A veces, la verdadera suerte es poder quedarse donde naciste
Hay canciones que se escuchan. Otras se bailan. Y unas pocas, muy pocas, consiguen explicar una forma de vivir mejor que cualquier discurso político, campaña institucional o reivindicación cultural. Eso es exactamente lo que está ocurriendo con Sanguijuelas del Guadiana.
No se trata solo de un grupo de música. Ni siquiera de un fenómeno viral. Lo que han conseguido tres chavales de Casas de Don Pedro es algo mucho más profundo: han reconciliado a toda una generación con el orgullo de ser extremeña y, sobre todo, de ser de pueblo.
Durante décadas, Extremadura ha convivido con una herida silenciosa. La de la emigración. Miles de familias crecieron escuchando las historias de los abuelos que tuvieron que marcharse a Cataluña, Madrid, el País Vasco o Alemania para buscarse la vida. Aquella idea de que "si te quedas en el pueblo es porque no has podido salir" acabó instalándose casi sin darnos cuenta en el imaginario colectivo.
Muchos jóvenes crecieron pensando que el éxito consistía en marcharse. Que volver los fines de semana era lo normal. Que quedarse era conformarse.
Y entonces apareció una canción.
"Y yo las penas te las canto por si acaso.
Suerte la tuya de poder vivir donde naces.
Muchas las flores que se mueren al no regarse.
Todos los domingos de vuelta a las capitales."
No hace falta explicar demasiado más. Quien ha vivido esa escena sabe perfectamente de qué habla. El coche cargado el domingo por la tarde. La despedida de los padres. La vuelta a la ciudad para estudiar o trabajar. La sensación de estar siempre entre dos mundos.
Pero la canción da un giro inesperado. En lugar de lamentarse, reivindica la inmensa suerte que supone poder vivir donde uno nació. Convertir aquello que durante años pareció un atraso en un privilegio.
Y ahí reside, probablemente, el mayor mérito de Sanguijuelas del Guadiana.
Porque el extremeñismo nunca ha desaparecido. Siempre ha existido. Pero muchas veces se presentaba envuelto en una cierta nostalgia, en un tono excesivamente solemne o incluso folclórico, que conectaba más con generaciones anteriores que con los jóvenes.
Ellos han cambiado el lenguaje. Han demostrado que se puede hablar de las cocheras, de la era, del campo, de la fresca en las noches de verano, de conocer por su nombre a todos los vecinos, de las fiestas del pueblo o de las carreteras secundarias sin caer en la caricatura ni en el costumbrismo vacío.
Lo hacen desde la autenticidad. Porque no interpretan un personaje. Son exactamente eso.
Y por eso funcionan.
Este fin de semana, durante sus dos conciertos en Badajoz, no era difícil encontrar miles de jóvenes cantando cada palabra como si fuera propia. No era solo un concierto. Era una especie de celebración colectiva de una identidad que durante demasiado tiempo parecía esconderse.
Resultaba emocionante comprobar cómo chicos y chicas de 20 años levantaban la voz para cantar sobre Extremadura con un orgullo nunca visto.
Y eso tiene un enorme valor. Porque una tierra no solo necesita inversiones, empleo o infraestructuras. También necesita autoestima. Necesita que sus habitantes crean que merece la pena vivir aquí. Que nuestros pueblos no son únicamente lugares de los que marcharse, sino también espacios donde construir un proyecto de vida.
Nadie dice que todos deban quedarse. Ni sería realista ni deseable. Habrá quien estudie fuera, quien encuentre oportunidades lejos o quien simplemente quiera conocer otros lugares. Eso siempre ha ocurrido y seguirá ocurriendo.
Lo importante es que marcharse deje de ser una obligación moral para convertirse en una elección libre.
Que quien decida quedarse no sienta que ha fracasado.
Que vivir en Castuera, en Casas de Don Pedro, en Jaraíz de la Vera, en Hervás o en cualquier rincón de Extremadura no sea visto como un premio de consolación, sino como una opción tan digna y atractiva como cualquier otra.
Quizá por eso el fenómeno de Sanguijuelas del Guadiana trasciende lo musical.
Han conseguido algo que parecía imposible: hacer que ser extremeño vuelva a molar.
Y cuando una generación empieza a sentirse orgullosa de sus raíces, de su acento, de sus costumbres y de su forma de vivir, ocurre algo extraordinario.
Empieza a cuidar más su tierra.
Empieza a defenderla.
Empieza a creer en ella.
No sabemos hasta dónde llegará la carrera de estos tres músicos. Seguro que muy lejos. Se lo han ganado. Pero incluso si el tiempo termina colocando cada canción en el lugar que le corresponda, ya habrán dejado una huella difícil de borrar.
Porque hay éxitos que se miden en discos vendidos y conciertos llenos. Y otros que se miden en algo mucho más importante. En conseguir que miles de jóvenes vuelvan a mirar a Extremadura con orgullo y piensen, por primera vez en mucho tiempo, que la suerte no siempre consiste en marcharse. A veces, la verdadera suerte es poder quedarse donde naciste.
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