El síndrome del photocall

Tribuna Abierta

Mayorgas BN
27 de marzo de 2026 a las 09:48h
Actualizado: 27 de marzo de 2026 a las 09:48h

Existe una extraña pulsión en el liderazgo contemporáneo que consiste en confundir el valor de mercado con el valor real. Es la tiranía del hype. Esa necesidad imperiosa de habitar el centro del foco, aunque el escenario esté ardiendo por los cuatro costados. Recientemente, la imagen de la vicepresidenta del Gobierno en la alfombra roja de los Oscars —envuelta en el glamour de lo accesorio— mientras los cimientos de su formación se resquebrajaban en las urnas de Castilla y León, no es solo una anécdota estética; es el síntoma definitivo de una política convertida en una startup de humo. 

Esta desconexión me recuerda inevitablemente a Napoleón III. A diferencia de su tío, que entendía el poder como una extensión de la logística y el mapa, "el pequeño" Luis Bonaparte se obsesionó con la escenografía del Segundo Imperio. Quiso convertir París en un escaparate de luces y bulevares mientras descuidaba las costuras estratégicas que, a la postre, se descosieron en Sedán. Como aquel emperador que prefería el aplauso de la corte al rigor de la cancillería, hoy vemos líderes que prefieren el "selfie" en Hollywood al barro de la meseta. La estética del éxito ha devorado a la ética de la responsabilidad. 

En el mundo de los negocios, este fenómeno tiene nombres y apellidos que hoy habitan en los juzgados o en el olvido. Es el síndrome del "Unicornio vacío". Personajes que, como Elizabeth Holmes en Theranos, logran convencer al mundo de que tienen la cura para todos los males basándose únicamente en un jersey de cuello alto negro y una mirada ensayada o Adam Neumann, el histriónico fundador de WeWork, que vendía la "elevación de la conciencia mundial". Pero mientras él acaparaba portadas como el nuevo mesías del capitalismo, la empresa perdía millones por minuto. 

Ambos eran, en esencia, un "bluff": una marca personal hipertrofiada escondiendo un balance de resultados desastroso. 

Es la tiranía en la que la expectativa es el producto. Se busca el reconocimiento lo más global posible porque la gestión doméstica no genera suficientes likes. 

El problema de vivir para la foto es que la realidad, terca y poco fotogénica, termina por pasar factura. Un partido político o una empresa no es una aplicación de móvil que se puede desinstalar cuando deja de ser tendencia; es una estructura que debe dar respuestas a personas de carne y hueso. Cuando el líder decide que su lugar está en la alfombra roja mientras sus votantes le dan la espalda en los colegios electorales, está firmando su propia liquidación por quiebra técnica. 

Al final, tanto en el Ibex como en el BOE, el protagonismo sin sustancia es pan para hoy y naufragio para mañana. Se puede engañar al algoritmo durante un tiempo, pero no se puede gobernar un país —ni una empresa— desde el narcisismo de escaparate. Como ocurrió con los grandes fraudes de Silicon Valley, llegará el día en que los votantes o los inversores pidamos ver el producto real. Y ese día, no habrá filtro de Instagram que logre ocultar el vacío de la gestión. 

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