Prioridades

De Retales a Relatos

Concha Luis.

(Periodista)

27 de abril de 2026 a las 21:39h
Actualizado: 27 de abril de 2026 a las 21:39h

Estos días he aprendido que existen muchas categorías de prioridades. Alguna, mal llamada nacional, me resulta profundamente abominable, tanto por su construcción como por lo que encierra su significado.

Resulta que los hay que se arrogan, nunca mejor dicho, una suerte de patria potestad sobre lo común, como si les correspondiera decidir quiénes, en función de su origen o del color de su piel, pueden acceder a los derechos de ciudadanía que nos hemos dado entre todos y que están recogidos en nuestras normas de convivencia. Y a eso, con una ligereza que paraliza, lo llaman prioridad nacional.

A mí, que siempre tuve como prioridad cuestionar las propias prioridades, el término me resulta, cuando menos, sospechoso. Porque engloba como razonable lo que en el fondo no es menos que una jerarquía entre personas y disfraza de orden lo que no es más que pura exclusión. Como si la dignidad pudiera organizarse en turnos, como si pertenecer fuese un privilegio que alguien concede y no un derecho que se reconoce.

Mientras le doy vueltas a ese sintagma perverso, pienso que odiar debe de ser un trabajo agotador, una arquitectura árida y seca con la que algunos pretenden levantar muros donde solo debería crecer la hierba. El odio necesita mantenimiento constante, vigilancia, repetición y exige simplificar el mundo hasta hacerlo estrecho y manejable, a costa de borrar matices y rostros.

Y entonces me parece que nuestras prioridades deberían ser otras. Caminar sin prisas, acomodar los pasos a la blandura de la suela de nuestros zapatos, sentir la caricia del sol de abril sobre la piel desnuda… el olor de las sábanas limpias, los besos que damos y los que nos guardamos con la esperanza de que haya futuro... las mañanas de los domingos, el café recién hecho, los ojos que nos miran sin reservas y las manos de una madre…

Es en lo cercano donde aprendemos, o tal vez desaprendemos, a convivir

Quizá suene pequeño frente a las grandes palabras, pero ahí se sostiene lo importante, en lo que nos vincula sin pedir credenciales, en esa trama invisible de gestos cotidianos donde nadie queda fuera por definición. Porque es en lo cercano donde aprendemos, o tal vez desaprendemos, a convivir.

La verdadera prioridad, si hubiera que nombrarla, sería cuidar lo que nos hace más humanos y deshacernos de todo aquello que nos roba de la boca la risa fresca y franca.

No para apartarnos del mundo, sino para habitarlo sin la necesidad de levantar fronteras, sin la tentación odiosa de ordenar a las personas por categorías que empobrecen.

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