La sobrevaloración de la democracia

Cuánto pesa un megavatio

santiok ooooo

(Especialista en tecnología de infra de IA, semiconductores, mercados eléctricos, ingeniería, desarrollo, evaluación y financiamiento de proyectos de infraestructuras)

05 de noviembre de 2026 a las 08:40h
Actualizado: 05 de noviembre de 2026 a las 08:40h

El pasado 28 de octubre, el Real Madrid publicó un comunicado pidiendo disculpas al pueblo chino. El motivo: Kylian Mbappé, preguntado en una entrevista por su meme favorito, contó entre risas que era uno en el que su cara aparecía sobre el retrato de «un dictador chino». No dijo el nombre. No hacía falta. La televisión estatal china suspendió las retransmisiones de LaLiga, varias marcas cancelaron sus contratos con el jugador y la prensa oficialista exigió rectificación y castigo. En cuestión de días pidieron perdón el futbolista, la Liga y el club más laureado de Europa.

Conviene recordar de quién hablamos. Mao Zedong gobernó China desde 1949 hasta su muerte en 1976. Bajo su mando, el Gran Salto Adelante provocó la mayor hambruna de la historia documentada, con estimaciones que van de quince a cuarenta y cinco millones de muertos según el historiador que se consulte. Después vino la Revolución Cultural: persecuciones, campos de trabajo, humillaciones públicas, una generación entera arrasada. El propio Partido Comunista Chino, en su resolución de 1981, reconoció que aquella década fue un gravísimo error cuya responsabilidad principal recae en Mao. No es la opinión de un futbolista francés. Es historia, admitida en parte por los herederos del propio Mao.

Llamarle dictador no es un insulto; es una descripción. Lo grotesco es que una institución española, nacida y crecida en una sociedad libre, considere más urgente pedir disculpas por esa descripción que guardar un minuto de respeto por los millones de muertos que la justifican.

Sin embargo, el episodio dice algo más profundo, y es lo que da título a esta columna.

Llevamos décadas tratando la democracia como un fin en sí mismo, la palabra sagrada que todo lo legitima. No lo es. La democracia es un procedimiento: un modo de elegir quién manda y de echarlo sin derramar sangre. Es un buen procedimiento, probablemente el menos malo de los conocidos, pero un procedimiento al fin y al cabo. Los atenienses lo inventaron y lo vivieron con toda su grandeza y toda su miseria. La misma asamblea que levantó el Partenón votó la desastrosa expedición a Sicilia, se dejó arrastrar por demagogos y condenó a muerte a Sócrates por decir lo que pensaba. Platón y Tucídides, que la vieron de cerca, no salieron precisamente entusiasmados. Una democracia sin límites puede convertirse en otra forma de tiranía: la de la mayoría del momento.

Lo que de verdad ha funcionado, lo que ha sacado de la pobreza a cientos de millones de personas y nos ha permitido vivir con una dignidad que nuestros abuelos no conocieron, no es el voto en sí, sino la libertad. La libertad de expresarse, de comerciar, de emprender, de quedarse con lo que uno gana. La libertad de decir que un dictador es un dictador. Fareed Zakaria lo explicó hace años: hay democracias que votan con puntualidad y respetan poco o nada las libertades, y hay sociedades que fueron libres antes de ser plenamente democráticas. Lo esencial nunca fueron las urnas; fue el límite al poder.

La economía liberal tiene además una virtud que pocas veces se le reconoce: el capital necesita orden. Quien invierte a veinte años necesita reglas estables, contratos que se cumplan y jueces que no cambien de criterio según quién gobierne. Por eso, durante siglos, el dinero y el poder político firmaron un pacto tácito, tan poco edificante como eficaz: tú me dejas trabajar, ganar dinero y mejorar la vida de los míos, y yo te dejo mandar, mangonear y hasta llevarte algo, siempre que no te pases. No es un pacto bonito. Ha funcionado mucho mejor que todas las utopías que prometieron algo más hermoso.

Aquí está, precisamente, la lección del Real Madrid. Ese pacto solo funciona cuando la libertad está por encima del negocio. Cuando el negocio se pone por encima de la libertad, el capital ya no exige orden: se arrodilla ante quien lo impone. Un club español, en un país democrático, se ha disculpado ante un régimen de partido único porque alguien llamó dictador a un dictador. No lo ha hecho por convicción, sino por los derechos de televisión y los patrocinadores. Esa es la cara oscura del mismo mercado que defiendo: sin una libertad que lo ancle, el dinero acaba comprando hasta el silencio de los libres.

Por eso me preocupa menos cuántas veces votamos que cuánta libertad nos queda entre votación y votación. La democracia entendida como ritual está sobrevalorada. La libertad, en cambio, no admite rebaja. Mbappé solo se equivocó en una cosa: en pedir perdón.

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Sobre el autor

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Santiago Rodríguez Agúndez

Especialista en tecnología de infra de IA, semiconductores, mercados eléctricos, ingeniería, desarrollo, evaluación y financiamiento de proyectos de infraestructuras

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