Los pronombres

De Retales a Relatos

Concha Luis.

(Periodista)

15 de octubre de 2026 a las 18:20h
Actualizado: 15 de octubre de 2026 a las 18:20h

Cuando esta mañana escuchaba a Ione Belarra zafarse de la pregunta de Juan Ramón Lucas sobre si Podemos, la formación de la que es secretaria general, estaba hablando con las otras fuerzas de izquierda integradas en lo que se viene a denominar Frente Amplio para concurrir junto a ellas a las elecciones del 29 de noviembre, yo desconocía que hoy se celebraba el Día Internacional de los Pronombres.

Unas horas después, y como casi todas las mañanas, Luis me hizo llegar vía WhatsApp el pequeño recorte fotográfico con las efemérides del día. De ese modo supe que, además de la dignidad, la ética, el lavado de manos, la reconstrucción mamaria, la ambliopía y las mujeres rurales, hoy, 15 de octubre, para mí siempre Santa Teresa, celebramos a esa clase de palabras que hacen las veces de sustantivo o de sintagma nominal y que se emplean para referirse a las personas, los animales o las cosas sin nombrarlos.

Mi amigo bromeó conmigo y escribió con su habitual ironía: «hoy es un día que tienes mucho que celebrar». Y yo, pretendiendo ser ingeniosa, quise devolverle la broma argumentando que sí, «que soy muy fan de los pronombres».

Y es cierto. Los adoro, me parecen mágicos. Pocas palabras tan pequeñas tienen una capacidad tan grande para organizar el mundo, para nombrarnos sin nombrarnos, para señalar al otro o para borrarlo de una conversación.

Los usamos a todas horas, casi siempre sin reparar en ellos, casi del mismo modo que respiramos... Y, sin embargo, basta detenerse un instante para descubrir que detrás de los pronombres se esconden cuestiones que tienen que ver con la identidad, el poder, la intimidad y hasta la manera en que decidimos relacionarnos con los demás.

Entonces me acordé de la no-respuesta de Ione Belarra y pensé que hay personas que hablan como si el mundo entero fuera una prolongación del yo, su pronombre personal. Todo les sucede a ellas, todo gira en torno a ellas, todo necesita de su opinión.

Pensé que quienes hablan continuamente de sí mismos no se acuerdan de que hay un ellos. O sí, tal vez para poner distancia, para hablar de los demás sin necesidad de mirarlos a los ojos. Ellos hacen, ellos dicen, ellos vienen, ellos... A fuerza de repetirlo, los otros dejan de ser individuos con nombres, historias y circunstancias para convertirse en una masa incómoda, sospechosa o directamente prescindible, como Rambo.

Y luego está el nosotros, una palabra que puede ser refugio o trinchera. Hay un nosotros que acoge, que acompaña, que comparte el peso de las cosas. Un nosotros que significa que no estás solo, que lo que te ocurre concierne a todos... Pero hay otro que levanta fronteras, que decide quién pertenece y quién se queda fuera, quién merece nuestra consideración y quién no. El nosotros puede ser una forma de solidaridad o una manera de disimular el egoísmo colectivo. Todo depende de a quién incluya y, sobre todo, de a quién excluya.

La gramática ofrece a veces posibilidades extraordinarias para asumir responsabilidades y otras, igualmente extraordinarias, para escabullirse de ellas.

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