Silencio

Agua de mar

Mar Gómez Fornés.
28 de enero de 2026 a las 21:08h
Actualizado: 28 de enero de 2026 a las 21:08h

Si el aire libre permite respirar, el silencio permite pensar. Pero no pensar cualquier cosa sino un pensamiento independiente nacido de la verdadera quietud. Ivan Illichi describió el silencio como un bien común amenazado.

El pasado viernes 23 de enero vio la luz mi segundo libro de poemas Ierburi, hierba; desde entonces vivo en esa nube poética que dejan los grandes momentos y desde entonces me apetece menos, al menos por esta semana, hablar de política o cualquier cosa que no tenga como objetivo ensanchar o suavizar la mirada.

La melodía del mundo no es la que emiten los boletines de noticias, existe un eco más deslumbrante que no escuchamos a fuerza de haber puesto el oído en el silbato de la política. Sin embargo ahí está el sonido que producen los correlimos, una maravilla auditiva según el escritor Robert Mcfarlane. Los correlimos son aves rechonchas que surcan el cielo de forma sincronizada, de tal forma que el aleteo de sus alas emite microtonos y timbres, un concierto parecido a cualquier sinfonía de Beethoven.

El mapa de las maravillas está delante de nosotros, la música de las esferas, las auroras boreales, el golpe amortiguado de un copo de nieve. La escritora Heidi Julavits comparaba el sonido de la lava de un volcán con un estómago en plena digestión.

El trueno es aire que explota. Su estallido está en el rango de los dos mil hercios.

Escribir poesía me ha enseñado que podemos escuchar un arcoiris, que es agua cayendo. El pintor Kandinski llegó a ver colores mientras escuchaba música. Al dibujarse en el horizonte, el arcoiris genera sonidos blancos y rosas; hay que prestar mucha atención pero jamás ir corriendo hasta él, pues al llegar comprobaremos que allí no hay nada; es tan sólo la refracción de la luz.

Nuestros oídos son como pequeños caracoles, sus conchas se asemejan a nuestra cóclea; de tal forma que los zumbido del mundo llegan hasta el kilo y medio de gelatina temblorosa confinada en las endurecidas cáscaras de nuez que son nuestros dos oídos. Nuestras orejas tiene picos y valles por donde el sonido del mundo se esconde o expande.

El mundo habla, grita y canta para nosotros pero ni siquiera hemos aprendido a escuchar a los árboles. Mi libro, Hierba, nació de escuchar la maravilla, el latido en las venas de la hierba, el chasquido de la savia. Así percibí que algunas flores oyen, la onagra por ejemplo se estremece ante el zumbido de una abeja. Si alguien quiere escuchar esta cosmofonía primero debe poner en pausa la musicoterapia de la corrupción. Tal fue la clarividencia de George Eliot al decir que “hasta el más perceptivo de nosotros, camina por el mundo bien protegido por la estupidez”.

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Sobre el autor

Mar Gómez Fornés.
Mar Gómez Fornés

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