Voy a la ferretería de mi calle desde niña. Allí aprendí que un tornillo tiene nombre y apellido, que una arandela puede salvar un grifo y que hay quien es capaz de encontrar una pieza diminuta entre doscientos cajones sin mirar la etiqueta. El dueño sigue detrás del mostrador, con el lápiz en la oreja y la paciencia intacta. Los cajones, en cambio, están cada vez más vacíos.
El sábado fui con el cartucho viejo del grifo de la cocina a por uno igual. Él lo miró, le dio la vuelta y negó con la cabeza. «Esto ya no lo traigo. Ahora lo pide todo el mundo por internet y a mí no me sale a cuenta». Me lo dijo sin rencor, con la resignación de quien ha repetido la frase muchas veces esta semana.
Salí a la acera, saqué el móvil y lo pedí. Me bastó con hacerle una foto. Lo encontré en menos tiempo del que Mariano había tardado en darle la vuelta. Envío gratuito, entrega en cuarenta y ocho horas. Pulsé «confirmar» con su escaparate todavía a mi espalda.
Yo defiendo el comercio de barrio. Lo defiendo en las sobremesas, en los grupos de mensajes y en esta misma columna. Me indigna cada cartel de «Se traspasa», cada persiana que ya no sube, cada calle que se queda con farolas y sin gente. Y luego, a las once de la noche y en pijama, compro unas zapatillas, un cargador y un libro que podría haber encargado en la librería de la esquina.
No pienso hacer de mártir. El comercio que añoro cerraba a las dos, no tenía mi talla y a veces me atendía como si le hiciera perder la mañana. La librería de la esquina tardaba tres semanas en traer cualquier cosa y la entregaba como quien hace un favor. Hay tiendas que se rindieron antes de pelear. El ferretero, sin ir más lejos, ni siquiera me ofreció encargármelo.
Pero ninguna de esas razones me sirve en la acera, con el teléfono en la mano. Sé lo que viene. La próxima vez entraré a por otra pieza y encontraré otro cajón vacío. Él me pedirá perdón, como si la culpa fuera suya. La siguiente, sacaré el móvil sin cruzar la puerta. Y un día el cartel habrá un cartel de Se traspasa en la cristalera, y yo escribiré una columna lamentándolo.
La pescadilla se muerde la cola, y yo tengo la boca llena.
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