos el de convertir a su fe a todos los españoles. A muchos sí, pero no a todos. Esa tendencia a prescribir la unanimidad por decreto parece habitar también en la tropa perdedora de ayer, la medio triunfante de hoy. Parece que ser socialista exige levantarse de vez en cuando con la cruz en el entrecejo; para derribarla, claro está. ¿Acaso debemos derribar los muchos monumentos que los socialistas han levantado a sus muertos en los últimos años? ¿Debemos borrar los nombres de sus caídos para que así, de una manera más o menos sincera, recuerden a los caídos de ambos bandos?

¿No podría cada cual honrar en paz a sus muertos? ¿No podríamos, incluso, haciendo un esfuerzo, honrar a todos al mismo tiempo y en el mismo lugar? ¿No podríamos desinfectarnos de odio?

En Orduña hay un monumento que recuerda el nombre los muertos en su prisión tras la guerra. Muchos de ellos eran extremeños. Ver sus nombres y el de sus terruños me provoca un hondo estremecimiento. En Orduña había un busto de Zumalacárregui; en su pedestal aparecían los nombres de los orduñeses caídos por Dios y por España. De joven, camino de Salamanca, paraba allí; a saludar al general y a tomar un caldo que tenía fama de levantar a los muertos. No se levantaron. Ni los unos ni los otros. Ni Iván Fandiño que era de Orduña y era, además de buen torero, buen pelotari. A Zumalacárregui hace ya más de veinte años lo bajaron de su pedestal y de sus muertos no se sabe qué se hizo. Ya no paro. Ni siquiera por el caldo. ¿Seguirán haciendo aquel caldo que aún recuerdo con melancolía? ¿Echamos abajo también el monumento a los extremeños allí muertos? ¿No podríamos vivir en paz? ¿No podría cada cual honrar en paz a sus muertos? ¿No podríamos, incluso, haciendo un esfuerzo, honrar a todos al mismo tiempo y en el mismo lugar? ¿No podríamos desinfectarnos de odio? ¿Les apetece un caldo?

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Fernando Valbuena
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