Rugby en La Madrila

Cartografía de dos tierras

perfil

(Geógrafo)

07 de junio de 2026 a las 21:15h
Actualizado: 07 de junio de 2026 a las 21:18h

La primera vez que toqué una pelota de rugby tenía cinco años y vivía en el edificio de Pita Publicidad, en la Madrila. Abajo estaba el descampado. A finales de los setenta, mi primo Pepe me recogía y nos íbamos solos. Allí entrenaban unos gigantes con camiseta de rayas horizontales. No sé cómo se llamaban, pero nos dejaron tocar la pelota ovalada. No se borra el recuerdo. 

Años después, con catorce, empecé a jugar. Cadete. Los sábados, el bus salía de los Múltiples y nos llevaba al campo del Cuartillo; las equipaciones eran duras, pesaban cuando llovía, se quedaban tiesas de barro en invierno. Vaselina en las orejas para que no se abrieran en las melés. Reflex en los muslos. Botas de tacos marca Marco, de fútbol, porque de rugby no había forma de encontrarlas en Cáceres. Nadie sabía exactamente qué hacíamos ni por qué. 

Eso era el rugby en Extremadura. Un deporte de nadie, sin público, sin focos, sin nada que lo justificara desde fuera. El C.A.R. Cáceres había nacido en 1981 y la prensa local nos llamaba «los maoríes del cemento» porque entrenábamos en la pista del Instituto El Brocense. Era un apodo que lo decía todo: exóticos, duros, ajenos a cualquier corriente principal. Fernando Sánchez Pascua, nuestro primer presidente, había jugado de apertura en el Ciencias de Sevilla. Llegó incluso a alguna convocatoria de la selección española. Era matemático, era paciente y era de los que creían que el rugby se juega con las manos y con la cabeza antes que con las piernas. Eso nos lo enseñó desde el principio. 

El juego a la mano no es solo una táctica: es una filosofía. Implica confiar en el que tienes al lado

El juego a la mano no es solo una táctica: es una filosofía. Implica confiar en el que tienes al lado. Implica soltar la pelota cuando fijas, al contrario, pasar lo que llevas a alguien que puede llevarlo más lejos. Implica que el equipo siempre va delante del individuo, aunque el individuo sea el más rápido del campo. 

Eso era lo que aprendíamos en el Cuartillo mientras el resto de Cáceres miraba hacia otro lado. 

Jugué de cadete, de juvenil con toda mi pandilla, de universitario, de sénior federado. El rugby era entonces una tribu, no una moda, no algo que se anunciaba —porque las redes no existían—. Era una forma de ser outsider con consecuencias físicas. Los partidos eran duros de una manera que hoy cuesta explicar. No había glamour posible: solo barro, pelota y la certeza de que el que tenías enfrente iba a intentar tirarte al suelo con toda la convicción que le quedara. Y aun así la gente volvía cada semana. El rugby no te suelta cuando te toca de verdad, y cuando te enseñan a jugarlo bien, a la mano, en colectivo, entiendes que lo que estás aprendiendo va mucho más allá del campo. 

Esa época no va a volver. No porque el rugby haya cambiado, sino porque el mundo entonces era otro. Una ciudad más pequeña, una afición escasa, un deporte que pedía mucho y prometía casi nada en términos visibles. Y sin embargo dejó algo en todos los que lo vivimos que ningún otro deporte nos habría dado igual. 

Hoy juego de veterano en los Bokerones. Otra tierra, un mar, otra manera de pertenecer a un sitio. Pero la pelota sigue siendo la misma. Cuando me pongo las botas hay un gesto en ese ritual que conecta directamente con el descampado de la Madrila, con el bus de los Múltiples, con la vaselina y el olor a Réflex. 

El rugby te enseña que el cuerpo recuerda lo que la cabeza olvida. Que hay deudas que no se pagan, solo se portan. Que soltar la pelota a tiempo es uno de los actos más inteligentes que puede hacer un ser humano. 

Jugar de veterano no es resistirse a envejecer. Es celebrar lo que todavía se puede. Y eso lo llevo como un regalo. 

Añadir La Portada de Extremadura como fuente preferida de Google de forma gratuita.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora

Sobre el autor

perfil
Felipe Grande

Geógrafo

Ver biografía
Lo más leído