Saber ya no basta

ExtremaMente Social

José González Corrales.
23 de junio de 2026 a las 13:32h
Actualizado: 23 de junio de 2026 a las 13:34h

Antes, el experto era el que guardaba la información o tenía acceso a revistas, prensa, libros y datos exclusivos. Hoy, cualquier respuesta técnica, académica o histórica está a un clic de distancia —o a un prompt en una IA—. Hoy cualquiera sabe, pero ¿cualquiera sabe hacer? 

Durante un tiempo, utilizar una calculadora científica pudo parecer una forma de restar mérito al trabajo. Como si el buen profesional fuera quien hacía todos los cálculos a mano o de cabeza. Pero pronto se entendió que el valor de un arquitecto o un físico no estaba en resolver a mano una operación matemática, sino en saber qué debía calcular, por qué era importante y cómo interpretar ese resultado dentro de un proyecto real. En el caso del arquitecto, una calculadora puede ayudarle a calcular el área de una estancia. Pero no puede decidir si esa estancia está bien orientada, si la luz entra de forma adecuada, si la distribución acompaña la vida cotidiana o si esos metros cuadrados están bien aprovechados. 

Con la inteligencia artificial sucede algo parecido. Al principio puede parecer que usarla resta mérito. Pero el mérito no está en producir manualmente, sino en saber qué pedir, qué aceptar, qué corregir y qué transformar. La herramienta acelera la operación; el criterio decide el sentido. 

En un tiempo dominado por la velocidad, la automatización y la abundancia de información, hay una palabra que vuelve a ocupar el centro del debate profesional: criterio. 

No es una palabra nueva ni una virtud recién descubierta. Su raíz viene del griego krinein, que significa separar, juzgar, cribar. En origen, aludía al gesto físico de separar el grano de la paja. Pensar, en el fondo, siempre ha sido eso: distinguir lo valioso de lo accesorio, lo verdadero de lo aparente, lo útil del ruido. 

La imagen más potente es la de cribar: separar el grano de la paja. Por eso, etimológicamente, el criterio no es simplemente “tener una opinión”, sino tener una herramienta mental para distinguir lo valioso de lo accesorio, lo verdadero de lo falso y lo útil del ruido. 

También comparten esa misma raíz palabras como crítica, que no significa “hablar mal”, sino analizar, juzgar y discernir; crisis, momento decisivo en el que algo se separa, cambia o exige una elección; y crítico, aquello que es decisivo o que requiere juicio. 

Durante siglos, el criterio ha sido la brújula silenciosa de los buenos profesionales. Lo tenía el maestro de una escuela rural que sabía cuándo exigir y cuándo acompañar. Lo tenía el médico que conocía a sus vecinos más allá de la receta. Lo tenía el artesano que no solo dominaba una técnica, sino que sabía cuándo una pieza estaba realmente terminada. Y lo tiene también quien trabaja en comunidad, en el territorio, donde las decisiones no se toman solo con datos, sino con contexto, tacto y conocimiento humano. 

Por eso conviene no engañarse: el criterio no lo ha inventado la inteligencia artificial. Ya estaba ahí. Lo que ha cambiado no es su importancia, sino el tamaño de la avalancha de paja que debe filtrar. 

Antes, el criterio servía para elegir entre unas pocas opciones después de un proceso de análisis pausado. La información era limitada, los tiempos eran más lentos y la paja, aunque existía, era manejable. Hoy, en cambio, vivimos rodeados de respuestas inmediatas, contenidos automáticos, diagnósticos veloces y propuestas aparentemente perfectas generadas en segundos. La criba se ha vuelto imprescindible. 

La inteligencia artificial puede producir textos, ordenar datos, resumir documentos, detectar patrones y acelerar procesos. Eso tiene un valor enorme. Pero también puede multiplicar la confusión si aceptamos sus respuestas sin preguntarnos para qué sirven, a quién afectan o qué consecuencias tienen. La IA puede ofrecer el qué; el ser humano debe aportar el para qué y el ahora qué. 

Ahí reside el verdadero valor profesional de nuestro tiempo. No en acumular más información, porque esa batalla ya la hemos perdido frente a las máquinas. El valor está en saber hacer las preguntas adecuadas, interpretar el momento, comprender el territorio y tomar decisiones con sentido. Especialmente en contextos humanos complejos, donde importan la sensibilidad, la ironía, la prudencia, la oportunidad y la confianza. 

La paradoja de nuestra época es evidente. Nunca hemos tenido tanta información disponible y, sin embargo, seguimos necesitando personas capaces de convertirla en cohesión, dirección y acción

Porque la tecnología trabaja con patrones del pasado, pero la vida social no siempre obedece a patrones. Las personas cambian, las comunidades tienen memoria, los equipos arrastran dinámicas invisibles y cada territorio posee una idiosincrasia que ningún algoritmo entiende del todo si alguien no se la traduce. Ese conocimiento no siempre está en los libros ni en las bases de datos. Se forma con experiencia, errores, aciertos y cicatrices profesionales. 

Por eso, cuando cualquiera pueda generar contenidos aceptables con un solo clic, el criterio propio se convertirá en un activo de lujo y pasará a ser una competencia central en la formación profesional. 

La paradoja de nuestra época es evidente. Nunca hemos tenido tanta información disponible y, sin embargo, seguimos necesitando personas capaces de convertirla en cohesión, dirección y acción. Saber cosas ya no basta. El mérito está en decidir bien cuando hay demasiadas opciones sobre la mesa. 

El mérito ya no está en la capacidad de emitir contenido, sino en la capacidad de discernir, conectar y transformar. Pasamos de valorar al “creador de contenidos” a valorar a la persona que sepa entender lo importante, unir ideas y convertirlas en algo útil. 

La tecnología nos dará velocidad, cantidad y eficiencia. Pero el sentido seguirá dependiendo de nosotros. La inteligencia artificial puede generar mil respuestas; solo el criterio humano sabe cuál era la pregunta correcta. 

Al final, volvemos siempre a la raíz. Cambian las herramientas, cambia el ritmo, cambia el escenario. Pero lo que sostiene todo siguen siendo las relaciones humanas, la coherencia, la experiencia y el sentido común. 

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