SE PUEDE ser creyente y no perdonar a la Iglesia

Contradicciones

Elvira bn

(Periodista)

30 de abril de 2026 a las 08:52h
Actualizado: 30 de abril de 2026 a las 08:52h

Puedes ir a misa los domingos, rezar el Padrenuestro sin tropezar, comulgar en silencio y, al mismo tiempo, guardar en un rincón del alma un rencor que no estás dispuest@ a santificar con el perdón. Puedes creer en Dios y no perdonar a la Iglesia. Y resulta difícil sostener lo contrario sin caer en una contradicción incómoda. 

La Iglesia lleva años pidiendo perdón. Lo ha hecho en comunicados, en gestos, en discursos. Por los abusos, por el silencio, por quienes vulneraron vidas, por las mujeres silenciadas, por los niños rotos, por la verdad que nunca se contó, por los despachos que se cerraron con un sigilo de confesionario. Dice: “lo siento, intentaremos hacerlo mejor”. Y tú asientes, con la cabeza gacha, mientras algo dentro de ti se cierra con llave. Porque el perdón no es un trámite litúrgico. No se dice en tres segundos entre el “perdóname, Señor” y la absolución. El perdón es un proceso. Un dolor que se trabaja. Un duelo que no se puede acelerar con un acta de la Conferencia Episcopal. 

Muchos creyentes cargan con una culpa doble: la del daño recibido y la de no ser capaces de perdonar. Como si no perdonar fuera otra forma de pecado, otra mancha en el alma. Pero el perdón no es obligatorio. No es un mandamiento que puedas cumplir con un “ya está, perdoné”. El perdón, para ser verdadero, solo puede ser libre; si se impone, deja de ser perdón y se convierte en otra forma de presión. La Iglesia, que tanto habla de misericordia, a veces actúa como si el perdón fuera una moneda de cambio: tú me das el perdón, yo te doy la paz. 

No perdonar a la Iglesia no significa renunciar a Dios. Significa reconocer que la institución ha fallado, que ha traicionado su propio Evangelio, que ha protegido a los suyos antes que a los heridos. Significa que no estás dispuest@ a apretar el botón de la reconciliación solo para que el discurso sea limpio, para que la foto salga bien en la crónica dominical. Significa que prefieres la verdad incómoda a la paz fingida. 

No es una idea nueva. Ya lo formuló con claridad Dorothy Day: “No puedo dejar de amar a la Iglesia porque la amo demasiado para callar lo que hace mal”. Eso es ser creyente y no perdonar: amar lo suficiente como para no engañarse. Para no fingir que el dolor no existe. Para no convertir el perdón en una fórmula mágica que borra la historia. 

Así que sí, se puede ser creyente y no perdonar a la Iglesia. Se puede ir a misa con el corazón pesado, con un silencio hiriente en la garganta, con la certeza de que Dios no es la institución que te ha dolido. Se puede creer en Dios y seguir diciendo, en voz baja: “no he perdonado, y no voy a perdonar hasta que no haya verdad, reparación y justicia”. 

Y eso no es falta de fe. Es, quizá, la forma más exigente de creer.

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Elvira Galvache

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