Que se calle, por favor

Contradicciones

Elvira bn

(Periodista)

16 de octubre de 2026 a las 11:05h
Actualizado: 16 de octubre de 2026 a las 11:05h

Se puede defender la libertad de expresión con la misma convicción con la que se pide, en voz baja y con cara de circunstancias, que alguien deje ya de hablar.

Me pasa con frecuencia. Leo una opinión torpe, injusta o directamente insufrible y pienso: «¿Con qué derecho dice eso?». Y al segundo me corrijo: «Con el mismo que tengo yo para decir que me parece un disparate».

Ahí está la incomodidad de la libertad de expresión: ampara lo que pensamos nosotros y obliga a aguantar lo que piensan los demás. Cada cual tiene su límite. Para unos está en el insulto; para otros, en la burla; para algunos, basta con que alguien piense distinto para que ya esté atacando. Defendemos la libertad de expresión hasta que la ejerce alguien que nos molesta.

A mí me pasa hasta en la mesa. Alguien suelta una idea que me parece un despropósito y siento la tentación de decirle que se calle, que no sabe de lo que habla, que mejor se dedica a otra cosa. Pero a mí también me han querido callar alguna vez, y no me gustó nada. Así que respiro, aguanto y contesto. O intento contestar.

Querer que alguien se calle es humano y casi siempre inofensivo. Deja de serlo cuando el deseo encuentra un mecanismo: el veto, el boicot, la campaña para que lo echen del trabajo. Hasta ahí, un suspiro; desde ahí, un problema.

Discutir cansa más que callar al otro. A cambio, no me quedo a solas con mis certezas, que suelen ser las más aburridas del mundo.

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Elvira Galvache

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