Mi madre envolvió con un paño de algodón la fotografía de matrimonio que les tomó Pozal a sus abuelos en la calçada da Estrela, esquina con Borges Carneiro, antes de llegar a la calle del diputado Almeida Brandão y el palacio de São Bento. Aquella tarde salieron de paseo por el jardín de las francesitas hasta el cementerio de los ingleses, y después oirían misa en la basílica de la freguesía de Lapa. En la Estrella adoran al Sagrado Corazón de Jesús. Ocho años más tarde, Alfonso XIII consagró España a Él en nombre del pueblo, el 30 de mayo de 1919, desde el Cerro de los Ángeles y por consejo de su confesor jesuita. Ya por aquel año, mis antepasados se habían mudado a Badajoz. Antonio Salazar hizo lo mismo cincuenta años después, consagrándole el templo al Cristo Rey que levantó en Almada como agradecimiento a la neutralidad durante la segunda guerra mundial. En la primera, mientras España rezaba, discutía y Badajoz desarrollaba un fecundo comercio de coloniales con el país vecino, nueve mil soldados del Cuerpo Expedicionario murieron en la batalla de Lys, frente de Verdún, cavando trincheras como esclavos para el ejército inglés que nunca los quiso por allí. El gobierno de la coalición União Sagrada, que comandaba el demócrata Afonso Costa se sintió con obligación de auxiliar a su hermana, la República francesa. Aquello fue definitivo para que mis bisabuelos se refugiaran aquí, en Badajoz.
La Iglesia de la Estrella, con gran cúpula de mármol rosa, gris y amarillo, se levantó desde un antiguo convento de carmelitas, São Bento da Saúde. Llegó a ser hospital militar para las tropas auxiliares británicas tras el golpe de Estado del general Oscar de Fragoso Carmona, que puso fin al desgobierno de la vieja república por vía soez. La reina María la mandó reconstruir después del terremoto para cumplir su promesa con el Corazón de Jesús si lograba concebir un heredero varón. El vástago no llegó a verla terminada porque murió de viruela con solo dos años y María, primogénita del rey José de Braganza, casada con su tío Pedro, tuvo que engendrar cinco hijos más hasta encontrar varón para romper con el maleficio que un fraile, que pedía limosna para los pobres, dirigió a João IV, que no habría varón Bragança para sucederle en el trono.
Igualmente, el vientre de mi bisabuela Ana Almeida gestaba una niña, Natalia. Un barbero de Burguillos del Cerro, Nicolás, la conoció cinco años antes. Había llegado a la estación de Santa Apolonia tras servir a la patria en dieciocho meses de milicia. La inauguró el rey Luis I, obsesionado con habilitar Lisboa como puerta del Atlántico para el resto de Europa. Pensaba que, igual que la aristocracia europea pasaba largas estancias en los balnearios del norte, Brasil podría acogerles con enormes cruceros que zarparían desde el Cais de Sodré. Hasta entonces, los primeros trenes sólo cargaban ahí la tropa y la desembarcaban en Carregado, cerca de Vila Franca de Xira. En su cabeza real, este amante de los océanos y de mujeres de mal vivir, que hablaba con las estrellas, diseñó la Diagonal Continental que enlazaría la capital lusa del Tajo con Madrid, París y Berlín. Reconvertía así la ruta comercial ultramarina en viajes de placer para que la incipiente burguesía emparentase a sus jóvenes herederos con la decrépita nobleza.
Primero sería el tren -pensó- luego el puerto metropolitano. La línea Lisboa-Badajoz se convirtió desde el 20 de septiembre de 1863 en el primer enlace internacional del reino de España, siete meses antes que el tren del Bidasoa atravesara la frontera francesa, desde Irún a Hendaya. Estuvo retenido en Elvas desde el 31 de mayo por los celos e incompetencia. El ingeniero español, José de Salamanca, se pasó al reino luso, harto de conflictos alternos entre el ministro de Fomento, Francisco Luján, de Castuera, y su subalterno, el director cacereño de obras públicas, Cipriano Segundo Montesinos, por la definición del trayecto a Madrid: el primero, por Almorchón, para que cargaran los corderos; el segundo por Valencia de Alcántara, para la ternera. La controversia se enquistó como un pelo de barba que emponzoña la piel hasta que el Gobernador de Badajoz ordenó montar los cuatro raíles en las vías, que impedían conectar los seis kilómetros ausentes hasta allí. Esa vez el Estado se impuso a las compañías y el 18 de julio del siguiente año se inauguró el tramo entre Badajoz y Mérida; hasta el obispo de la diócesis bendijo la locomotora que recorría por primera vez el otrora romano camino Antonino.
En la cabeza del Rey Luis de Bragança siempre estuvo socavar en los bajos de la Plaza de Comercio (Terreiro do Paço) y albergar una gran estación subterránea que abandonara el doble uso: para mercancías al lado del río; y los pasajeros ahí, como estación central de Lisboa, pero nunca encontró dinero para satisfacer su ensueño. La hacienda lusa estaba ya en manos de las compañías inglesas. Con el tiempo y la necesidad, Santa Apolonia se convertiría en la estación principal, la de los viajes largos hacia Badajoz, Madrid, París y Oporto. El antiguo muelle fluvial de Sodré se ocupó de las rutas de cercanías hacia Sintra, Cascáis y Estoril. En pocos años, esa vieja estación de Santa Apolonia, que acostumbro a visitar cada vez que voy a Alfama, con el rosetón catedralicio dibujado en negro sobre la calçadinha encerada del andén, competirá con la de Oriente para convertirse en el epicentro ferroviario el día que finalmente se levante el puente sobre el río Tajo desde Alcántara, Barreiros, Almada o Seixal.
Lisboa intentó que- con la Exposición Mundial de 1998, el parque de las Naciones y el gran puente Vasco de Gama- la euforia económica acelerara la reconversión del suelo industrial en la expansión urbanística de la ciudad, tal y como hizo Barcelona en la organización de los JJ.OO. seis años antes, ambas apretadas entre montañas o colinas contra la línea de playa. Aún están en ello. Barcelona aprobó en pleno franquismo, con el alcalde Josep Mª Porcioles i Colomer, el Plan de la Ribera que abogaba por abrir la ciudad al mar y trasladar las industrias de la Barceloneta al exterior, finalmente realizado por los jóvenes Narcís Serra y Miquel Roca, desde sus responsabilidades políticas, aunque ahí comenzaran como abogados yexpropiadores. Y Lisboa sigue en ello, lentamente, como el carácter de los portugueses ordena, pero siguen en ello.
De momento, como gesto de complicidad, reconvirtieron el viejo Paço de la Ribera, donde arrojaron por la ventana al último secretario de Estado español de Felipe III, Miguel de Vasconcellos e Brito, señor de Morgado da Fonte Boa, en un mercado de vinos, carnes y puestos hosteleros, como el de San Miguel en Madrid, como los que quisieron ubicar en el Hospital provincial San Sebastián de Badajoz y en el mercado de Calatrava en Mérida, finalmente fallidos.Quizás, porque aquí nadie ha tirado al Gobernador Civil por la ventana o porque el resto de bares y restaurantes se hubieran levantado en armas. Al fin y al cabo, aquello se llamó la Guerra de la Restauración. Y Extremadura ya pagó un precio excesivo.
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