Hay una conversación que quienes se consideran personas con criterio cultural llevan años evitando. La que explica por qué el sábado por la tarde, después de cerrar un ensayo sobre estética contemporánea, una se sienta en el sofá y ve Los Bridgerton durante cuatro horas seguidas.
Sin culpa. Sin penitencia posterior.
Los Bridgerton es, técnicamente, un disparate. La Inglaterra victoriana que muestra no existió nunca. Los duques y reyes negros son un anacronismo deliberado. La música de Ariana Grande remasterizada para cuarteto de cuerda es una bofetada al rigor histórico. La agenda ideológica está cosida a la trama con hilo tan grueso que se puede agarrar con los dedos. Todo eso es verdad. Y una lo ve igual, y lo disfruta, y al día siguiente sigue siendo la misma persona que era antes de encender la pantalla.
El problema no es Los Bridgerton. El problema es la clasificación.
Hemos construido una jerarquía cultural que funciona exactamente igual que las jerarquías políticas que tanto criticamos: coloca los consumos en dos columnas, los que elevan y los que degradan, y exige que sepas en cuál vives. El museo en una columna. La plataforma de streaming en la otra. El ensayo filosófico aquí. La serie de época con corsés y galanes allá. Y quien cruza la línea debe justificarse, como si el placer sin esfuerzo fuera una forma menor de traición intelectual.
Esa clasificación no resiste el menor análisis.
Tener criterio no significa consumir únicamente lo que puede defenderse en una conversación de sobremesa culta. Significa saber lo que estás viendo mientras lo ves. Yo sé lo que esa serie tiene de construcción ideológica, de producto de mercado, de ficción diseñada para que el tiempo pase sin rozar nada. Lo veo mientras la veo. Y lo disfruto de todas formas. Eso no es contradicción. Es precisamente la diferencia entre quien tiene criterio y quien solo tiene pose: el criterio no se apaga cuando una descansa. La pose necesita audiencia permanente para existir.
Lo incómodo no es admitir que ves Los Bridgerton. Lo incómodo es que quien lo ve y quien no lo ve pueden ser exactamente la misma persona, en días distintos, con la misma biblioteca detrás. Una tarde de Rothko y una tarde de corsés y galanes. Las dos reales. Las dos mías. Y ninguna cancela a la otra, por mucho que la jerarquía insista en que debería.
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