Extremadura es el paradigma de región donde la insuficiencia de infraestructuras actúa como una barrera invisible. Este déficit acentúa su perifericidad y deforma la estructura socioeconómica de un territorio vasto y rico en recursos naturales, pero fragmentado internamente y desconectado del exterior.
No se trata sólo de que mercancías y pasajeros tarden más en llegar; la configuración misma del mercado se contrae y se desvincula del espacio peninsular por la anemia logística a la que viene siendo sometida por los diferentes gobiernos centrales.
En el siglo XXI, la geografía se mide en tiempos de acceso (isocronía), porque en esta materia el tiempo es dinero. En el caso que nos ocupa se mide en años de olvido.
Los Ejes Estratégicos: el desarrollo industrial depende de la movilidad de mercancías, y en España el 92% se transporta por carretera. Extremadura debería tener prioridad absoluta en el eje Atlántico–Mediterráneo (Lisboa–Valencia), pero la autovía A 43 sigue inconclusa en un tramo de 200 km entre Puertollano y Torrefresneda que no pasa de una fina línea de escaso asfalto y muchos accidentes, pese a estar prometida desde hace más de dos décadas. Este eje es estratégico para dar salida a la producción agroalimentaria hacia los puertos de Sines, Setúbal y Valencia. Algo similar ocurre con la N 432 (Badajoz–Granada) y la N 435 (Badajoz–Huelva), que permanecen sin modernizar.
Si la red viaria muestra carencias graves, la ferroviaria revela un abandono aún más profundo. Se puede afirmar que se encuentra, en muchos tramos, con peor situación que hace medio siglo, pues los convoyes de mercancías siguen en la misma lentitud media que en el siglo pasado y la alta velocidad que sumida en una parsimonia desesperante de sus fases constructivas. El efecto “sombra de red” se agrava con la desmontada Ruta de la Plata, cerrada en 1987, convertida en una vía verde para senderistas, cuando debería ser clave para conectar los puertos del norte y del sur de España y con el norte de África, especialmente en el nuevo contexto estratégico de la OTAN.
En cuanto a pasajeros, el AVE Madrid–Lisboa, que debería estar operativo desde 2008, se retrasa ahora hasta 2034 o más. Es un ejemplo de injusticia geográfica hacia la región más solidaria de España.
En cuanto al transporte aéreo, Extremadura, por la debilidad de su tejido urbano sólo tiene el aeropuerto de Badajoz, de carácter mixto militar–civil, que por ser escasa la población de la ciudad y alejada del resto de núcleos, mantiene una oferta limitada de vuelos, lo que lo convierte en infraestructura marginal. A ello se suma la negativa ministerial a autorizar un aeródromo en Cáceres por motivos ambientales poco consistentes (presencia de sapo corredor y galápago leproso en unas charcas próximas), lo que frena el potencial turístico y tecnológico de la provincia y cohíbe la llegada de inversores.
Lo comentado tiene consecuencias, así la Plataforma Logística del Suroeste, concebida como motor de desarrollo, ve limitadas sus expectativas porque depende críticamente de que las autovías pendientes y el tren de mercancías funcionen en plena simbiosis. La falta de infraestructuras condena a Extremadura a un Desierto Industrial, sin capacidad de atraer grandes inversiones ni generar economías de escala. Todo ello resulta inexplicable en un territorio con superávit energético: produce 6,5 veces más de lo que consume y 6veces más de lo que representa porcentualmente en población, equivalente al consumo de toda la Comunidad de Madrid, sin recibir compensación alguna.
El Estado usa a la región como generadora de energía y despensa, pero le niega los cables y las vías para procesar esa riqueza in situ. No hablamos de agravios simbólicos, sino de un bloqueo estructural que condiciona el presente y el futuro de la región.
En definitiva, la infraestructura es condición necesaria, aunque no suficiente “per se”, para el desarrollo. Sin ella, Extremadura queda atrapada en un papel subordinado, reducida a proveedora de recursos mientras se le penaliza el acceso a las cadenas de valor donde realmente se genera riqueza (transformación e innovación) y se decide el futuro, con lo que perpetúa la fuga de talento, el fundamental de todos los recursos.
La suma de estas privaciones configura un mapa de aislamiento que bloquea cualquier estrategia de desarrollo. El Estado español, al mantener históricamente este déficit, comete un ultraje territorial que condena a la región al ostracismo en pleno siglo XXI. La sociedad, independientemente del color político, tiene que exigir que, de una vez por todas, se aborde el “cuello de botella” que implican las infraestructuras para Extremadura y sus gentes.
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