Sobre la mesa de la cocina de mi amiga Cinthia hay tres folletos de colegio. Ninguno es el del barrio. Cinthia ha votado toda su vida a partidos que prometen blindar la enseñanza pública, ha firmado manifiestos contra los recortes y se emociona cuando cuenta que su padre salió del campo gracias a un maestro de escuela. En marzo, cuando se abra el plazo, matriculará a su hija en un centro donde los profesores son bilingües y las clases no pasan de veinte alumnos. Lo sabe. Yo lo sé. No hace falta que lo comentemos.
La contradicción no está donde la colocan las tertulias, entre lo público y lo privado. Está entre lo que una defiende en voz alta y lo que termina firmando en un impreso. Nadie entrega a un hijo en sacrificio a una idea, ni siquiera a una idea justa. Los principios se sostienen en plural —la escuela que igualó oportunidades, el ascensor social que permitió a tantos hijos vivir mejor que sus padres—, pero las decisiones se toman siempre en singular, con un nombre, unos apellidos y una fecha de nacimiento. Se puede creer sinceramente en un sistema y, aun así, pensar que, para tu hija, hoy existe una opción mejor.
Hay además una expresión que conviene mirar de cerca: «el mejor colegio». Parece una afirmación objetiva, casi técnica. Pero pocas veces lo es; a veces hablamos del proyecto educativo, sí. Otras hablamos del horario, de la cercanía, del comedor o de la atención a un niño con necesidades específicas. Y, en ocasiones, también hablamos del entorno, de las familias, de los compañeros. De ese ecosistema invisible que rodea un aula y que nunca aparece en los folletos. Elegimos muchas más cosas que un plan de estudios, aunque nos cueste reconocerlo.
Conviene además bajar el tono, porque ésta es una discusión profundamente urbana. En muchos pueblos de Extremadura no hay tres folletos sobre la mesa. Hay un colegio. Un autobús que sale a las ocho de la mañana. Una maestra que atiende varios cursos a la vez y sabe perfectamente qué niño llega sin desayunar. Allí la libertad de elección no existe; existe el agradecimiento. La posibilidad de escoger, como tantas otras libertades, sólo aparece cuando hay alternativas. Hablar de ella desde una ciudad tiene algo de discutir sobre el color de las velas mientras otros siguen esperando que llegue el barco.
Si mañana tuviera que rellenar yo ese impreso, tampoco juraría que mi mano fuese más firme que la de Cinthia. Entiendo su decisión. Probablemente también la compartiría. Lo que me inquieta no es lo que hace una familia, es lo que ocurre cuando lo hacen miles.
Porque ninguna de esas decisiones se toma contra la escuela pública. Todas se toman a favor de un niño concreto. Ninguna pretende debilitar el sistema. Todas buscan proteger a alguien a quien se quiere más que a cualquier principio. Y, sin embargo, la suma produce un efecto que nadie deseaba al principio del camino.
Quizá ésa sea la contradicción más difícil de aceptar: las grandes instituciones rara vez se rompen por una traición. Se desgastan por miles de excepciones razonables. Los sistemas no se derriban. Se desalojan.
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