Las reglas del juego tras Trump

Al Paso

valbuena ok bn
24 de septiembre de 2026 a las 09:47h
Actualizado: 24 de septiembre de 2026 a las 09:47h

Desde mi apartada orilla oigo a Trump en Naciones Unidas. Sigue sorprendiéndome. No es la primera vez, por supuesto, pero no deja de sorprenderme. Sorpresa primero, desazón, mucha desazón después. Tengo la íntima convicción de estar de vuelta al gorilato. Por cierto, he de buscarle nombre a esta, digamos, decepción. Durante años -visto el mundo que me rodeaba- creía firmemente que, aún a trompicones, el mundo caminaba, poco a poco, a mejor. Que íbamos a más paz, a más cultura y a más riqueza para todos. Quizá la caída del muro de Berlín fue el símbolo de semejante esperanza. Y en esa esperanza algo tenía que ver Estados Unidos. Con sus luces y sus sombras, con sus caídas y sus recaídas, no lo negaré, pero, con todo. Estados Unidos acumulaba cierto patrimonio moral en defensa de la libertad y de la prosperidad de los hombres y de los pueblos. Algo en lo que debíamos perseverar. Cada cual a su modo, a nuestro modo. Hoy el hermano americano ha dejado de ser luz. Quedan faros, pero aquel ya no alumbra.

Estados Unidos, que se alzó como barrera frente a la tiranía soviética, ahora se me antoja un vertedero de cochambre moral. Al menos visto desde Trump, desde la altura de sus palabras y, lo que es peor, de sus hechos conocidos. Le oigo hablar en Naciones Unidas y me pasmo. Ya no es solo el uso del insulto y las groserías como fundamento de todo su discurso sino, y muy especialmente, la abominable defensa de intereses particulares, los suyos, con desprecio de las convenciones diplomáticas e, incluso, de los derechos humanos. No niego que, de tapadillo, esto haya sido moneda corriente en todo tiempo y lugar. Quien lo diga acierta, pero las formas también importan. Importan en las creencias, en las aspiraciones y en el comportamiento de los pueblos.

Trump está dilapidando el patrimonio moral de América. La hará grande -grande a su modo- pero moralmente chica. Despreciar toda moral y toda ley no es la mejor manera de construir nada. Hablaba en su discurso del botín del vencedor. Hablaba de arrasar naciones como quien mata cucarachas. Hablaba, sin tapujos, de sus ambiciones de pobre niño rico; de niño malcriado que, ya de viejo, aspira a sátrapa. Pero no desenfoquemos. Lo peor de todo esto, creo yo, no es el propio Trump que pasará como pasaremos todos; lo malo es que ha cambiado las reglas del juego, que ahora vale todo. Y no, no vale todo si aspiramos a caminar hacia un mundo mejor. A los malos les vale todo. A los buenos no. Y yo quiero ser bueno. 

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Fernando Valbuena
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