Hay gestos que una hereda sin darse cuenta. El de dar la vuelta al paquete para buscar el precio por kilo. El de esperar al jueves porque los jueves cambian las ofertas. El de quedarse un segundo de más delante del estante, haciendo una cuenta mínima que no ve nadie. No es tacañería, es saber lo que cuesta ganar cada euro que luego se deja en la caja.
Esa misma persona, la del precio por kilo, paga impuestos. Y ahí, en el momento exacto en que el dinero cambia de bolsillo y se vuelve presupuesto, ocurre la contradicción: deja de tratarse con el mismo cuidado. Quien lo administra no es peor gente: es que administrar lo ajeno anestesia, y es una anestesia suave, sin efectos secundarios y sin resaca. Lo que no duele al gastarse se gasta de otra manera, con otra alegría.
Conviene repetirlo, aunque suene a obviedad de pancarta, y lo diré despacio por si alguien toma nota: el dinero público no es de los políticos. No es del partido que gobierna ni del que se sienta enfrente; no es del ministerio, ni del ayuntamiento, ni del cargo que firma. Es de los ciudadanos, que lo entregaron antes de poder decidir en qué iba a gastarse. La gestión pública es, literalmente, administración de bienes ajenos. A quien administra lo ajeno se le tiene que exigir más cuidado. Es lo que tiene el diccionario, que no distingue entre lo privado y lo institucional.
Conviene repetirlo, aunque suene a obviedad de pancarta, y lo diré despacio por si alguien toma nota: el dinero público no es de los políticos
Lo que una observa, sin embargo, es lo contrario. Que quien decide sobre el dinero de todos rara vez mira el precio por kilo. Que se compara poco, se pregunta poco, se piden pocos presupuestos. Que la urgencia sirve de coartada perfecta para no buscar dos veces, y por eso hay tantas urgencias. Que se encarga un informe que no leerá nadie con el mismo desahogo con que otros aplazan cambiar la lavadora otro año más.
Y luego está lo que cuesta más decir: que, por regla general, los administradores viven mejor que los administrados. Coincidencia que se repite con una constancia notable, gobierne quien gobierne y sea cual sea el color del folleto. Que las condiciones de quien decide y las de quien paga se han separado lo bastante como para que ciertas decisiones se tomen sin entender del todo lo que significan.
Y aquí es donde debo bajarme del estante, porque el sermón me sale demasiado fácil. Yo también he mirado una ayuda pública con los ojos con que se mira una oferta del jueves. He celebrado una obra que me venía bien sin preguntar cuánto había costado ni si hacía falta. Me indigna el gasto de los demás y me parece justísimo el mío, y sospecho que esa asimetría es la más extendida del país. Nunca he abierto un presupuesto, que se publican y son gratis. De modo que la distancia que denuncio la sostengo también yo, un poco, desde mi lado de la caja.
No hablo de corrupción, que es otro asunto y para eso hay jueces, cuando llegan. Hablo de distancia. De despachos donde la palabra «necesidad» se ha vuelto abstracta, un epígrafe presupuestario; y los epígrafes, que yo sepa, no tienen cocina ni facturas encima de la mesa.
Hay una prueba sencilla, y no hace falta ser interventor para aplicarla. Antes de firmar, pararse un segundo delante del estante y preguntarse: ¿lo compraría igual si fuera mío? Se hace en tres segundos, es gratis y no requiere reforma legal alguna, que es probablemente lo que la hace tan improbable. El día que esa respuesta sea que sí, sin dudarlo, habremos arreglado buena parte de esto.
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