La resistencia al cambio

Cartografía de dos tierras

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(Geógrafo)

18 de octubre de 2026 a las 19:22h
Actualizado: 18 de octubre de 2026 a las 19:22h

Cambiar de opinión está bastante mal visto. Especialmente si uno ha tenido la imprudencia de expresar públicamente lo que pensaba antes. Siempre aparece alguien dispuesto a recordárselo, normalmente con esa satisfacción inquisidora que produce descubrir una contradicción ajena. «Pero si tú antes decías otra cosa». Como si hubiera que pedir permiso para rectificar.

Vivimos, sin embargo, rodeados de invitaciones al cambio. Hay que reinventarse, evolucionar, adaptarse. Las empresas celebran la transformación permanente y los expertos en desarrollo personal llevan décadas explicándonos que quedarse quieto es casi una enfermedad. Pero cuidado con cambiar de criterio sobre política, educación o cualquier otro asunto. Entonces ya no eres una persona que evoluciona, sino un incoherente.

A mí me parece bastante más sospechoso alguien que lleva treinta años pensando exactamente lo mismo.

Antonio Escohotado constituye un buen ejemplo. Durante su juventud fue comunista y, con el tiempo, se convirtió en uno de los críticos más conocidos del comunismo. En esa evolución influyó su acercamiento al pensamiento liberal y, en particular, a la obra del economista Carl Menger, que conoció durante una estancia en Tailandia. A partir de ahí fue desarrollando una reflexión que culminaría, tras años de investigación, en los tres volúmenes de Los enemigos del comercio, una obra dedicada a examinar la historia de las ideas contrarias al comercio y la propiedad privada.

Cambiar de opinión debería ser una consecuencia natural de pasar por la vida. Uno aprende, conoce personas, acumula experiencias, se equivoca y descubre cosas que antes ignoraba. A veces basta una conversación o una decepción para caerse del caballo camino de Damasco y revisar certezas que parecían inamovibles. Es una cuestión de honestidad intelectual, no de edad. Se puede cambiar de opinión a los veinte, a los cincuenta o de un día para otro. Lo verdaderamente absurdo es seguir defendiendo algo únicamente porque llevamos años haciéndolo.

Naturalmente, no todos los cambios merecen aplausos. Hay políticos capaces de defender una cosa el lunes y la contraria el martes, generalmente después de consultar las encuestas o comprobar cómo andan los escaños. Eso tiene poco que ver con la evolución intelectual. Se parece bastante más a la conveniencia.

Con las cosas materiales, nuestra relación con el cambio también resulta curiosa.

Durante décadas nos han convencido de que había que renovarlo todo: el coche, el teléfono, el ordenador. Ahora circula por las redes sociales una tendencia denominada underconsumption core, que consiste en conservar las cosas y utilizarlas durante más tiempo. Lo que hacían nuestros padres sin necesidad de ponerle un nombre inglés.

Y no siempre se trata de conciencia ecológica. A veces cambiar resulta un auténtico coñazo.

Cambiar de móvil significa recuperar contraseñas, trasladar fotografías y configurar aplicaciones. Cambiar de coche obliga a estudiar motorizaciones, restricciones, etiquetas medioambientales y tecnologías que quizá dentro de unos años hayan quedado superadas. Cambiar de ordenador puede llevarte una tarde entera intentando que funcione una impresora que llevaba diez años funcionando perfectamente.

Y todo para descubrir que el aparato nuevo hace prácticamente lo mismo que el anterior.

Con las ideas ocurre algo parecido, aunque somos bastante menos tolerantes. Nos gusta que los demás evolucionen, siempre que continúen pensando lo que esperamos de ellos. Las etiquetas nos ahorran el esfuerzo de comprender a las personas y las redes sociales han convertido cualquier opinión antigua en una declaración jurada a perpetuidad.

Quizá hemos confundido la coherencia con la obligación de permanecer equivocados.

Yo cada vez encuentro menos motivos para cambiar un teléfono que funciona y bastantes más razones para revisar algunas de las cosas que pensaba hace diez años.

Aunque, visto lo visto, resulta más fácil convencer a alguien de que se gaste mil euros en un móvil nuevo que conseguir que reconozca que lleva veinte años diciendo tonterías.

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Felipe Grande

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