Ser de izquierdas y antiabortista

Contradicciones

Elvira bn

(Periodista)

17 de abril de 2026 a las 08:24h
Actualizado: 17 de abril de 2026 a las 08:24h

A estas alturas, decir que se puede ser de izquierdas y estar en contra del aborto basta para que te retiren el carnet de «compañera». No hace falta citar a ningún teólogo: es suficiente con admitir que existe un conflicto moral para que te coloquen al otro lado de la trinchera. La consigna es simple: una verdadera mujer de izquierdas debe defender el aborto como un derecho incuestionable, limpio y sin fisuras. Quien duda, reza; quien matiza, traiciona.

Sin embargo, la tradición de la izquierda no nació adorando el deseo individual, sino defendiendo a los vulnerables frente a los poderes que los descartaban. Jean Jaurès hablaba de la «santidad de la vida» obrera como una cuestión de justicia, no de catecismo. Y muchas feministas históricas entendían el aborto, ante todo, como un fracaso social: la evidencia de que la mujer seguía sola, sin apoyo material ni comunitario. Convertirlo hoy en símbolo de emancipación —como si el contexto económico, la precariedad o la violencia estructural no pesaran sobre esa decisión— resulta de una comodidad casi obscena.

Ser antiabortista desde la izquierda no es pedir persecuciones ni culpas eternas. Es negarse a aceptar que la única respuesta del sistema ante un embarazo no deseado sea eliminar al más débil y seguir como si nada. Es preguntar dónde están las políticas de apoyo real, la vivienda, los salarios dignos, la corresponsabilidad y los servicios públicos que permitan a una mujer no tener que elegir entre su vida y la de quien lleva dentro. Es decir en voz alta que llamar «libertad» a una elección forzada por la miseria o el abandono es, como mínimo, una estafa semántica.

Rosa Luxemburgo recordaba que la libertad es siempre la libertad de quien piensa distinto. Aplicada al aborto, esa frase parece intolerable para cierta izquierda contemporánea. Porque sí, se puede ser de izquierdas y antiabortista. Se puede creer que la justicia social empieza en el vientre y que una política decente no se construye sobre vidas descartables. Lo que no se puede es convertir un tema tan grave en un dogma de identidad, ni expulsar del debate a quienes se niegan a aplaudir, en nombre del progreso, aquello que huele demasiado a derrota colectiva.

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Elvira Galvache

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