¿Qué es eso de la reputación?

Cartografía de dos tierras

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(Geógrafo)

04 de octubre de 2026 a las 14:49h
Actualizado: 04 de octubre de 2026 a las 14:49h

En I Regret Almost Everything, Keith McNally cuenta en sus memorias una historia que explica bastante bien qué es la reputación.

McNally es el restaurador detrás de algunos de los locales más conocidos de Nueva York: The Odeon, Balthazar, Pravda o Pastis. Se le atribuye haber inventado el downtown tal y como se entiende hoy. Después de sufrir un ictus que afectó a la mitad de su cuerpo y seriamente a su capacidad para hablar, volvió al trabajo. Su nuevo restaurante era Pastis y, antes de abrir, tenía que hacer lo que había hecho tantas veces: ponerse delante de sus empleados y hablar.

Solo que ahora apenas podía hacerlo.

Para alguien acostumbrado durante décadas a dirigir restaurantes, aquello debía de ser una situación terrible. El discurso podía estar en su cabeza, pero las palabras no salían como antes; había quien tenía dificultades para entenderlo.

Y, sin embargo, funcionó.

McNally comprendió entonces algo elemental: todavía tenía su reputación.

La palabra procede del latín reputare: considerar, calcular, juzgar. No describe, por tanto, lo que alguien aparenta en un momento determinado. Describe el juicio que los demás terminan formando sobre él después de observarlo durante un tiempo.

Conviene recordarlo porque hemos conseguido confundir reputación con imagen, y son casi lo contrario.

La imagen se fabrica. La reputación se acumula.

Una imagen puede construirse en una tarde. Una buena fotografía. Una web. Un traje. Unas cuantas frases sobre liderazgo, resiliencia y propósito. Si añadimos una puesta de sol y alguien caminando de espaldas por una playa, probablemente ya tengamos también una marca personal.

La reputación exige algo bastante menos vistoso: tiempo.

Exige hacer cosas, repetirlas y asumir sus consecuencias, cumplir algunas promesas, equivocarse y responder cuando uno se equivoca. Exige tratar con personas durante años, volver al día siguiente. Y al siguiente. No queda demasiado bien en Instagram, pero tiene la ventaja de ser verdad.

La imagen pertenece al territorio de la apariencia. La reputación pertenece al de la memoria.

Por eso podemos controlar bastante bien la primera y solo parcialmente la segunda. Uno decide qué fotografía publica, qué cuenta sobre sí mismo o qué palabras utiliza para definirse, pero no puede decidir qué recuerdan los demás después de veinte años.

Shakespeare ya había entendido la paradoja. En Otelo, Casio se desespera tras perder su cargo y su buen nombre: «¡Reputación, reputación, reputación!». Yago le responde con algo bastante más incómodo: la reputación se obtiene a menudo sin mérito y se pierde sin merecerlo.

Ahí está la parte difícil.

La reputación no es necesariamente la verdad sobre nosotros: es una construcción social. Puede ser injusta, exagerada o falsa. Podemos ser mejores que nuestra reputación y también bastante peores. Pero, a diferencia de la imagen, no depende solo de nosotros.

Uno puede fabricarse una imagen solo.

Para tener reputación hacen falta testigos.

Quizá por eso nuestra época está tan obsesionada con la primera. Es mucho más rápida; podemos parecernos inmediatamente a la persona que todavía no hemos tenido tiempo de ser. Nunca había resultado tan sencillo parecer interesante, comprometido, exitoso, feliz o incluso buena persona. Lo difícil sigue siendo convertirse en alguna de esas cosas.

Cuando McNally se puso delante de sus empleados en el nuevo Pastis, su principal instrumento de comunicación había fallado. Ya no podía apoyarse en una voz segura ni en un discurso perfectamente pronunciado.

Pero detrás de aquella voz dañada había décadas de hechos.

Y los hechos tienen una ventaja sobre la imagen.

No necesitan posar.

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Felipe Grande

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