¡Qué miedo! ¡Que viene la IA!

ExtremaMente Social

José González Corrales.
21 de septiembre de 2026 a las 07:37h
Actualizado: 21 de septiembre de 2026 a las 07:37h

El verdadero trasfondo del miedo a la inteligencia artificial no es más que el miedo a la inteligencia natural: la nuestra. La de siempre, la que desde las cavernas no solo no ha sabido erradicar el crimen, las guerras o el hambre, sino que los ha convertido en herramientas para alcanzar el poder.

Lejos de ser un pánico puramente tecnológico —al estilo de una rebelión apocalíptica de película—, la alarma ante la IA agentica, los algoritmos descontrolados, los sesgos sistémicos y la manipulación masiva refleja una profunda desconfianza hacia el ser humano y sus propios modelos de convivencia. El debate sobre la IA es, en el fondo, un espejo incómodo que expone nuestras contradicciones sociales, la polarización y la fragilidad de nuestras estructuras democráticas.

No tememos a la máquina por una supuesta voluntad propia, sino a la inteligencia humana que, condicionada por intereses corporativos, fracturas éticas y ambiciones de poder, decide cómo diseñarla, utilizarla y hasta dónde permitir que actúe.

Si el mayor peligro es que los puestos de poder —tanto políticos como empresariales— terminen en manos de personas sin empatía ni escrúpulos, debemos preguntarnos qué está fallando. La respuesta es incómoda: nuestros sistemas de selección premian el egoísmo, la ambición y la imagen pública en lugar de los valores éticos, dejando a la sociedad a merced de unos pocos.

Actualmente, con más de medio centenar de conflictos armados activos repartidos por todos los continentes, varios líderes mundiales dispuestos a desencadenar nuevas guerras y más de 645 millones de personas pasando hambre, resulta absurdo que pongamos el grito en el cielo ante una supuesta tecnología que destruirá a toda la humanidad.

La inteligencia artificial llega tarde. El verdadero peligro ya estaba aquí: la inteligencia natural y el uso que hace de las herramientas que crea.

Y, para colmo, la inteligencia artificial cumple hoy un papel perfecto: el de chivo expiatorio ideal. Culpar a la IA de una hipotética catástrofe o del fin de la humanidad permite desviar la atención de los verdaderos responsables y creadores del problema: la inteligencia natural, nuestros sistemas económicos desregulados, las decisiones corporativas y unos modelos políticos que prefieren señalar al algoritmo antes que asumir sus propias miserias e incompetencias. En definitiva, una Administración pública incapaz de regular con rapidez y agilidad, y una sociedad incapaz de evitar que perfiles sin escrúpulos accedan a los más altos puestos de poder.

La conocida frase del filósofo inglés Thomas Hobbes «El hombre es un lobo para el hombre» cobra todo su sentido en este contexto y encaja perfectamente con la idea de que la verdadera amenaza para la humanidad no viene de fuera —ni de la tecnología ni de la ficción—, sino de nuestra propia naturaleza.

Pero, a diferencia de las anteriores carreras armamentísticas —convencional, nuclear, química o biológica—, ahora puede ocurrir algo insólito: que la IA empiece a decidir de forma autónoma. En el fondo, no tenemos miedo a la inteligencia artificial. Tenemos miedo a nosotros mismos: a lo que hemos puesto en ella y a lo que podría llegar a hacer sin nuestro control.

En fin… no hay miedo más fértil que el miedo a lo desconocido. Y quizá lo que todavía no conocemos suficientemente sea nuestra propia naturaleza.

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