¿Qué es eso de la indignación?

Cartografía de dos tierras

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(Geógrafo)

30 de octubre de 2026 a las 12:03h
Actualizado: 30 de octubre de 2026 a las 12:03h

La indignación es el enfado que sentimos ante una injusticia. Una reacción moral contra aquello que consideramos intolerable. En teoría sirve para exigir responsabilidades, corregir abusos y cambiar las cosas. En España llevamos tantos años indignándonos que empiezo a preguntarme para qué demonios sirve.

El miércoles, un AVE de Renfe embistió por detrás a un tren de Iryo detenido en Urda, Toledo. Al escribir estas líneas hay 69 muertos, más de doscientos heridos y quince personas en estado crítico. Continúan las investigaciones y las identificaciones. Nueve meses después de Adamuz, otra tragedia ferroviaria.

Un amigo mío viajaba en uno de aquellos trenes. Fuimos amigos de pandilla y compañeros de clase desde EGB hasta COU, en el colegio San Antonio de Padua de Cáceres. Afortunadamente está vivo y puede contarlo. Otros no.

Soy extremeño, expatriado en Málaga desde hace años. He viajado cientos de veces en AVE. Hubo temporadas en las que lo utilizaba cuatro veces por semana. Por trabajo, por ocio, con mis compañeros de rugby, con mis hijos, que de pequeños gateaban por sus pasillos. Conozco esos trenes desde hace décadas. Como millones de españoles.

A Extremadura, por cierto, todavía no llega el AVE propiamente dicho. Tenemos un Alvia y una sucesión interminable de retrasos, averías, limitaciones de velocidad y obras. En abril, la propia Renfe tuvo que anunciar nuevos horarios para adaptarse a las restricciones de la infraestructura. Los extremeños sabemos bastante de paciencia ferroviaria.

Entre las víctimas está Fátima Báñez, antigua ministra de Trabajo. Magnifica ministra. Pero aquí no importa la relevancia pública de los fallecidos. Importa que cualquiera de nosotros podía haber ocupado aquellos asientos. Cualquiera.

Y ahora llega la indignación.

Óscar Puente, que ha convertido la bronca, la provocación y el enfrentamiento en parte de su actividad política, aseguró después de Adamuz que la posibilidad de repetir una tragedia semejante era bajísima. Nueve meses después afronta otra, aunque de causas aparentemente diferentes. Esta vez calificó de inexplicable la orden del centro de control de Adif de permitir la marcha de un tren mientras otro permanecía detenido en la misma vía.

El Gobierno del Partido Socialista Obrero Español, con Pedro Sánchez a la cabeza, encuentra así una explicación preliminar en la actuación de un trabajador. Del currela. Del que estaba de turno. Del que debía aplicar unos protocolos diseñados y supervisados por otros. Que se investigue su conducta y responda si corresponde. Pero también quienes lo formaron, quienes lo supervisaban y quienes dirigen Adif. La responsabilidad no puede terminar donde empieza la nómina del operario.

Y todavía hay algo más desagradable. El mismo día comenzaron a circular grabaciones internas del centro de control de Adif. Conversaciones de trabajadores, órdenes, dudas y hasta el «tronco» de uno de ellos expuesto ante todo el país. Ah y del maquinista, que en paz descase. Ahora sabemos que podrían haberse difundido incompletas. ¿Quién facilitó esos audios? ¿Quién decidió qué fragmentos conoceríamos? ¿Por qué salieron de una empresa pública antes de concluir la investigación? Los trabajadores merecen respuestas, no convertirse en los protagonistas involuntarios de un espectáculo mediático.

Pedro Sánchez nombró a Puente y lo mantiene al frente del ministerio. También debe responder políticamente por su gestión. No basta con prometer investigaciones, declarar lutos oficiales y comparecer ante las cámaras. Las responsabilidades políticas no requieren una condena penal.

Tampoco ayudan a confiar en nuestras empresas públicas los antecedentes de Koldo García, José Luis Ábalos o Isabel Pardo de Vera, expresidenta de Adif, investigados por presuntas irregularidades. Nada acredita que esos procedimientos expliquen Urda, pero sí obligan a examinar con atención cómo se han gestionado las instituciones.

Y aquí aparece otra indignación, la que echo de menos.

¿Dónde está ahora esa izquierda cultural tan aficionada a los manifiestos, las concentraciones y las causas públicas? ¿Dónde están los actores, los directores y los intelectuales que acostumbran a pedir explicaciones al poder?

Reclamo coherencia a quienes han decidido ejercer públicamente de conciencia moral del país. La exigencia de responsabilidades debería ser la misma gobierne quien gobierne

¿Dónde está Pedro Almodóvar? También estudió en San Antonio de Padua de Cáceres. Su nombre apareció en los papeles de Panamá. Hace apenas unas semanas acudió a la acampada de la Puerta del Sol para apoyar las reivindicaciones sobre vivienda. Perfectamente legítimo. Pero me pregunto dónde está ahora su voz ante esta tragedia. ¿Y las de tantos otros? ¿Dónde están?

No reclamo que todo artista tenga que pronunciarse sobre cada desgracia. Reclamo coherencia a quienes han decidido ejercer públicamente de conciencia moral del país. La exigencia de responsabilidades debería ser la misma gobierne quien gobierne.

Y los sindicatos, ¿dónde están? Los maquinistas llevan tiempo reclamando seguridad y han convocado huelgas. Eso conviene reconocerlo. Pero ¿qué respuesta darán los grandes sindicatos de clase? ¿Exigirán explicaciones a Sánchez y Puente con la misma contundencia con la que las exigirían a un Gobierno de otro signo?

Las causas de Urda deberán establecerlas los investigadores. La responsabilidad política, sin embargo, no necesita esperar a una sentencia penal para ser examinada.

Mientras tanto, los españoles aguantamos. Retrasos, averías, explicaciones, promesas y nuevas tragedias. Pagamos nuestros billetes y nuestros impuestos. Tenemos derecho a esperar que alguien haga su trabajo.

No sé si la indignación sirve para cambiar algo. Lo que sí sé es que, cuando se convierte en una costumbre sin consecuencias, deja de incomodar a quienes deberían responder.

Y entonces ya no es indignación. Es resignación.

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Felipe Grande

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