El feminismo ha defendido durante décadas una idea muy sencilla: que las mujeres son capaces de decidir por sí mismas. Sobre su maternidad, su sexualidad, su forma de vivir. Que nadie debe sustituir su criterio por el suyo propio.
Hasta que aparece la prostitución.
Entonces algunas feministas sostienen que ninguna mujer puede elegir libremente que quiere ejercerla. Que las circunstancias la empujan, que la necesidad económica la condiciona, que en una sociedad ideal nadie lo haría. Y puede que tengan razón en parte. También hay quien acepta trabajos duros, precarios o desagradables porque necesita el dinero. La vida está llena de decisiones condicionadas.
La pregunta es otra: ¿quién decide cuándo una mujer está siendo suficientemente libre para que su elección sea respetada?
Porque una cosa es denunciar la trata, la explotación o la violencia, y otra muy distinta negar que existan mujeres adultas capaces de tomar decisiones que no compartimos. Defender la prostitución voluntaria no significa ignorar sus riesgos. Significa reconocer que prohibir una elección no es la única forma de proteger a quien la toma.
El feminismo nació para ampliar la libertad de las mujeres, no para decidir por ellas cuáles de sus decisiones son aceptables. Y ahí está la contradicción que algunas prefieren no mirar.
Se puede ser feminista y defender la prostitución. Precisamente porque se cree que las mujeres son dueñas de su vida, también cuando hacen algo que a otros les incomoda.
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