A Extremadura le quedan dos telediarios. A la suya. A la mía. La que conocimos los que estamos vivos. Dos telediarios que pueden ser tres o, a lo peor, solo uno. No se alarmen, no duele cuando el tren te atropella. A Extremadura la está atropellando un tren. No sé si reír o llorar. O aplaudir. Aplaudir a lo bobo en todo caso. No me atrevo ni siquiera a recordar, porque recordar sí que duele.
Esto que llamamos Extremadura es una dulce mixtura de tierras y de gentes bajo un mismo sol. Fue. Debí escribir fue porque ya ni las tierras, ni las gentes, ni siquiera el sol que la alumbra son lo que eran. Ni mejor ni peor. Quizá peor. Peor, por supuesto. A peor quizá por primera vez. Peor, cuatro letras como cuatro gatos. Cuatro gatos desesperanzados. Cuatro gatos buscando gatera por la que huir.
La bola en que rodamos por el cosmos tiende al pastiche. De pantalla en pantalla y sin ojos para nada más. Viene un mundo de mezclete -rosa de invernadero- en el que poco o nada sobrevivirá… en cuestión de unos pocos telediarios. Del paisaje y del paisanaje que conocimos no quedará nada. Del modo en que los extremeños han pisado la dehesa durante los últimos cien años no quedará otra memoria que la memoria de tal o cual inteligencia artificial. Recordaremos lo que quieran las máquinas que recordemos. Y de lo demás quedará lo que el algoritmo considere conveniente. Y nos iremos lejos y otros vendrán de lejos; y abandonaremos nuestros pueblos y nuestras costumbres, de nuestra manera de ser en el mundo, de la nobleza de mis gentes tal como era -tal como aún la recuerdo- quedará arena… arena a saber dónde. Quedará la luz cegadora de lo digital… y poco más.
A estas alturas no sé dónde tengo la cabeza, pero a pesar de todo, de todo lo que está por venir, a pesar de tanto como los trenes me atropellan, sigo sabiendo dónde tengo mi corazón. Allá, allí, en Extremadura. Al pie de una encina.
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