Un fenómeno de mecánica celeste, previsible al segundo desde hace siglos e indiferente por completo a nosotros, se convierte en el acontecimiento del verano. Yuval Noah Harari lleva tres libros explicando por qué
Esta tarde, cuando el sol ya declina hacia el horizonte, la sombra de la Luna rozará la Península de noroeste a sureste y, durante poco más de un minuto, hará de noche en pleno día sobre una franja de apenas trescientos kilómetros. Es el primer eclipse total visible desde la España peninsular desde 1905: ciento veintiún años de espera para dos minutos de penumbra. Y el país se ha comportado en consecuencia. Pueblos del norte agotados, carreteras que se anuncian colapsadas, cazadores de eclipses llegados de medio mundo, hospitales que refuerzan sus servicios de oftalmología y media docena de modelos de gafas retirados a toda prisa del mercado por riesgo de quemar la retina. Un fenómeno que la mecánica newtoniana predice al segundo se ha convertido en asunto de Estado emocional.
Lo que me impacta no es el eclipse. Somos nosotros. Es la disposición de una parte nada pequeña de la humanidad a jugarse una lesión ocular irreversible —la retina se quema sin dolor y sin aviso, y las consecuencias llegan horas después— por participar en algo que, físicamente, no nos necesita para nada. Aquí conviene dejar de mirar al cielo y abrir a Yuval Noah Harari, porque lleva tres libros describiendo exactamente esta escena.
La tesis de Sapiens es conocida: si nuestra especie conquistó el planeta no fue por fuerza ni por una inteligencia individual superior, sino por una capacidad singular para tejer relatos compartidos y coordinarse en masa alrededor de ellos. Dioses, naciones, dinero, derechos: ficciones eficaces que permiten cooperar a millones de desconocidos. Y pocos disparadores de relato colectivo son tan antiguos como un sol que se apaga. Durante casi toda nuestra historia el eclipse fue un dragón devorando el astro, un presagio, una deuda que los cielos venían a cobrar. El dato antropológico que Harari subraya es incómodo: no somos el animal que comprende los fenómenos, somos el animal que no sabe dejarlos en bruto. Necesitamos envolverlos en historia. Hoy el dragón se llama «experiencia única» y «acontecimiento del siglo», pero el reflejo es idéntico.
El segundo Harari, el de la biología evolutiva, añade la vuelta de tuerca. Nuestros instintos se calibraron en el Pleistoceno, para bandas pequeñas en la sabana, y siguen disparándose en un entorno para el que no fueron diseñados. La pulsión de congregarse, de mirar juntos lo anómalo, de pertenecer a la multitud, es maquinaria adaptativa funcionando fuera de su contexto. Y hay una ironía exquisita en el peligro concreto: lo que quema la retina no es el eclipse, es que durante unos minutos el sol deja de doler al mirarlo. La ocultación desarma el reflejo de parpadeo, esa salvaguarda que la evolución nos regaló precisamente para que ningún antepasado se quedara ciego contemplando el mediodía. El eclipse apaga la alarma que nos protegía. Nos devuelve, por dos minutos, a una imprudencia que la especie nunca se pudo permitir.
Y aquí entra el Harari más reciente, el de Nexus. Su argumento es que las redes de información humanas son extraordinariamente buenas creando orden y consenso, y extraordinariamente malas rastreando la verdad. Una red puede propagar una historia con eficiencia perfecta sin que esa historia sea cierta. Véase el mercadillo de las gafas: modelos retirados por tener el filtro tan oscuro que empujaba al usuario a asomarse por el borde justo hacia el sol; falsificaciones con un «CE» suelto y sin la norma ISO que de verdad protege; precios sospechosos y vendedores anónimos que la multitud, entusiasmada, no se detuvo a cuestionar. La «estupidez» que a tantos indigna estos días no es idiotez individual. Es una propiedad estructural de una especie narradora en una economía de la atención: confiamos antes en el fervor compartido que en la letra pequeña del estándar. La misma máquina cognitiva que nos une en el relato nos hace crédulos.
Queda, sin embargo, una capa que no negocia con nosotros. El eclipse no nos debe nada, y su reloj no atiende a nuestros relatos: ni el antiguo que temía al dragón ni el turista que lo fotografía alteran un solo segundo de la efemérides. La mecánica celeste es el único estrato que ninguna narrativa toca. Conviene recordar que el 29 de mayo de 1919, aprovechando otro sol tapado, Arthur Eddington midió cómo la gravedad curvaba la luz de las estrellas y confirmó a Einstein. Es la parábola completa de nuestra especie en un solo fenómeno: el mismo sol que unos leyeron como dragón, otros lo usaron para verificar la relatividad general. Del mito a la medida. Ninguna de las dos lecturas movió un ápice la órbita de la Luna.
Extremadura, como casi siempre, verá pasar la totalidad por el norte y se quedará con un eclipse parcial, contemplando el gran acontecimiento desde el margen. Quizá no sea mala posición. Desde el margen se ve mejor la otra escena: la multitud mirando al sol. Y en ese vértigo colectivo late el mismo Sapiens que pintó Altamira y que dentro de muy poco drapeará idénticas mitologías sobre la inteligencia artificial —Harari, no por casualidad, hizo ese mismo viaje, del asombro por nuestro pasado a la advertencia sobre nuestras máquinas—. El eclipse durará dos minutos. El instinto que nos hace mirar lleva trescientos mil años encendido. Y las gafas, si son de verdad, cuestan un euro con cuarenta y nueve. Protegernos de nosotros mismos, casi siempre, cuesta asombrosamente poco.
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