Dentro del conjunto de riadas que amenazan con llevarnos a eso que en tiempos dio en llamarse finis hispaniae está la de Cataluña. Me refiero, como bien suponen, al separatismo catalán, pero también, tristemente, al creciente desapego entre españoles de una y otra orilla del Ebro. Viene esto a cuento de la vuelta, que se anuncia cercana, del prófugo por excelencia. Su vuelta nos recuerda algunos problemas graves para la convivencia que, barrunto, van a quedar aparcados sin solución. El más obvio que el golpista volverá y no será juzgado por lo que hizo, hechos por los que sus cómplices fueron juzgados, condenados y cumplieron pena. El máximo responsable de dar un golpe de estado en España se va de rositas con la connivencia del Gobierno. El otro problema grave es el propio presidente del Gobierno de España, ese que prometió traer preso al golpista y ponerlo a disposición de la Justicia, ese que, en un juego de malabares verbales, donde dijo digo dice Diego. Abominó de la amnistía y por arte de birlibirloque acaba adorándola. No mintió, cambió de opinión en cuanto cambiaron las circunstancias. A sus circunstancias, triste es tener que decirlo, debemos llamarlas simplemente sus conveniencias. Dos tipos nefastos que encarnan dos graves problemas pero, a mi juicio no tan graves como un tercero y fundamental sobre el que quisiera llamar su atención.
El interfecto de la Moncloa, al que siquiera nombrar esta mañana me causa tiricia, se vanagloria de los efectos balsámicos para la convivencia de su ley de amnistía. Es cierto. No negaré que, al menos, así lo parece. Sin embargo, hay que preguntarse cuál es el precio pagado. En calderilla la impunidad de un delincuente y la palabra de un gobernante. Calderilla, no más. Lo que no es calderilla es la permanente cesión ante las aspiraciones separatistas. La calma la hemos pagado con permanentes cesiones, algunas linderas con el desguace de la soberanía nacional y ya de muy difícil vuelta atrás. A reivindicaciones constantes, cesiones constantes, lo que viene a ser pan para hoy al precio de hambre para mañana. ¿Hasta cuándo este sistema perverso de entender la convivencia entre españoles? Gana o pierda las elecciones el socialismo, deja gusanos en la fruta. En la fruta de la convivencia. Este río lleva al mar. Son ya cincuenta años río abajo, el cauce crecido, sin que las aguas recuerden de dónde vienen y oteándose ya el mar. Irremediablemente. Irremediablemente porque ya no hay más que dar, porque ya no quedan conejos en la chistera. El prófugo volverá y ya no será otra cosa que el símbolo sucio de la decadencia nacional y, como en el 98, del pesimismo nacional.
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