Romperás

De Retales a Relatos

Concha Luis.

(Periodista)

10 de diciembre de 2025 a las 17:33h
Actualizado: 10 de diciembre de 2025 a las 18:45h
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Me he dado cuenta, hace ya tiempo, de que no sé escribir obituarios. No porque me falten palabras, sino porque, cuando alguien a quien quiero, admiro o respeto se marcha, algo en mí se queda quieto, helado; como si mi corazón necesitara detenerse un poco para comprender la ausencia. Y si el corazón no late con decisión, los dedos tampoco encuentran el camino hacia las letras.

Por eso, lo de hoy no puede ser un obituario. Quizá ni siquiera lo pretenda.

Esta mañana me desperté antes de lo previsto. Todavía con la luz gris de diciembre colándose por la ventana, miré el móvil, como cada mañana, sin pensar. En el grupo de WhatsApp de los amigos de siempre, un enlace y una frase breve, que me ha sacudido el sueño de golpe… Muere Robe Iniesta, líder de Extremoduro.

De repente, me he visto sentada sobre la manta de cuadros rojos y azules de la cama de Elena, en el piso de la Ronda. Sostengo un bolígrafo mordisqueado y giro con impaciencia una cinta de 60 minutos en la que está grabado, entre otros, Rock Transgresivo.

El maldito redwind nunca funciona bien, así que la única manera de escuchar Romperás es esa mezcla de paciencia y ansiedad propia de los veintitantos.

Aquel rebobinado mecánico ya era, sin que yo lo supiera, una lección sobre el tiempo… Nada de lo que deseas llega antes de cuando debe llegar. Ni la canción. Ni las certezas. Ni las despedidas.

Y ahora, más de 25 años después, lo que golpea no es el tiempo lento, ni la distancia que soy capaz de medir en años, sino el regreso.

Los días se me han enrollado de golpe sobre sí mismos y me siento en la cama, a darles vueltas con un bolígrafo mordisqueado. Llego a los mismos paisajes, a las mismas voces, a los mismos sitios en los que éramos otros.

No leo la muerte de Robe con los ojos, sino con la memoria. Porque lo que me trae es el roce sutil de lo que fui, de lo que quedó suspendido en aquellas madrugadas que parecían eternas. Ese yo que rebobinaba, que esperaba, que creía que la vida tenía siempre la forma de una canción que se repetía una y otra vez hasta encontrar su sitio.

Por eso, en ese pliegue que me abre su despedida, caben la manta de cuadros, los amigos de siempre, la torpeza dulce de la juventud y esa sensación extraña de que todo vuelve… incluso lo que creías perdido.

Y olvidar, de un tirón,

todo el tiempo que pasó esperando tu amor.

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