Se puede ser humanitario y querer una inmigración legal y ordenada

Contradicciones

Elvira bn

(Periodista)

30 de julio de 2026 a las 23:42h
Actualizado: 30 de julio de 2026 a las 23:42h

No son posturas contrapuestas, sino dos caras de la misma moneda: la de una política migratoria que cuida a las personas y, al mismo tiempo, pone orden y seguridad jurídica.

El humanitarismo no es sinónimo de desorden. Consiste en reconocer la dignidad de toda persona, proteger sus derechos y atender sus necesidades, especialmente en situaciones de vulnerabilidad. En España, el sistema de acogida diferencia entre atención humanitaria de primera llegada y procesos de integración para solicitantes de protección internacional, lo que demuestra que el enfoque humanitario y el marco normativo pueden convivir en la misma política pública.

Querer una inmigración legal y ordenada no implica cerrar fronteras ni desatender dramas humanos. Implica, precisamente, evitar que las personas se vean obligadas a jugarse la vida en rutas irregulares controladas por mafias. Implica también que quienes lleguen sean tratados con garantías, con procedimientos claros y con oportunidades reales de integración.

La inmigración irregular suele presentarse como “la única opción” para muchas personas, pero en realidad es la consecuencia de canales legales insuficientes, lentos o inaccesibles. Blindar las fronteras sin ofrecer alternativas empuja a la irregularidad y a la explotación laboral. Por el contrario, reforzar vías legales —contingentes por sectores, reagrupación familiar, visados de búsqueda de empleo, mecanismos de protección temporal— permite que la migración sea una elección y no una huida desesperada.

Querer una inmigración legal y ordenada no implica cerrar fronteras ni desatender dramas humanos

Extremadura, con su historia de emigración y su experiencia reciente en acogida, conoce bien esta realidad. La región ha visto cómo políticas que combinan atención humanitaria y ordenación de flujos han permitido integrar a personas en el mundo rural, en la agricultura o en los cuidados, generando cohesión social y dinamismo económico.

La polarización del debate migratorio alimenta la idea de que solo hay dos bandos: los que “abren las fronteras” y los que “cierran el grifo”. Esta simplificación oculta que la mayoría de la ciudadanía y de las instituciones desea ambas cosas: compasión y norma, acogida y control, solidaridad y seguridad jurídica.

Ser humanitario también es exigir que las personas migrantes no sean instrumentalizadas políticamente, ni tratadas como moneda de cambio entre Estados. Es reclamar que los acuerdos de externalización de fronteras no deriven en vulneraciones de derechos, como han denunciado organizaciones como Human Rights Watch.

Una política migratoria madura no renuncia a la compasión ni al orden. Reconoce que la migración es un fenómeno estructural, necesario en sociedades que envejecen y que dependen de nueva población para sostener servicios y tejido productivo. Y apuesta por gestionarla con responsabilidad: con canales legales suficientes, con procedimientos ágiles, con lucha contra la explotación y con políticas de integración que incluyan vivienda, empleo, educación y participación social.

Se puede ser humanitario y querer una inmigración legal y ordenada. De hecho, solo así el humanitarismo deja de ser gesto y se convierte en política efectiva.

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