El pasado lunes terminé las pruebas para certificar el nivel intermedio de portugués en la Escuela Oficial de Idiomas (EOI). Llevo este mes en casa preparando exámenes de inglés o de portugués, orales o escritos, del libro a la serie en versión original, de la BBC World a la Antena1, de Carminho a Lord Byron… Me ha dado por ahí. Tiene algo adictivo. Creo que el cerebro se acostumbra a estas cargas de ansiedad. Dos carreras, dos empleos, dos idiomas… Desde que hace dos años el anterior líder socialista decidió expulsarme de la plantilla, apenas veinte minutos después de comenzar el juego en una nueva temporada, la cuarta legislatura como consejero de la televisión regional, escogí este método para absorber endorfinas, y que al final del curso, como cuando adolescente en una fiesta, mi cerebro libere tal cantidad de dopamina como para invitarme a matricularme otro año más, pese a que tanto maldije el sacrificio gratuito de estas últimas semanas.
El lunes se examinaban también en toda Portugal, el mismo día y a la misma hora, todos los estudiantes de "los doce años”, de la enseñanza secundaria. Así llaman la reválida para acabar la enseñanza obligatoria hasta los dieciocho años, la que te abre la puerta a la universidad como “caloiro”, el novato al que hay que someter en las praxis académicas. Este año, pareció un milagro. Después del temporal de este invierno, desde Leiria a Lisboa, el Ribatejo y el bajo Alentejo tuvieron que retrasar los parciales de marzo y alguien pronosticó que llegarían tarde a la convocatoria nacional del examen final del duodécimo año de escolaridad. Felizmente, se equivocó.
A las pocas semanas del temporal que cerró decenas de carreteras y colegios, el ministerio de Educación luso dejó caer que la obra de José Saramago, el único premio Nobel de Literatura portugués, podría dejar de ser lectura obligatoria en los institutos del país. La propuesta del ministro de Educación, Ciencia e Innovación, Fernando Aleixandre, de someter a consulta pública la obra del autor de Memorial del Convento y El año de la muerte de Ricardo Reis, actualmente de lectura completa, para que pudiera ser sustituida una de ellas por Un dios pasea en la brisa de la tarde, de Mário de Carvalho, desencadenó una polémica inusitada en el país vecino: el diputado socialista, Porfirio Silva, alertó en el parlamento de “un histórico de la derecha portuguesa de persecución” y apeló al gobierno a que “la decisión se limitara a un plano técnico y pedagógico, y que garantizara la ausencia de cualquier intención ideológica”. La Asociación Portuguesa de Profesores (APP) participó con la administración en la revisión de los aprendizajes, tras consultar con expertos de la universidad de Lisboa y el ministro conservador quiso zanjar esta tormenta: “Lo único cierto como opción -afirmó- en una evaluación exclusivamente técnica, es que se elige entre un escritor militante del Partido Comunista (PCP) y otro que, por lo que sé, también lo es”. Sin embargo, la ultraderecha Chega había aprovechado el debate para felicitar al ministro por “su iniciativa personal ante la eventual retirada de la obligatoriedad de Saramago” y negó problemática alguna para ejecutar este cambio.
Existe en Portugal una cohorte de tertulianos y columnistas que crucificaron a José Saramago desde que fue despedido del Diario de Noticias. Unos meses previos a la Revolución de los Claveles, se exilió a Lavre, al Alentejo próximo a Évora. Su condición de comunista y relator de los abusos que sufrió el pueblo luso, compostaba el mismo abono que utilizó Antonio Oliveira Salazar para acusar de antipatriotas a quienes ayudaron a los republicanos españoles durante la contienda civil, y donde germinaría la semilla del odio tras enamorarse de la traductora y periodista española, Pilar del Río, y trasladar su residencia a España. En 1991, el gobierno luso se negó a presentar su novela El Evangelio según Jesucristo a los premios literarios europeos alegando que “ofendía a todos los católicos”. En señal de protesta, Saramago y su mujer se instalaron en Lanzarote. Y algo de eso huele en esta sorpresiva recomendación pedagógica, que entrarían en vigor en el curso de 2027/2028, que “pretende recoger contribuciones de la comunidad educativa, expertos, y la sociedad con el objetivo de la revisión curricular” -según el gobierno. Esa utilización farisea del catolicismo que ya no la disfraza ni el botafumeiro, como hemos comprobado tras la visita del Papa León XIV.
El el 11º curso siguen siendo lecturas obligatorias el Sermón de San António a los peces del padre António Vieira; Frei Luis de Sousa de Almeida Garret, así como obras de Eça de Queirós, Antero de Quental o Camilo Castelo Branco, que siguen inamovibles, como la poesía de Fernando Pessoa, Cesário Verde y Maria Judite de Carvalho, en ese décimo segundo año de finalistas. Nadie ha planteado revisarles, pese a que olviden el principal problema: más de un tercio de los alumnos de primaria a secundaria nunca, o rara vez, leen algún libro, un caldo de cultivo fermentado para que ahí el populismo cueza su levadura. La Fundación Saramago -que aprovechó para alabar la obra de Mário de Carvalho y defender sumar antes que excluir- formuló la pregunta: qué criterios se siguen para el cambio y si ese cambio abarcará a otros autores.
¿Para qué quieres leer si tienes a Donald Trump?
Hay literatura que incomoda. Como periodistas, políticos, jueces, futbolistas… El trumpismo ha disfrazado de democratización que ese tercio que jamás leyó un libro se atreva a dictar sentencia. Los ricos debates entre quienes desde el respeto han mostrado sus diferencias -desde Quevedo con Góngora, Dos Passos con Hemingway, a Vargas Llosa con García Márquez- discurrían bajo el florentino haz de la fineza y la elegancia dialéctica. Ahora, el patrioterismo del rabudo luso -les recuerdo que soy nieto y llevo sangre Almeida de Lisboa- interpreta ahora que la caricatura de João V en Memorial del Convento, el papel censor de aquella Iglesia y la asfixia de los totalitarismos en la Europa de 1936 en La muerte de Ricardo Reis, o en el mundo de ficciones de Pessoa, hiere el honor de la nación. No sólo peca de falta de rigor, si no que sitúa a cualquier profesor de instituto en la duda de si libertad y el pensamiento constituyen las condiciones básicas de la enseñanza, aparte de un sueldo robusto, claro: ¿Ocurriría igual si la reforma fuese para la medicina, consultarían con los pacientes o usuarios de la sanidad lusa, tan por los suelos en la atención primaria?
Igual que Pessoa condena el absurdo en sus poemas ortónimos u heterónimas (una excusa para buscar en Google) Saramago es uno de los más raros escritores donde la memoria, las artes y la condición portuguesa, tanto humana como con la rudeza bestial, hacen camino. Como Cela o Delibes lo son para España, en otra identidad ideológica probablemente, nadie desde una excusa política debería dispensar de conocerles. Quizás, sólo opere porque haya que multiplicar el número de los que jamás valoren a quienes leen y escriben, como nueva seña de identidad del país que quieren desinfectar con un lanzallamas. Un grupo de 30 escritores, profesores y personas ligadas a la cultura así se le hicieron llegar esta queja mediante una carta abierta al ministro.
El pasado lunes, los preuniversitarios portugueses tuvieron 120 minutos para analizar el devenir del soldado Baltasar Mateus “Sete-Sóis” al llegar a Lisboa con la mano izquierda perdida en la guerra de sucesión española desde Évora en el Memorial del Convento y el primer paseo de Ricardo Reis por la plaza de Figueira recién llegado del exilio en Brasil. Si no quieres caldo, dos tazas, señor ministro.
En Badajoz, casi por completar esta baraja (espadas, copas…) tuvimos que comprender un texto sobre los problemas de la vivienda en Lisboa: Para algunos el palo de oros, para otros el de bastos… Tres horas y media con aire acondicionado en el desvencijado y exento de accesibilidad viejo Palacio de Godoy, que te daba tiempo a leer para adivinar por qué algunos les gusta tan poco que la gente siga leyendo a Saramago. Tanto calor están dando al que ya tenemos: “Venimos de los monos y parece que estamos volviendo a ellos -afirma Valter Hugo Mãe en su Manifiesto contra a Estupidez: Todos los siglos fueron apropiados por imbéciles -le aseguró a la revista Visão- pero hoy estamos lidiando con un tiempo de Ignorancia Feliz, una especie de glorificación de la estupidez”. Valter Hugo, escritor nacido en Angola aunque criado ya en Paços de Ferreira cuando su familia tuvo que volver de las colonias, recibió el premio José Saramago en 2007. En 2010 publicó en Alfaguara A máquina de fazer espanhóis, un barbero jubilado que pierde a su esposa Laura y ya solo, su hija lo coloca contra su voluntad en un asilo llamado “Edad Feliz”, rodeado por un cementerio. El palo de oros o el de bastos, en las cartas que te reparte esta vida para jugar a la Cuatrola… ¿Verdad, Isabel?
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