Romper el bucle despoblación–resignación con la Terapia ZCI

ExtremaMente Social

José González Corrales.
05 de diciembre de 2025 a las 09:55h
Actualizado: 05 de diciembre de 2025 a las 10:03h

Hace seis años, en 2019, el movimiento Revuelta de la España Vaciada salió a las calles de Madrid para reivindicarse contra la despoblación. Vamos camino de cumplir siete años de aquel punto de inflexión y podemos —y debemos— empezar a evaluar resultados. 

La despoblación rural apenas se ha frenado, a pesar de la aprobación de instrumentos clave como la Estrategia Nacional frente al Reto Demográfico (2019), el Plan de 130 Medidas (2021-2023) y una interminable ristra de iniciativas regionales, provinciales y locales que siempre riman en la frase final: “...medida contra la despoblación”. 

En resumen, las políticas han logrado poner el problema en la agenda y canalizar fondos, pero los datos demográficos esenciales (pérdida de habitantes, envejecimiento) sugieren que su impacto todavía es insuficiente para cambiar la dinámica histórica de la despoblación, tanto en la “España vaciada” como en la “Extremadura vaciada”. Y sí, han oído bien: he dicho “vaciada” porque ha sido vaciada a causa de las decisiones políticas que se han ido tomando (o no tomando) a lo largo de muchas décadas. 

Los números no engañan, a pesar del relato político y del virus “Bob Esponja” que nos quieren inocular a los habitantes del entorno rural para provocarnos el “síndrome de Pollyanna”. Según los datos, a día de hoy las medidas tomadas no son del todo acertadas o no son del todo suficientes. Y esto no es una opinión: son datos objetivos y medibles. 

La despoblación avanza lenta pero implacable. Hemos permitido que llegue tan lejos que, aun proclamando las zonas rurales como “Zonas Cero de Impuestos”, difícilmente lograríamos detenerla en menos de un lustro. 

Pero, más allá de los datos, pesa el desánimo. La falta de oportunidades, empleo y servicios genera un abatimiento cómodo y peligroso. Los fines de semana, puentes y épocas vacacionales escuchamos en nuestras zonas rurales la homilía urbanita sobre las bondades del entorno rural; el resto del año vivimos las condiciones reales del medio rural. Asumir la situación como una maldición bíblica conduce a la resignación y, peor aún, a la inacción y al desánimo rural. 

La parábola de la rana hervida de Peter Senge, popularizada en su libro fundamental La quinta disciplina, es aplicable al fenómeno de la despoblación. Decía Senge: “Si arrojamos una rana a una olla de agua hirviendo, inmediatamente intentará saltar y escapar. Su sistema de supervivencia detecta el peligro y actúa con rapidez. Sin embargo, si introducimos la misma rana en una olla de agua a temperatura ambiente y se calienta el agua muy, muy lentamente, la rana no intentará saltar. A medida que la temperatura aumenta gradualmente, la rana se ajustará constantemente a la nueva condición, regulará su temperatura corporal, creyendo que puede tolerar el cambio. Cuando el agua llega a un punto crítico y es demasiado tarde, la rana ya está demasiado debilitada o cocida para reaccionar o saltar. Muere hervida porque no detectó a tiempo el cambio lento pero inexorable del entorno”. 

La despoblación, al igual que el calentamiento del agua, avanza lentamente sobre las zonas rurales, y los habitantes intentamos regular nuestras emociones creyendo que podemos tolerar el cambio. 

En general, no cuestionamos, no nos organizamos, no nos movilizamos, no reivindicamos, no exigimos, no emprendemos, no reaccionamos con la suficiente intensidad al aumento de la “temperatura” de la despoblación. Estamos tan acostumbrados a ver cómo las grandes inversiones se van a las principales ciudades de Extremadura que pensamos que son decisiones divinas inalterables por los mortales. 

No solo estamos ante un problema demográfico, sino también ante un problema emocional que es consecuencia y, a la vez, causa. 

La carcoma de la despoblación vaciará las sucursales y apagará los cajeros; los bares-tienda serán concesiones municipales de apertura intermitente, y los servicios médicos, educativos y públicos se resentirán considerablemente. Pero, lejos de ser un final, este escenario nos obliga a repensar el campo, a reinventar sus dinámicas y a construir un entorno rural más resiliente y coherente tanto con la realidad demográfica como con los avances tecnológicos. 

Puede que sea difícil cambiar las dinámicas demográficas, tecnológicas o políticas que están provocando la despoblación, pero la actitud con que afrontamos esta problemática sí se puede cambiar de forma individual. El desánimo rural es la actitud que cada uno tiene ante lo que está ocurriendo frente a sus ojos. 

La ANAEVV (Asociación Nacional de Autónomos y Emprendedores de la España Vaciada), recientemente constituida y con sede en Plasencia, puede servirnos de ejemplo. Las líneas de trabajo que impulsa ANAEVV (www.anaeev.org) buscan crear oportunidades y fortalecer el tejido social y económico en las zonas afectadas por la despoblación, poniendo especial énfasis en el apoyo al trabajo autónomo y al emprendimiento rural. 

En cualquier caso, si queremos romper ese bucle (despoblación–desánimo, desánimo–despoblación), podemos empezar reivindicando el tratamiento de choque “Zona Cero de Impuestos” a modo de respuesta de primeros auxilios ante un estado de shock, con el objetivo de reanimar nuestro entorno rural: deducciones en IRPF, reducciones en ITP y AJD, bonificaciones en el IBI rural, exenciones en tasas municipales, deducciones por rehabilitación e incentivos a la ocupación de vivienda vacía, incentivos al emprendimiento y empleo rural, bonificaciones en el impuesto de sociedades y autónomos, créditos fiscales por contratación local, reducciones en cotizaciones sociales, exenciones en licencias y tributos municipales para nuevos negocios y actividades económicas, incentivos a nuevos modelos de vida y trabajo, beneficios fiscales para teletrabajadores que se trasladen y acrediten permanencia, deducciones a profesionales del campo y la economía verde, ayudas fiscales para jóvenes que se establezcan en el municipio, etc. Sin duda alguna, la Zona Cero de Impuestos sería un tratamiento de shock que combinaría el control inmediato de la hemorragia despoblacional con la atención a los síntomas del desánimo. 

La despoblación rural vacía pueblos; el desánimo rural nos vacía por dentro. 

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