Lo escribo así, sin rodeos, porque ya está bien de que nos dicten el catecismo desde trincheras que no pagan recibos de la luz ni viven en comarcas que se juegan su futuro en un informe técnico. En torno a Almaraz se ha repetido el mismo reflejo de siempre: si apoyas la continuidad, eres poco menos que un traidor climático; si la cuestionas, eres un irresponsable con la economía local. Y, sin embargo, hay un lugar incómodo —por tanto, interesante— en el que ambas cosas pueden dialogar.
Ser de izquierdas, al menos como a algunas nos explicaron, tiene que ver con tres cosas muy concretas: soberanía, empleo digno y protección de los vulnerables. La energía nuclear, en una región como Extremadura, toca las tres. Hablar de autoabastecimiento no es un capricho tecnócrata; es preguntarse quién controla el interruptor. Y cada vez que Europa tose, nosotros recordamos lo caro que sale depender de decisiones que se toman a miles de kilómetros. La soberanía energética no es una consigna épica: es la diferencia entre poder planificar un país o resignarse a sobrevivirlo.
Luego están los puestos de trabajo. Es curioso: hay quien defiende el cierre de Almaraz en nombre de un futuro verde que, de momento, llega con contratos precarios y promesas en power point. Mientras tanto, en la comarca de Campo Arañuelo hay empleo cualificado, industria asociada, familias enteras organizando su vida alrededor de un sueldo que no depende de campañas ni de ocurrencias. No se trata de encadenarse para siempre a una central; se trata de que la transición energética no vuelva a ser la excusa elegante para desindustrializar territorios que ya saben lo que es el abandono.
Defender la continuidad de Almaraz no puede hacerse con el argumentario de las eléctricas, pero tampoco con la liturgia de quien habla de paneles solares como otros hablaban de milagros
Y sí, hay riesgos. Ser de izquierdas también implica mirarlos de frente: exigir controles estrictos, transparencia real, planes de emergencia actualizados, participación ciudadana que no se limite a una rueda de prensa. Defender la continuidad de Almaraz no puede hacerse con el argumentario de las eléctricas, pero tampoco con la liturgia de quien habla de paneles solares como otros hablaban de milagros. La ecología, si es social, tendrá que empezar a contar también los empleos, los trayectos del autobús comarcal y las hipotecas.
La izquierda se equivoca cuando confunde pureza con política. No hay pureza en decirle a una comarca que cierre hoy y ya veremos mañana. Tampoco en repetir consignas importadas que ignoran la geografía y la realidad material de Extremadura. Se puede ser de izquierdas y defender la energía nuclear como herramienta de soberanía, de empleo y de respeto a la gente que vive donde otros sólo vienen a hacerse fotos. Al fin y al cabo, de eso iba, o debería ir, estar en la izquierda: de no dejar a nadie a oscuras.
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